Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad
Por Joan Prim
14 de marzo de 2026
UNA NOTA NECESARIA SOBRE EL MÉTODO
El análisis que aquí presentamos no se adscribe a ninguna línea internacional cerrada. No es documento de la Cuarta ni de ninguna otra. Quienes venimos de la tradición del PRT aprendimos una lección fundamental: la independencia teórica es la condición de posibilidad del pensamiento situado.
Hemos bebido de Lenin el análisis del imperialismo como fase superior. Hemos aprendido de Stalin la centralidad de la construcción del Estado en condiciones hostiles. Hemos asimilado de Trotsky la advertencia sobre la burocratización y la necesidad de la democracia obrera. Hemos tomado de Mao la enseñanza de que la contradicción principal se desplaza según la coyuntura y que el trabajo de masas es la clave de toda transformación.
Pero no somos "trotskistas" ni "antitrotskistas". Somos herederos de una tradición que supo sintetizar estas enseñanzas desde el Sur Global, desde Nuestra América, desde la experiencia concreta de luchas que no encajaban en los manuales elaborados en Moscú, Berlín o Nueva York.
Esta independencia nos permite hoy mirar el fenómeno Ocasio-Cortez con la frialdad del cirujano y el calor del militante: sin pedirle que sea lo que no puede ser, pero sin despreciar lo que objetivamente representa en la correlación de fuerzas actual.
Dicho esto, proseguimos.
CONCLUSIÓN: LA POSIBILIDAD HISTÓRICA EN MEDIO DEL NAUFRAGIO
Hemos recorrido un largo camino en este análisis. Hemos examinado la guerra de agresión contra Irán como cortina de humo para los archivos Epstein. Hemos diseccionado el programa económico de Ocasio-Cortez: su crítica al TLCAN, su denuncia de las patentes farmacéuticas que encarecen los medicamentos, su defensa de la clase trabajadora frente a las corporaciones, su insistencia en que la lucha contra el autoritarismo requiere "ganancias materiales para la gente trabajadora". Hemos reconocido sus contradicciones, sus límites, su anclaje en el sistema que dice querer reformar.
Pero ahora toca la pregunta decisiva: ¿qué significa realmente el fenómeno Ocasio-Cortez en la larga duración de la historia?
Desde el pesimismo del intelecto, la respuesta es desalentadora. Una congresista, por muy carismática que sea, no va a desmantelar el complejo militar-industrial. No va a disolver la OTAN. No va a devolver la soberanía a los pueblos que Estados Unidos ha saqueado durante décadas. El sistema es más fuerte que cualquier individuo. Las estructuras del imperio están diseñadas para sobrevivir a sus críticos, para absorberlos, para domesticarlos. La historia está llena de "esperanzas" que terminaron gestionando el mismo orden que prometieron cambiar.
Pero desde el optimismo de la voluntad, la perspectiva es otra.
Lo que estamos presenciando no es el surgimiento de una líder mesiánica. Es la manifestación de una contradicción objetiva en el seno del imperio. La guerra de Trump contra Irán, lanzada para ocultar los archivos Epstein, ha roto el consenso belicista que durante décadas mantuvo unida a la elite washingtoniana. Por primera vez en mucho tiempo, amplios sectores de la población –y fragmentos significativos de la propia clase política– cuestionan abiertamente las motivaciones de una guerra.
Y en ese cuestionamiento, Ocasio-Cortez ha plantado una bandera. No la bandera de la revolución, ciertamente. Pero sí la bandera de la verdad. Ha dicho lo que muchos saben pero callan: que esta guerra es una cortina de humo. Que las elites usan el patriotismo para ocultar su corrupción. Que el sistema económico está diseñado para beneficiar a los de arriba a costa de los de abajo.
Eso, en el contexto actual, no es poca cosa.
LA REORIENTACIÓN POSIBLE: UNA POLÍTICA EXTERIOR MENOS AGRESIVA
Examinemos la hipótesis con frialdad: ¿puede una administración Ocasio-Cortez reorientar la política exterior estadounidense hacia posiciones menos agresivas?
Los indicios son contradictorios, pero existen.
Primero: Su énfasis en la competencia económica y tecnológica por encima de la confrontación militar directa, expresado en Múnich respecto a China y Taiwán, sugiere una priorización de recursos distinta. Menos portaaviones, más inversión en ciencia y energías renovables. Menos bombas, más patentes. Esto no es pacifismo, pero es una reorientación significativa respecto al "bombardear primero, preguntar después" de Trump y los halcones neoconservadores.
Segundo: Su crítica al "orden basado en reglas con excepciones" –señalando que cuando las reglas no se aplican a todos, las excepciones terminan convirtiéndose en las reglas– abre un espacio de diálogo con el Sur Global que los halcones simplemente no tienen. Una administración que reconozca que la hipocresía es vulnerabilidad podría, eventualmente, avanzar hacia un multilateralismo más auténtico.
