EL TABLERO COMPLETO
Venezuela, Oriente Medio y la reconfiguración del poder global
I. LA AUTOCRÍTICA: POR QUÉ EL MAPA ESTABA INCOMPLETO
Cuando escribí, en la madrugada del 18 de marzo, "La Conflagración: economía mundial bajo el fuego de Oriente Medio", concentré mi mirada en el Estrecho de Ormuz con la fijeza de quien contempla un incendio y olvida que detrás hay una casa incendiándose también. Al día siguiente, en "Veinticuatro horas que pudieron ser años: la guerra en su día veinte", afiné el análisis sobre las fracturas entre Estados Unidos e Israel, sobre el ataque al Caspio, sobre la divergencia estratégica. Pero todavía faltaba algo.
Lo que no vi —lo que no quise ver, porque la mente se resiste a incorporar variables que rompen el relato construido— fue que el tablero tenía una pieza que lo explicaba todo. Esa pieza se llama Venezuela, y no es un actor secundario. Es el país con las mayores reservas de petróleo del planeta: 303.000 millones de barriles probados, el 17% del total mundial. Es, en términos energéticos, el corazón de Sudamérica. Y mientras yo describía cómo Irán cerraba el Estrecho y los precios del Brent volaban a 116 dólares, en Caracas ocurría algo que convertía mi análisis en un mapa incompleto.
El general Juan Prim, en sus memorias, escribió algo que siempre me ha obsesionado: "No hay error más costoso que el de creer que el enemigo hará lo que nosotros haríamos en su lugar". Yo cometí el error inverso: creí que Estados Unidos seguiría siendo el mismo, que sus sanciones a Venezuela eran inamovibles, que la geometría del poder global no podía reconfigurarse en veinte días. Me equivoqué. Y esta tercera parte es el reconocimiento de ese error, la ampliación del mapa, la corrección del tiro.
Porque Venezuela, en marzo de 2026, ha dejado de ser el país sancionado para convertirse en la llave de emergencia que Washington ha tenido que usar cuando la cerradura de Ormuz se atascó. Y ese giro, que mis dos primeros textos no contemplaron, es quizá la variable más reveladora de todas.
Sun Tzu, a quien invoqué en la primera parte, lo advirtió hace veinticinco siglos: "Los que son expertos en el arte de la guerra someten al ejército enemigo sin lucha. Conquistan la ciudad sin asediarla. Derrocan al enemigo sin operaciones prolongadas". Yo olvidé que la guerra no se libra solo donde caen las bombas, sino también donde fluye —o deja de fluir— el petróleo. Y hoy, el petróleo fluye desde Venezuela hacia Estados Unidos con una intensidad que nadie habría pronosticado hace tres meses.
II. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA: UNA EXISTENCIA QUE FUE
Antes de entrar en los datos, es necesario detenerse en lo que fue y lo que queda. Porque la revolución de Chávez existió y fue un éxito, y negarlo sería tan ciego como ignorar el papel de Venezuela en la reconfiguración energética global.
Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999 con un proyecto que transformó la realidad venezolana. Durante sus primeros años, con el petróleo por encima de los 100 dólares, Venezuela experimentó una redistribución de la renta sin precedentes: misiones sociales, alfabetización, acceso a la salud, integración regional. La pobreza se redujo, la inclusión social avanzó, y América Latina miró a Caracas como un faro de una vía alternativa al consenso de Washington.
El éxito de la revolución bolivariana, en esos años, fue real. Chávez ganó elección tras elección con márgenes abrumadores, y su proyecto encontró eco en millones de venezolanos que por primera vez se sintieron representados. El "imperio" —como lo llamó el propio Chávez— observaba con preocupación cómo un país en su patio trasero desafiaba la ortodoxia neoliberal y sobrevivía.
Pero la revolución también tuvo sus contradicciones. La dependencia del petróleo, en lugar de diversificarse, se profundizó. La corrupción, en lugar de erradicarse, encontró nuevos cauces. Y cuando los precios del crudo cayeron, cuando la economía mundial cambió, cuando Estados Unidos decidió que Chávez era un obstáculo a eliminar, las debilidades estructurales quedaron al descubierto.
