La teoría es práctica acumulada: transmisibilidad, praxis y política
(A propósito de Lenin, Trotsky y el problema del conocimiento en el marxismo)
“Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”.
V. I. Lenin, ¿Qué hacer? (1902)
Existe una tesis central en el marxismo que ningún materialista dialéctico puede soslayar: la praxis es la fuente y el criterio del conocimiento. No hay verdad fuera de la actividad sensorial, transformadora, social e histórica de los seres humanos. Sin embargo, a partir de esta certeza se abre una cuestión crucial, muchas veces mal resuelta: si el conocimiento nace en la praxis, ¿puede ser transmitido? ¿La experiencia acumulada por una generación, una clase o un movimiento puede condensarse en teoría y ser aprendida por otros sin tener que repetir íntegramente el mismo proceso práctico?
La respuesta no es un sí o un no absoluto. Es, como corresponde al materialismo dialéctico, una cuestión de grados, mediaciones y campos. En lo que sigue ensayo una problematización y extraigo algunas certidumbres tentativas, con Lenin y Trotski como guías.
1. Praxis originaria ≠ intransmisibilidad
Cuando Marx escribe que “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico” (2ª tesis sobre Feuerbach), no está clausurando la posibilidad de enseñar y aprender. Al contrario: sin esa posibilidad, el propio Capital sería un monólogo inútil. La teoría marxista no es una colección de anécdotas personales de Marx; es la síntesis abstracta de la práctica de toda una clase –la clase obrera– en su lucha por emanciparse. Esa síntesis puede ser objetivada en conceptos, leyes y estrategias. Y esa objetivación permite que otros la asimilen, siempre que no la tomen como un dogma sino como una brújula que debe ser revalidada en su propia praxis.
El error sería pensar la transmisión como un trasvase mecánico. No es un copy-paste de cerebro a cerebro. Por eso propongo la hipótesis de los porcentajes variables: en campos como las ciencias naturales duras, la teoría puede encapsular leyes con alto grado de predictibilidad y reproducibilidad (quizá un 80% de transmisibilidad efectiva). En campos como la ciencia política o la psicología clínica, la mediación de la subjetividad, la historia y el conflicto de clases reduce ese porcentaje (tal vez un 30-50%). En filosofía, la transmisión exige un trabajo activo de repensamiento, por lo que el porcentaje es aún más bajo si no hay una praxis de apropiación.
2. Lenin: la teoría no nace espontáneamente de la praxis cotidiana
Ahí aparece Lenin con su ¿Qué hacer?, un texto que a menudo se lee como un manual de organización, pero que es, ante todo, una intervención epistemológica. Lenin discute con el “economismo”, corriente que sostenía que la clase obrera, en su lucha económica cotidiana, generaría por sí misma una conciencia socialista. Lenin responde: no, la conciencia socialista debe ser traída desde fuera –no desde fuera de la clase, sino desde fuera de la relación inmediata capital-trabajo–. Esa “traída” no es otra cosa que la transmisión de la teoría, que a su vez no es otra cosa que práctica acumulada de luchas pasadas, de análisis del capitalismo, de experiencias revolucionarias de otros países.
La famosa frase “sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario” no es un llamado al intelectualismo. Es un reconocimiento de que la praxis genera conocimiento, pero ese conocimiento, para ser eficaz, debe ser codificado, criticado, corregido y transmitido. De lo contrario, cada generación obrera empezaría de cero, condenada a repetir los errores de sus antecesores.
Lenin, pues, resuelve la falsa oposición: la teoría es práctica coagulada; la práctica es teoría en movimiento. La transmisión es posible, pero no automática: requiere organización, formación y lucha contra el dogmatismo.
3. Trotski: el desliz teórico mínimo y sus consecuencias prácticas
Con respecto a Trotski y su advertencia: “el mínimo desliz teórico tendría consecuencia en la práctica”. Trotski no desarrolló esto como una teoría sistemática, pero dejó una intuición genial. Si la teoría es práctica acumulada, entonces un error en la teoría es un error en la acumulación histórica de la práctica. Por eso, en política revolucionaria, un error sobre el carácter del Estado, sobre la dinámica del imperialismo o sobre la naturaleza de la burocracia soviética no es un error académico: se paga con vidas, con derrotas, con la restauración del capitalismo.
Esa advertencia no contradice la transmisibilidad. Al contrario, la refuerza: precisamente porque la teoría puede ser transmitida, el error también se transmite. Por eso la formación teórica es un asunto de vida o muerte para un partido revolucionario. No se trata de erudición; se trata de la capacidad de orientar la práctica con el máximo de acierto acumulado.
4. Certidumbres tentativas
Después de recorrer este camino, propongo las siguientes conclusiones, que asumo como hipótesis de trabajo:
La transmisión de la experiencia es real, pero nunca total. La teoría es práctica coagulada; la práctica nueva descongela y recrea la teoría. Quien recibe una teoría sin someterla a nueva praxis la convierte en letra muerta.
El porcentaje de transmisibilidad varía según el campo: es mayor en ciencias naturales (por su relativa independencia de la subjetividad histórica) y menor en ciencias políticas, psicología y filosofía (donde el sujeto y el conflicto son parte del objeto).
Lenin tiene razón en que la teoría revolucionaria no nace espontáneamente de la lucha económica cotidiana. Debe ser elaborada y transmitida. Eso no es idealismo; es economía de energía revolucionaria.
Trotski tiene razón en que un mínimo error teórico puede tener consecuencias prácticas enormes. Eso obliga a tratar la transmisión con rigor, pero también a mantener una actitud autocrítica: ninguna teoría transmitida es sagrada; debe ser constantemente contrastada con la práctica.
La certidumbre más sólida es dialéctica: No hay conocimiento sin praxis, pero una vez generado, el conocimiento puede ser condensado y transmitido como teoría, siempre que quien lo reciba lo someta a nueva praxis. La transmisión exitosa es aquella que forma sujetos capaces de re-praxisar la teoría, no repetidores de consignas.
Cierre: el desafío de nuestro tiempo
Hoy, en un mundo donde la inmediatez y el posmodernismo desprecian la teoría como “relato”, y donde el activismo espontaneísta confunde movimiento con avance, recuperar esta discusión no es un lujo. Es una necesidad política. Saber qué parte de la experiencia puede ser transmitida, y bajo qué condiciones, es el problema pedagógico y estratégico central de cualquier organización que pretenda cambiar el mundo.
Por eso vuelvo a Lenin: “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Y añado: sin transmisión crítica de la teoría, no hay continuidad revolucionaria. La praxis sigue siendo la madre del conocimiento; pero la teoría es el cordón umbilical que permite que ese conocimiento no muera con la generación que lo parió.
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