Tercero: Su denuncia de las sanciones unilaterales como castigos que afectan a poblaciones civiles –los hospitales cubanos sin combustible, los niños iraníes sin medicinas– introduce en el debate público una consideración humanitaria que la elite realpolitik prefiere ignorar. Si esa sensibilidad se tradujera en política, significaría menos bloqueos, menos sufrimiento impuesto, menos guerras por delegación.
Cuarto: Su insistencia en que "niveles extremos de desigualdad conducen a inestabilidad social y alimentan autoritarismos" conecta la política doméstica con la internacional de una manera que los enfoques tradicionales no hacen. Una política exterior que priorice la estabilidad global requeriría, necesariamente, abordar las causas estructurales de la inestabilidad: la desigualdad, la explotación, el saqueo de recursos.
Nada de esto es revolucionario. Nada de esto desmantela el imperio. Pero todo esto apunta en una dirección: una política exterior menos agresiva, más multilateral, más consciente de sus contradicciones, más abierta al diálogo con el Sur Global.
Y en un mundo donde la alternativa es Trump bombardeando países para ocultar sus escándalos de corrupción, esa dirección no es menor.
EL PAPEL DEL SUR GLOBAL: NO ESPERAR, IMPULSAR
Desde nuestra posición latinoamericana, sería un error fatal sentarse a esperar que Ocasio-Cortez –o cualquier figura estadounidense– "nos salve". La liberación de los pueblos no viene de Washington, viene de nuestras propias luchas.
Pero también sería un error sectario ignorar las oportunidades que abre cualquier fisura en el imperio. La tarea es impulsar desde fuera aquellas tendencias que, dentro de Estados Unidos, objetivamente debilitan la capacidad de agresión del imperio.
Eso significa:
Amplificar las voces que denuncian las guerras de agresión, como Ocasio-Cortez.
Establecer canales de comunicación con sectores progresistas del Congreso estadounidense, no por ingenuidad sino por realismo diplomático.
Construir alianzas Sur-Sur que reduzcan la dependencia del dólar y de las instituciones financieras controladas por Washington.
Desarrollar narrativas propias que compitan con la propaganda imperial en el terreno de las ideas.
Apoyar todas las iniciativas multilaterales –BRICS, Unasur, CELAC– que fortalezcan la autonomía de nuestra región.
Ocasio-Cortez no va a hacer esto por nosotros. Pero su emergencia crea condiciones más favorables para que nosotros lo hagamos. Una Washington dividida, con un sector significativo cuestionando la guerra y las sanciones, es una Washington con menos capacidad de proyectar poder hacia el exterior.
LA DIALÉCTICA DE LA HISTORIA: LO PEOR Y LO MEJOR
El momento que vivimos es contradictorio en extremo. Por un lado, tenemos lo peor del imperio: un presidente que bombardea Irán para ocultar sus vínculos con una red de corrupción y tráfico de menores; una maquinaria de guerra que funciona al margen del control popular; un sistema económico que concentra la riqueza como nunca antes; una crisis ecológica que amenaza la supervivencia de la especie.
Por otro lado, tenemos lo mejor que puede producir ese mismo imperio en descomposición: una generación de jóvenes que rechaza las guerras; movimientos sociales que cuestionan la desigualdad; políticos como Ocasio-Cortez que, desde dentro del sistema, denuncian sus hipocresías y señalan caminos alternativos.
La dialéctica de la historia no es lineal. No vamos de lo peor a lo mejor en línea recta. Vamos a través de contradicciones, de retrocesos, de avances parciales, de derrotas que siembran semillas de futuras victorias.
Ocasio-Cortez puede ser derrotada en 2028. Puede ser cooptada por el sistema. Puede terminar siendo una figura decorativa que no cambie nada sustancial. Todo eso es posible. El pesimismo del intelecto nos obliga a considerar esos escenarios.
Pero también es posible que su emergencia sea el síntoma de algo más profundo: el despertar de una sociedad que comienza a cuestionar los fundamentos mismos del imperio. Que una congresista de 36 años, hija de inmigrantes, ex camarera, pueda denunciar al presidente por usar la guerra como cortina de humo y ganar audiencia por ello, es un indicador de que las cosas están cambiando en las profundidades de la sociedad norteamericana.
Y cuando las cosas cambian en las profundidades, tarde o temprano cambian también en la superficie.
UNA NUEVA POLÍTICA EXTERIOR: LOS PILARES DE UNA REORIENTACIÓN POSIBLE
Imaginemos, por un momento, lo que podría significar una administración estadounidense guiada por los principios que Ocasio-Cortez ha esbozado:
En Medio Oriente: Priorizar la diplomacia sobre las bombas. Retomar las negociaciones con Irán que Trump abandonó. Reconocer que la violencia engendra violencia y que la estabilidad regional requiere soluciones políticas, no militares.
En América Latina: Abandonar la Doctrina Monroe resucitada. Cesar las operaciones encubiertas para derrocar gobiernos. Levantar las sanciones que asfixian a Cuba y Venezuela. Tratar a los países de la región como socios, no como "arenero personal".