El imperio no lo eliminó físicamente, al menos no en el sentido de una operación militar directa. Pero sí lo asfixió con sanciones, sí lo combatió con golpes blandos, sí financió a sus opositores, sí utilizó todas las armas del poder estructural para desgastarlo. Cuando Chávez murió en 2013, la revolución entró en una fase de declive que Maduro no pudo revertir. Las sanciones se endurecieron, la producción cayó, la hiperinflación devastó los ingresos de la población. En 2020, Venezuela producía menos de 400.000 barriles diarios, frente a los 3,5 millones de los años noventa. La asfixia había funcionado.
Hoy, con Maduro capturado el 3 de enero de 2026 y Delcy Rodríguez al frente bajo tutela estadounidense, la revolución bolivariana ha entrado en su fase final. Pero eso no borra lo que fue. Como escribió alguien cuyo nombre no recuerdo, "los sueños que no mueren no son los que se cumplen, sino los que se recuerdan". Y la revolución de Chávez, con todas sus luces y sombras, merece ser recordada.
III. EL ACUERDO: CÓMO WASHINGTON ABRAZÓ AL ANTIGUO ENEMIGO
El 18 de marzo de 2026, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió la Licencia General N°52, un documento que cambia las reglas del juego energético global. Sus disposiciones son tan precisas como reveladoras:
Las empresas estadounidenses constituidas antes de enero de 2025 pueden hacer negocios con PDVSA, la petrolera estatal venezolana que había sido el epicentro de las sanciones durante años.
Pero los pagos no pueden ir a PDVSA ni al gobierno venezolano. Deben dirigirse a cuentas controladas por Estados Unidos, gestionadas directamente por el Departamento del Tesoro a través del Fondo de Depósitos de Gobiernos Extranjeros.
Los contratos deben regirse por la ley estadounidense y cualquier disputa resolverse en tribunales de Estados Unidos.
Quedan prohibidas las transacciones con Rusia, Irán, Corea del Norte, Cuba y determinadas entidades chinas. También el uso de criptomonedas, oro o cualquier activo que escape al control financiero convencional.
Las únicas excepciones a la canalización de fondos son los impuestos locales, permisos y tasas municipales. Las regalías, los gravámenes fijos por barril y los impuestos federales van a Washington.
Al día siguiente, 19 de marzo, la exención de 60 días a la Ley Jones —esa norma de 1920 que exigía transporte en buques estadounidenses— permitió que "recursos vitales como el petróleo, el gas natural, los fertilizantes y el carbón fluyan libremente hacia los puertos de Estados Unidos". La logística se flexibilizaba para facilitar la entrada del crudo venezolano.
La magnitud del flujo es colosal: los contratos firmados en marzo comprometen 80 millones de barriles de las existencias acumuladas durante los meses de bloqueo. No es producción nueva; es petróleo ya extraído, almacenado en tanques y buques fondeados, que ahora se redirige hacia las refinerías del Golfo de México.
Las empresas involucradas son el quién es quién del capitalismo energético: Chevron produce entre 240.000 y 250.000 barriles diarios en sus empresas mixtas. Vitol, Trafigura, Repsol, Shell, BP y Eni han recibido licencias. Exxon Mobil ha anunciado el envío de un equipo técnico para evaluar inversiones. La española Repsol lidera las compras hacia Europa. La india Reliance Industries ha recibido su primer cargamento desde 2023.
La condición más reveladora, la que conecta directamente con el papel de China en el tablero global, es la exclusión explícita de Pekín. La licencia prohíbe operar con entidades organizadas bajo leyes chinas o en empresas conjuntas con capital de China. Hasta 2025, China absorbía tres cuartas partes del crudo venezolano. En febrero de 2026, los envíos a China cayeron un 67%. Ese petróleo, el que antes alimentaba la maquinaria industrial china, ahora cruza el Atlántico para contener la inflación en Estados Unidos.
IV. LA CONEXIÓN CON ORIENTE MEDIO: DOS GUERRAS, UNA SOLA ESTRATEGIA
Lo que mis dos primeros textos no vieron con claridad es la conexión causal entre el cierre de Ormuz y la reapertura venezolana. No son fenómenos paralelos; son las dos caras de la misma moneda.
El 12 de marzo, las exportaciones de crudo y productos refinados a través del Estrecho de Ormuz se desplomaron a menos del 10% de los niveles previos al conflicto. Los países del Golfo redujeron su producción en al menos 10 millones de barriles diarios. La Agencia Internacional de la Energía calificó la situación como "la mayor disrupción en la historia del mercado petrolero".
