El Monje Negro: Mario Monje y Nahuel Moreno, la traición como oficio
Introducción: Los que negociaban mientras otros morían
Mario Monje en Bolivia, Nahuel Moreno en Argentina. Dos caras del mismo cáncer burocrático. Dos tipos que construyeron su carrera política sobre la base de una habilidad innata: estar siempre donde no había balas. Cuando la revolución llamaba a la puerta, ellos contestaban que no era el momento. Cuando los compañeros empuñaban fusiles, ellos empuñaban resoluciones. Cuando había que morir, ellos vivían para contarlo.
No hubo "diferencias estratégicas". Hubo miedo. Hubo cálculo mezquino. Hubo la certeza de que su puesto en el comité central valía más que cien guerrilleros muertos.
Mario Monje: El burócrata que le cerró la puerta al Che
Diciembre de 1966. El Che Guevara, el hombre más buscado de América Latina, baja a la selva boliviana y le ofrece a Monje la dirección política del movimiento. ¿La respuesta del secretario general del Partido Comunista Boliviano? Que él quería también el mando militar. Que él no aceptaba subordinarse a nadie. Que él tenía que consultar con el comité.
El Che le dijo: "Tú tienes miedo". Monje respondió: "Y tú eres un suicida".
Ahí tenés la diferencia. El Che sabía que la revolución exige entregarlo todo. Monje solo entregaba declaraciones. Mientras el Che cargaba malaria y fusil en Ñancahuazú, Monje cargaba actas y resoluciones en La Paz.
Fidel Castro no tuvo piedad en el prólogo del Diario del Che: Monje sabotear el movimiento. Tuvo una posición chovinista. Traducción: prefirió su partidito de mierda, sus cuotas de poder, su pequeño reino burocrático, antes que la revolución continental.
Cuando la guerrilla cayó, cuando el Che fue asesinado en La Higuera, Monje ya estaba en Moscú. Se fue a cobrar la jubilación que los verdaderos combatientes pagaron con sangre. Nunca volvió. Nunca se arrepintió. Nunca sintió vergüenza, porque los burócratas no tienen vergüenza.
Nahuel Moreno: El "teórico" que nunca combatió
Nahuel Moreno, fundador del PRT y luego del PST, es la versión argentina del mismo cáncer. Un tipo que se pasó la vida discutiendo la "línea correcta" mientras la clase obrera se desangraba.
En los años setenta, cuando el PRT-ERP empuñaba las armas contra la dictadura, Moreno se escindió. ¿El motivo? "Diferencias tácticas". ¿Diferencias de qué? De huevos, simplemente. Mientras Santucho organizaba el V Congreso y preparaba la ofensiva militar, Moreno armaba su propio partidito, su propia burocracia, su propio feudo donde él era el dueño de la verdad.
Moreno construyó su prestigio sobre los muertos de otros. Se decía trotskista, pero nunca puso el culo. Se reclamaba revolucionario, pero cuando había que tomar el fusil, él tomaba la palabra. Y la palabra, compañero, no mata milicos.
Su "partido de masas" nunca fue de masas. Su "acumulación de fuerzas" nunca acumuló nada excepto cargos y prebendas para su círculo. Mientras los combatientes del ERP caían en Tucumán, Moreno escribía documentos en Buenos Aires. Mientras los obreros tomaban fábricas y fábricas, Moreno discutía la "caracterización del momento".
El revisionismo que blanquea a los cobardes
Ahora hay "historiadores" que quieren empatar el partido con el fusil. Que quieren poner en el mismo nivel al que murió en la selva y al que huyó a Moscú, al que cayó en combate y al que se escindió "por línea política".
No, carajo. No es lo mismo.
Monje tuvo la oportunidad histórica de pararse al lado de un gigante y prefirió la silla. Moreno tuvo la oportunidad de construir el partido revolucionario que Argentina necesitaba y prefirió su secta personal.
El revisionismo que los defiende es la última victoria de los traidores: convertir la cobardía en "posición política legítima". Convertir la huida en "prudencia revolucionaria". Convertir la burocracia en "construcción partidaria".
El verdadero legado
Monje murió en su cama, en Moscú, lejos de Bolivia, lejos del Che, lejos de cualquier vergüenza.
Moreno murió en su cama, rodeado de discípulos que repiten sus textos como biblias, mientras los verdaderos revolucionarios siguen sin aparecer, siguen sin juicio, siguen sin tumba.
Ese es el legado: la certeza de que en esta vida hay dos clases de personas. Los que ponen el cuerpo y los que ponen excusas. Los que empuñan fusiles y los que empuñan documentos. Los que están cuando hay balas y los que están cuando hay fotos.
Monje y Moreno fueron de los segundos. Y por eso, malditos sean. Por toda la puta eternidad.
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