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CONTRA EL ESPEJISMO SECTARIO.

 POR UNA UNIDAD CRÍTICA: CONTRA EL ESPEJISMO SECTARIO Y LA BANALIZACIÓN DEL CONFLICTO

La disyuntiva actual no se sitúa en el terreno de la mera supervivencia política, sino en el de la posibilidad misma de constituir un sujeto histórico capaz de intervenir en la coyuntura desgarrada que nos habita. La fragmentación del campo popular, lejos de ser una anomalía, ha devenido en condición estructural que reproduce, en el microcosmos de las organizaciones revolucionarias, las mismas lógicas de dominación que pretendemos superar.

I. La paradoja del sectarismo: cuando la pureza doctrinal produce impotencia política

Existe una ironía trágica en la persistencia de los micro-relatos revolucionarios: su rigidez conceptual los condena a la irrelevancia práctica. El sectarismo, bajo su apariencia de fidelidad principista, oculta lo que la teoría crítica identificaría como "alienación política": la fetichización de los significantes vacíos y la consecuente incapacidad de leer la textura concreta de la lucha de clases.

Aquellos que, desde sus trincheras dogmáticas, desprecian toda forma de unidad táctica, cometen el mismo error que Parménides ante el devenir heracleitano: pretenden congelar el flujo histórico en categorías inmutables, ignorando que, como bien señalara el pensador chino, "la contradicción es la estructura fundamental de lo real".

II. La dialéctica de las tradiciones: más allá del fundamentalismo de origen

La obsesión por los orígenes - la pureza de linaje revolucionario - constituye una forma de idealismo político. Contra esta mitología de los comienzos incontaminados, debemos afirmar que la validez de una posición no reside en su genealogía, sino en su capacidad de intervenir efectivamente en la correlación de fuerzas.

Las tradiciones del ERP y Montoneros, como el maoísmo ortodoxo o el trotskismo, no son esencias metafísicas, sino constelaciones históricas cuyos significantes deben ser constantemente rearticulados. La verdadera fidelidad revolucionaria no consiste en la repetición ritual de consignas, sino en lo que Gramsci denominaría "traducción": la capacidad de reinscribir las intuiciones fundamentales de estas tradiciones en contextos radicalmente distintos a aquellos que les dieron origen.

III. Hacia una política de la mediación inteligente

La experiencia de los cuadros marxistas en la administración pública - su progresiva asimilación al aparato estatal - ilustra dramáticamente los límites de lo que podríamos denominar "política de la inmanencia radical". Cuando la crítica del Estado se abandona en nombre del realismo pragmático, se cae en lo que la teoría política identificaría como "efecto de neutralización": la capacidad del sistema para cooptar y desactivar las energías disidentes.

Frente a esto, la unidad no puede significar la renuncia a lo que Althusser conceptualizara como "práctica teórica". Por el contrario, exige lo que podríamos llamar "mediación estratégica": la construcción de espacios de confluencia que preserven la autonomía crítica de cada tradición, mientras generan capacidad de intervención común ante lo que, siguiendo a Laclau, podríamos denominar "significantes vacíos de la lucha popular" - aquellos significantes (dignidad, justicia, soberanía) cuya plasticidad semántica permite articular demandas heterogéneas.

IV. Por un internacionalismo de las diferencias articuladas

La verdadera unidad, lejos de la homogeneización forzosa, consiste en lo que la filosofía de la liberación denominaría "principio de complementariedad en la diferencia". Reconocer que, como enseñara Mariátegui, no hay calco ni copia, sino creación heroica, significa aceptar que las múltiples expresiones del marxismo constituyen respuestas locales a problemas universales.

El trotskismo, con su énfasis en la revolución permanente; el maoísmo, con su teoría del eslabón más débil; las tradiciones guevaristas, con su focalización en el sujeto guerrillero - todas estas perspectivas contienen intuiciones valiosas para comprender lo que Poulantzas denominaría "estratificación de lo social". La tarea actual consiste en realizar lo que la dialéctica hegeliana identificaría como "superación" (Aufhebung): conservar lo esencial de cada tradición mientras se trascienden sus limitaciones históricas.

V. Conclusión: La unidad como práctica de la complejidad

Frente al espectáculo bochornoso de las dirigencias cooptadas y la izquierda convertida en parodia de sí misma, la alternativa no reside en el refugio en lo puro, sino en la construcción de lo que la teoría de sistemas denominaría "complejidad organizada": una unidad que no suprima las diferencias, sino que las articule en un proyecto común.

Esta unidad exige lo que la epistemología contemporánea identificaría como "pensamiento complejo": la capacidad de mantener la tensión entre principios aparentemente antinómicos - autonomía y unidad, crítica y colaboración, teoría y práctica.

La verdadera traición revolucionaria no consiste en dialogar con el diferente, sino en persistir en lo que Hegel denominaría "miseria de lo abstracto": esa incapacidad de descender al terreno concreto de las mediaciones y las contradicciones reales.

En este contexto, el llamado a la unidad debe ser, ante todo, un llamado a la inteligencia histórica: a comprender que, como bien supieron los grandes revolucionarios del siglo XX, la política es el arte de lo posible, pero de lo posible ampliado mediante la práctica consciente de los sujetos colectivos.

La alternativa es clara: o aprendemos a construir hegemonía desde la diversidad, o seremos condenados a la irrelevancia histórica. El fascismo del siglo XXI no se derrotará con pureza doctrinal, sino con lo que Brecht denominaría "astucia de la razón": la capacidad de unir lo disperso, de articular lo fragmentado, de convertir la multiplicidad de voces en un coro capaz de cantar un nuevo amanecer.

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