Ese mismo día, el Brent superó los 101 dólares por barril. La gasolina en Estados Unidos alcanzó los 3,84 dólares por galón, muy por encima de los 3 dólares que Trump había prometido mantener en el Estado de la Unión.
El 17 de marzo, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que estudiaban "quitar las sanciones al petróleo iraní que ya está en tránsito" para inyectar oferta de forma inmediata. La cifra: unos 140 millones de barriles estimados en buques que ya navegan. "En esencia, utilizaremos los barriles iraníes contra los propios iraníes para mantener los precios bajos durante los próximos 10 o 14 días", declaró.
Al día siguiente, la Licencia General N°52 abrió la puerta a Venezuela. La secuencia es inequívoca: Estados Unidos ha activado todas las palancas a su alcance —reservas estratégicas, suspensión de la Ley Jones, flexibilización de sanciones a Irán y Venezuela— para contener una crisis energética que amenaza con hundir su economía y su posición en las elecciones de medio término.
El 3 de noviembre de 2026, los estadounidenses votarán. Y los republicanos, que controlan ambas cámaras, ven cómo los datos económicos se vuelven en su contra: pérdida de 92.000 empleos en febrero, inflación persistente, precios de la gasolina disparados. El 72% de los estadounidenses considera la economía como regular o mala, según el Pew Research Center. El senador Chuck Schumer lo expresó sin ambages: "Los republicanos van a ser barridos en las elecciones de medio término porque los estadounidenses de clase trabajadora siguen pagando el precio de los fracasos de Donald Trump".
En este contexto, Venezuela no es una opción estratégica a largo plazo. Es una muleta de urgencia, un parche para contener la hemorragia antes de que sea demasiado tarde.
V. EL PUEBLO VENEZOLANO: ENTRE LA PROMESA Y LA REALIDAD
La pregunta incómoda: ¿qué recibe la población a cambio de este sacrificio?
La respuesta oficial: la nueva agenda incluye el desbloqueo de activos en el extranjero y la compra de equipos médicos para hospitales con fondos liberados por los acuerdos. La administración Trump insiste en que los ingresos de las cuentas supervisadas "deben beneficiar al pueblo venezolano y su transición a la democracia".
Pero la realidad venezolana es tozuda. El país produce apenas un millón de barriles diarios, muy lejos de su potencial. La infraestructura está devastada por años de falta de inversión, corrupción y mantenimiento diferido. Los expertos estiman que harán falta entre 12 y 18 meses para que un aumento significativo de la producción se traduzca en beneficios reales para la población. Mientras tanto, el petróleo que sale ahora es el almacenado, no el producido con nuevo capital.
El gobierno de Delcy Rodríguez, que gobierna bajo "tutelaje" estadounidense, ha aceptado estas condiciones porque no tenía alternativa. Maduro está preso. La cúpula chavista superviviente negocia su propia supervivencia política. Y la población, agotada tras años de crisis, observa con escepticismo cómo el petróleo que debería haber financiado escuelas y hospitales se envía al país que hasta hace tres meses los asfixiaba con sanciones.
El dato que resume la paradoja: mientras el crudo venezolano fluye hacia el Golfo de México, en las calles de Caracas y Maracaibo los cortes de gasolina siguen siendo habituales. El país con las mayores reservas del mundo no puede abastecer a sus propios conductores porque sus refinerías están medio paralizadas.
VI. LAS ECONOMÍAS QUE SE SALVAN: EL SACRIFICIO EN CLAVE GLOBAL
¿Cuáles son las economías que estarán a salvo gracias al sacrificio de la revolución bolivariana? La respuesta, incómoda pero necesaria, es que los principales beneficiarios son los mismos que durante años aplicaron las sanciones.
Estados Unidos encabeza la lista. Los 80 millones de barriles comprometidos no resuelven el problema energético global —Estados Unidos consume más de 20 millones de barriles diarios, así que esa cantidad apenas cubre cuatro días de consumo— pero moderan los precios en el margen y, sobre todo, envían una señal política: la administración está haciendo algo para contener la inflación.
Las refinerías de Valero, Marathon y Phillips 66 reciben crudo con descuento y mantienen sus márgenes. Los transportistas, aunque pagan más que antes de la guerra, pagan menos de lo que pagarían si Venezuela no estuviera enviando su petróleo. Y el votante medio, que ve el precio de la gasolina en 3,84 dólares en lugar de los 4,50 que algunos modelos preveían, respira algo más aliviado.