En Asia: Competir económicamente con China sin buscar la confrontación militar. Reconocer la complejidad de la cuestión taiwanesa y priorizar la estabilidad sobre la beligerancia. Invertir en ciencia y tecnología en lugar de en portaaviones.
En el orden global: Aceptar que el mundo es multipolar y que Estados Unidos ya no puede dictar las reglas unilateralmente. Reformar las instituciones internacionales para que reflejen la nueva realidad. Poner fin a la hipocresía de un "orden basado en reglas" que solo se aplica a los débiles.
Nada de esto es utópico. Todo esto es posible si existe la voluntad política. Y Ocasio-Cortez, con todas sus limitaciones, es la figura que más consistentemente ha articulado esa visión en la política estadounidense contemporánea.
LO QUE ESTÁ EN JUEGO: EL REORDENAMIENTO DEL SISTEMA MUNDIAL
Detrás de la guerra de Irán, detrás de los archivos Epstein, detrás del fenómeno Ocasio-Cortez, hay una verdad estructural que ningún análisis serio puede eludir: el orden unipolar terminó. Estados Unidos ya no puede dictar las reglas del mundo como lo hizo entre 1991 y 2008. El ascenso de China, la recuperación de Rusia, la consolidación de los BRICS, la emergencia del Sur Global como actor consciente de sus intereses, son hechos objetivos que ninguna cantidad de bombas puede revertir.
La pregunta no es si habrá un orden multipolar. La pregunta es qué tipo de orden multipolar será.
Una posibilidad es el "caos multipolar": un mundo donde cada potencia hegemoniza su región por la fuerza, donde las guerras por recursos se multiplican, donde los débiles son aplastados entre los grandes. Es el mundo que Trump está construyendo con sus bombas y sus amenazas.
Otra posibilidad es un "multilateralismo auténtico": un mundo donde las reglas se negocian entre iguales, donde las instituciones internacionales reflejan la diversidad de intereses, donde la diplomacia prevalece sobre la fuerza. Es el mundo que Ocasio-Cortez, con todas sus limitaciones, ha empezado a vislumbrar en sus discursos.
La diferencia entre uno y otro escenario no la decidirá Washington sola. La decidirá la correlación de fuerzas global. Y en esa correlación, el Sur Global tiene un papel decisivo.
Por eso la emergencia de Ocasio-Cortez nos importa. No porque vaya a "salvarnos", sino porque debilitar al sector más agresivo del imperio crea condiciones más favorables para que nosotros construyamos nuestras propias fuerzas. Cada bomba que no cae es una victoria. Cada guerra que se evita es una victoria. Cada fisura en el consenso belicista es una victoria.
Y Ocasio-Cortez, al denunciar la guerra, al exigir transparencia, al señalar la conexión entre corrupción y aventurerismo militar, está contribuyendo a crear esas fisuras.
PALABRAS FINALES: PESIMISMO DEL INTELECTO, OPTIMISMO DE LA VOLUNTAD
Antonio Gramsci, el gran pensador italiano que pasó sus últimos años en las cárceles de Mussolini, acuñó una frase que debería guiar a todos los que luchan por un mundo mejor: "Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad".
Pesimismo del intelecto: porque debemos analizar la realidad tal como es, sin concesiones, sin autoengaños. El imperio es poderoso. Las estructuras de dominación son profundas. Una sola congresista no va a cambiarlo todo. La historia está llena de esperanzas frustradas.
Optimismo de la voluntad: porque a pesar de todo, debemos actuar. Porque la inacción es la única derrota segura. Porque cada pequeña victoria crea condiciones para victorias mayores. Porque las contradicciones del sistema son reales y pueden ser aprovechadas. Porque la historia la hacen los seres humanos, no las fuerzas ciegas.
Alexandria Ocasio-Cortez no es la solución. Es, en el mejor de los casos, un primer paso. Un síntoma de que algo se mueve en las entrañas de la bestia. Una oportunidad para que, desde el Sur Global, impulsemos los cambios que necesitamos.
Depende de nosotros aprovecharla.
Depende de nosotros no esperar pasivamente a que "nos salven", sino empujar en la misma dirección desde nuestras propias trincheras.
Depende de nosotros mantener la claridad para distinguir entre aliados tácticos y amigos estratégicos, entre reformas posibles y transformaciones necesarias.
El 14 de marzo de 2026, mientras las bombas siguen cayendo sobre Irán y los archivos Epstein siguen saliendo a la luz, Alexandria Ocasio-Cortez ha plantado una bandera en el territorio de la verdad.
Nosotros, desde Nuestra América, debemos plantar las nuestras.
Y avanzar.
Siempre avanzar.
Hasta que un mundo multipolar, justo y en paz sea posible.
Hasta que la dignidad de los pueblos sea una realidad, no un sueño.
Hasta que la voluntad, alimentada por la claridad del intelecto, haya vencido al pesimismo.
Joan Prim
14 de marzo de 2026
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