Europa también recibe su parte. Los envíos a España, liderados por Repsol, han aumentado. En un continente que depende del gas y el petróleo importado, cada barril que llega de Venezuela es un barril que no tiene que competir en el mercado spot asiático a precios desorbitados.
India emerge como otro beneficiario indirecto. La llegada del primer cargamento de Chevron a Reliance Industries sugiere que el acuerdo venezolano tiene vocación global. India, que depende de importaciones para alimentar a 1.400 millones de personas y cuya rupia se debilita por la factura energética, necesita desesperadamente fuentes alternativas de crudo que no pasen por Ormuz.
China, en cambio, es la gran perdedora. Pekín, que hasta 2025 absorbía tres cuartas partes del petróleo venezolano, ha visto caer sus importaciones un 67%. La nueva alineación energética de Venezuela con Estados Unidos golpea directamente los intereses chinos en la región. Los informes de inteligencia estadounidenses ya advierten que China "probablemente" buscará compensar esta pérdida aumentando su influencia en otras áreas de Latinoamérica: Argentina (Vaca Muerta), Brasil o México.
VII. ORIENTE MEDIO EN SU DÍA VEINTE: LA GUERRA QUE NO CESA
Mientras Venezuela se reconfigura, la guerra en Oriente Medio entra en su vigésimo día con una intensidad que no cesa. Los titulares de este 19 de marzo dibujan un panorama de fuego cruzado y escalada imparable.
Los precios. El Brent ha alcanzado los 115 dólares por barril, subiendo casi un 8% en la jornada. El miércoles cerró a 107,38 dólares, su nivel más alto desde mediados de 2022. El WTI, referencia estadounidense, ronda los 96 dólares. En Europa, los precios de referencia del gas natural se han disparado un 24%. La Agencia Internacional de la Energía mantiene su calificación de "mayor disrupción en la historia del mercado petrolero".
Los ataques. Irán ha intensificado sus acciones contra infraestructuras energéticas en los estados árabes del Golfo. El objetivo principal: Ras Laffan en Qatar, la instalación de gas natural licuado más importante del mundo. La respuesta catarí ha sido inmediata y drástica: expulsión de los agregados militares y de seguridad iraníes en un plazo de 24 horas. Arabia Saudí ha interceptado drones dirigidos a instalaciones de gas y ha advertido que Riad se reserva el derecho de emprender acciones militares contra Irán si fuera necesario. La reunión de doce ministros de Asuntos Exteriores árabes e islámicos ha producido una declaración conjunta instando a Irán a cesar inmediatamente sus agresiones.
El Caspio. Israel ha llevado a cabo ataques contra objetivos navales iraníes en el mar Caspio, los primeros de este tipo en casi tres semanas de guerra. Hasta ahora, los bombardeos se habían concentrado en el golfo de Omán y el golfo Pérsico. El Caspio, sin salida al mar, limita con Rusia, Kazajistán, Turkmenistán, Azerbaiyán e Irán. La expansión del conflicto a este nuevo teatro tiene implicaciones que trascienden la región.
Las bajas. Líbano reporta ya casi 1.000 fallecidos desde el inicio del conflicto. Irán es el país con mayor número de víctimas, y se han registrado decenas de fallecidos más en los países del Golfo e Israel. La guerra terrestre en la frontera libanesa se intensifica: Israel ha más que duplicado su presencia de tropas y realiza registros casa por casa en aldeas del sur previamente evacuadas.
La divergencia estratégica. El exjefe antiterrorista de la administración Trump, Joe Kent, ha declarado que no existía información de inteligencia que sugiriera que Irán fuera a lanzar un ataque sorpresa de gran envergadura, y que, en su opinión, Israel involucró a Estados Unidos en el conflicto. Mientras tanto, funcionarios de la administración, en audiencias públicas, contradijeron repetidamente las afirmaciones de Trump sobre la amenaza iraní o no las respaldaron con pruebas. La fractura entre los objetivos estadounidenses e israelíes —Estados Unidos quiere destruir capacidades militares, Israel quiere decapitar el régimen— se hace cada día más evidente.
VIII. LOS EFECTOS DOMINÓ: ALIMENTOS, MEDICAMENTOS, SEMICONDUCTORES
El análisis prospectivo exige mirar más allá del petróleo. La guerra en Oriente Medio está afectando a tres cadenas críticas cuyas repercusiones se sentirán durante meses.
Alimentos. El precio de los fertilizantes se ha disparado. En el Puerto de Nueva Orleans, principal puerta de entrada de estos productos a Estados Unidos, pasó de 516 a 683 dólares por tonelada métrica durante la primera semana de guerra. La razón: Omán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos son cuatro importantes exportadores mundiales de fertilizantes nitrogenados. Qatar Energy, una de las principales productoras de urea, tuvo que suspender actividades tras los ataques iraníes. Además, China mantiene suspendidas las exportaciones de fertilizantes fosfatados y restringidas las de urea hasta agosto de 2026.
El momento no podría ser peor. En el hemisferio norte, los agricultores se preparan para la siembra. Cada año, un 25% de las importaciones de fertilizantes de Estados Unidos se realizan entre marzo y abril. Los analistas anticipan que, de extenderse el conflicto, los consumidores empezarán a sentir el impacto en los alimentos en un plazo de 1 a 3 meses: encarecimiento y escasez. El Programa de Alimentos de la ONU ya ha advertido que el aumento repentino de los precios podría tener un "efecto dominó que agravará el hambre de las poblaciones vulnerables".
Medicamentos. Dubái ha sufrido ataques. Su aeropuerto, el de mayor tráfico internacional del mundo, y su puerto Jebel Alí, el noveno de carga con más actividad global, son centros logísticos cruciales para la industria farmacéutica. Emirates SkyPharma, la instalación de carga construida específicamente para envíos farmacéuticos sensibles a la temperatura, ha visto interrumpidas sus operaciones.
Esto afecta especialmente a India, el mayor proveedor global de medicamentos genéricos, que produce el 60% de las vacunas del mundo. Las exportaciones farmacéuticas indias transitan por Dubái hacia África, Europa y otros destinos. Aunque existen rutas alternativas, tienen menor capacidad, requieren días adicionales y tienen mayores costos. El resultado eventual: medicamentos más caros y menos disponibles.
Semiconductores. El azufre, subproducto de la refinación de petróleo y gas, es fundamental para la producción de semiconductores y chips. Un 24% de la producción global de azufre se origina en Medio Oriente. Durante la primera semana del conflicto, las empresas fabricantes de níquel en Indonesia —responsables de más del 50% del níquel mundial— anunciaron recortes de producción debido a la interrupción del suministro de los países del Golfo, de donde procede el 75% del azufre que utilizan.
La cadena es larga: el azufre se convierte en ácido sulfúrico, el ácido sulfúrico es esencial para la fabricación de semiconductores, los semiconductores están en todo: teléfonos, computadoras, automóviles, redes eléctricas. Una interrupción prolongada puede tener repercusiones globales en la producción de innumerables productos esenciales.
IX. PROSPECCIÓN HASTA EL FINAL: LO QUE VIENE
Después de veinte días de guerra, con los precios en máximos históricos y las cadenas de suministro globales bajo tensión extrema, podemos trazar una prospectiva razonable sobre la duración y evolución del conflicto.
Fase actual: la tormenta militar (días 1-30). Estamos en ella. Ataques aéreos intensos, bombardeos de infraestructuras, cierre de estrechos, guerra asimétrica con misiles y drones. Irán ha demostrado capacidad para golpear infraestructuras críticas en Qatar, Arabia Saudí, Emiratos y Kuwait. Israel ha extendido el conflicto al Caspio. Estados Unidos mantiene la presión militar mientras despliega una batería de medidas económicas para contener los precios.
Esta fase podría prolongarse 2-4 semanas más, hasta que uno de los bandos considere que ha alcanzado objetivos suficientes para justificar una desescalada, o hasta que la presión económica y política interna obligue a moderar las acciones.
Segunda fase: la negociación bajo presión (meses 2-6). Una vez que cesen los bombardeos masivos, comenzará un periodo de negociaciones intermitentes, presiones diplomáticas y tensiones contenidas. Será el momento de las mediaciones internacionales, con China e India probablemente jugando papeles destacados. En esta fase, el control del Estrecho de Ormuz será la principal moneda de cambio. Irán lo utilizará como palanca para obtener concesiones, mientras Estados Unidos intentará que sus aliados del Golfo incrementen la producción para compensar las pérdidas.
La AIE ha dejado claro que la reanudación del tránsito por Ormuz es la condición indispensable para la estabilización. Pero Ormuz no se reabrirá sin un acuerdo político que aborde, aunque sea parcialmente, las demandas iraníes.
Tercera fase: la latencia prolongada (años). Resuelta la crisis inmediata, el conflicto subyacente entre Israel e Irán permanecerá. Las capacidades nucleares iraníes, el programa de misiles balísticos, el apoyo a Hezbolá y Hamas, y la misma existencia del régimen de los ayatolás seguirán siendo fuentes de tensión permanente.
Para Venezuela, el escenario base es el de una reinserción tutelada en el mercado energético global. Las proyecciones del secretario de Energía, Chris Wright, de aumentar la producción entre un 30% y un 40% este año son optimistas pero factibles, siempre que las inversiones lleguen y la infraestructura responda.
A medio plazo (2027-2028), si las inversiones de Chevron, Exxon, Shell y las demás se materializan, Venezuela podría recuperar parte del terreno perdido. Pero la condicionalidad es extrema: el control financiero de Washington, la exclusión de China, la prohibición de relaciones con Irán, Rusia, Cuba y Corea del Norte. El país se convierte, de facto, en un protectorado energético cuya soberanía sobre sus recursos es puramente nominal.
Factores que pueden acelerar el final de la guerra en Oriente Medio:
La presión de los precios del petróleo en la economía estadounidense y en las perspectivas electorales republicanas.
La mediación china o india, que ofrezca a Irán una salida digna con garantías económicas.
El cansancio de los países del Golfo, que sufren los ataques sin compartir los objetivos bélicos.
La posibilidad de que Israel considere alcanzados sus objetivos mínimos de degradación militar iraní.
Factores que pueden prolongar el conflicto:
La ausencia de un objetivo claro y una estrategia de salida por parte de Estados Unidos.
La determinación israelí de aprovechar la oportunidad para asestar un golpe existencial a Irán.
La capacidad iraní para resistir los ataques y mantener su estructura de poder básica.
La implicación de otros actores (milicias iraquíes, Hezbolá, hutíes) que amplíen el frente y compliquen cualquier acuerdo.
X. EPÍLOGO: LA REVOLUCIÓN QUE FUE, EL SACRIFICIO QUE QUEDA
El 19 de marzo de 2006, hace exactamente veinte años, Hugo Chávez hablaba en Naciones Unidas y llamaba "diablo" a George W. Bush. Venezuela era entonces un referente internacional, un país que desafiaba al imperio con la fuerza de su petróleo y el carisma de su líder.
Hoy, 19 de marzo de 2026, Delcy Rodríguez firma acuerdos que entregan el control del petróleo venezolano a las cuentas del Tesoro estadounidense. La historia, como siempre, es cruel con los sueños.
Pero la revolución de Chávez existió y fue un éxito. No en el sentido de haber construido una sociedad perfecta —ninguna revolución lo hace— sino en el sentido de haber demostrado que era posible soñar con un mundo diferente, que era posible resistir, que era posible que los de abajo también tuvieran voz.
Esa revolución terminó, como terminan todas las revoluciones: devorada por sus contradicciones, asfixiada por sus enemigos, traicionada por sus herederos. Pero mientras hubo un Chávez vivo, mientras hubo petróleo y esperanza, Venezuela fue algo más que una estadística.
Hoy, el petróleo venezolano fluye hacia el Golfo de México para contener la inflación estadounidense. Es el sacrificio de una revolución que ya no está. Es la prueba de que, en este tablero global, las piezas se mueven sin preguntar a quienes las movieron antes.
Los tres textos que componen esta serie —"La Conflagración", "Veinticuatro horas que pudieron ser años" y "El Tablero Completo"— son, en conjunto, un intento de comprender. No de justificar, no de condenar, solo de comprender.
Y al final, lo que queda es la certeza de que el mundo de marzo de 2026 no será el mundo de junio, ni el de noviembre. Las elecciones de medio término, la duración del conflicto, la capacidad de Venezuela para aumentar su producción, la reacción de China, la mediación del BRICS+... todo está por escribirse.
Pero algo sí sabemos: la revolución bolivariana existió. Y su sacrificio, hoy, está en cada barril que cruza el Atlántico para calmar la ira de los votantes de Ohio.
Que eso sea justo o no, que sea digno o no, no es algo que este cronista pueda decidir. Solo puede contarlo.
Y lo ha contado.
*19 de marzo de 2026*
FIN DE LA TRILOGÍA
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