Cuarta carta a la congresista Alexandria Ocasio-Cortez
Sobre la geopolítica como condición de posibilidad del bienestar de clase — y por qué su talón de Aquiles es en realidad su mayor fortaleza
Estimada congresista:
Recibí noticias de que mi tercera carta llegó a sus manos. En ella intentaba mostrarle una verdad incómoda pero necesaria: que el principal beneficiario de las políticas criminales de Trump no es China, ni Irán, ni siquiera el complejo militar-industrial, sino Rusia. Que mientras Washington se desangra en el Golfo, Moscú cosecha ingresos extraordinarios, distrae la atención de Ucrania, acumula capital diplomático y fortalece su presencia en el Caribe. Y que la izquierda estadounidense, por miedo al fantasma del macartismo, ha tendido a callar esa verdad, pagando con su silencio un costo que recae sobre los trabajadores.
Usted no ha callado. En 2022 condenó la invasión rusa a Ucrania. En 2023 votó por ayuda humanitaria sin abrazar la lógica de la OTAN. Ha sabido nadar en aguas que no son suyas sin ahogarse. Pero hay un paso más que dar, y en esta cuarta carta quiero acompañarlo. No para enseñarle geopolítica como si fuera una principiante —usted ya intuye estas conexiones— sino para ofrecerle un mapa que le permita convertir lo que sus críticos llaman su “talón de Aquiles” en su mayor fortaleza.
I. El beneficiario silencioso y la reconfiguración del mundo
En la tercera carta le dejé los números: el petróleo Brent pasó de 73 a 115 dólares en tres semanas; Rusia embolsa unos 150 millones de dólares adicionales cada día; la base MAGA, el núcleo trabajador que llevó a Trump al poder, se está desmoronando porque la manufactura perdió 70.000 empleos en 2025 y la gasolina ya supera los 4 dólares por galón. Esa es la foto fija.
Pero la película es más larga. Porque lo que está ocurriendo no es solo una guerra más en Oriente Medio, sino la aceleración de una reconfiguración estructural del orden global. Y ahí aparece el BRICS+.
El BRICS+ —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, más Irán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Egipto, Etiopía e Indonesia— no es la alianza de dictadores que caricaturiza la derecha, ni el faro antiimperialista que a veces sueña la izquierda ingenua. Es, ante todo, una coalición de países que ya no quieren que las reglas del mundo las dicte un solo país. Juntos representan más del 35% del PIB mundial (medido en paridad de poder adquisitivo) y producen el 40% del petróleo global. Su sistema de pagos alternativo, BRICS Pay, permite transacciones en monedas locales sin pasar por el dólar, y ya está operativo con capacidad para procesar 20.000 mensajes por segundo.
En enero de 2026, mientras Estados Unidos capturaba a Maduro y abría las cuentas de PDVSA bajo control del Tesoro, China, Rusia, Irán, Emiratos y Sudáfrica realizaron ejercicios navales conjuntos en aguas de Ciudad del Cabo. No fue un gesto simbólico. Fue la declaración de que hay rutas marítimas que Washington no controla, alianzas que no puede romper, un mundo que se construye fuera de su hegemonía.
Pero también hay que ver las grietas. India, la democracia más grande del mundo, optó por no participar en esos ejercicios para no dañar su relación con Estados Unidos. Brasil observa desde la barrera. El BRICS+ no es un monolito antioccidental; es un espacio de tensiones y de búsqueda de autonomía. Y es en esa complejidad donde la izquierda estadounidense tiene que aprender a moverse: sin alinearse acríticamente con Beijing o Moscú, pero reconociendo que un mundo multipolar puede ser beneficioso para los trabajadores de este país si se navega con inteligencia.
Porque un mundo unipolar dominado por la lógica de la guerra perpetua es un mundo donde el gasto militar devora el presupuesto social, donde los precios de la energía se disparan cada vez que Washington bombardea a alguien, donde los trabajadores pagan las consecuencias de las aventuras imperiales. Un mundo multipolar, en cambio, es un mundo donde Estados Unidos tiene que competir, no imponer. Y la competencia —en energía, en tecnología, en infraestructura— puede beneficiar a los trabajadores si se hace desde la fortaleza, no desde el miedo.
Usted lo dijo en Múnich, aunque algunos solo escucharan los tartamudeos: “En un orden basado en reglas, ¿las reglas para quién? Porque durante demasiado tiempo, las reglas solo se aplicaban a Estados Unidos, Europa y sus aliados, y hacíamos excepciones para el Sur Global”. Esa frase es la clave para entender el BRICS+. No es una alianza contra Estados Unidos. Es una alianza para que las reglas sean las mismas para todos.
II. Su talón de Aquiles: por qué los errores de Múnich son su mayor fortaleza
Sus críticos han usado su intervención en Múnich para etiquetarla como inexperta. El tartamudeo sobre Taiwán, la confusión sobre la ubicación de Venezuela, las dudas sobre qué responderían las tropas estadounidenses si China invadiera la isla. Todo eso ha sido aireado como prueba de que no está lista.
Déjeme decirle algo que probablemente nadie le ha dicho: esos errores son, en realidad, su mayor fortaleza.
Usted tartamudeó sobre Taiwán porque no quería dar la respuesta que los halcones esperaban. No quería decir “sí, enviaremos tropas”, porque sabe que esa respuesta llevaría a una guerra con China que ningún trabajador estadounidense quiere. Y no quería decir “no, no las enviaremos”, porque eso le habría dado munición a quienes dicen que es ingenua. Usted tartamudeó porque estaba atrapada entre dos mentiras, y su instinto le dijo que no debía elegir ninguna. Eso no es ignorancia. Es integridad. Y es más raro en Washington de lo que parece.
La confusión sobre Venezuela —decir que está “debajo del ecuador” cuando está sobre el ecuador— fue un error geográfico, sí. Pero el diagnóstico político que usted hizo en Múnich fue certero: “Quieren retirar a Estados Unidos del mundo entero para que Donald Trump pueda comandar el hemisferio occidental y América Latina como su arenero personal”. Eso es exactamente lo que está ocurriendo. Maduro capturado, las cuentas de PDVSA intervenidas, 80 millones de barriles enviados a las refinerías del Golfo bajo control del Tesoro. Usted vio la foto grande. Lo geográfico se puede aprender; la lucidez política no se improvisa.
La izquierda ha tenido, históricamente, un problema con la política exterior. Ha oscilado entre el aislacionismo (“no nos metamos en guerras ajenas”) y el antiimperialismo (“denunciemos las guerras de Estados Unidos”). Ambas son posiciones legítimas, pero ninguna, por sí sola, construye una alternativa. Usted tiene la oportunidad de construir esa alternativa. No desde la erudición geopolítica —que puede aprender— sino desde la coherencia. Usted sabe que los trabajadores no quieren guerras. Sabe que el dinero que se gasta en bombardeos es dinero que no se gasta en escuelas. Sabe que la inflación que golpea a las familias tiene su origen en el Estrecho de Ormuz, no en la codicia de los empresarios (aunque también).
Lo que necesita es un relato que conecte esos puntos. Un relato que explique por qué la geopolítica no es un lujo para intelectuales, sino la condición de posibilidad del bienestar de clase. Un relato que muestre que cuando Estados Unidos bombardea Irán, el precio de la gasolina sube, la inflación repunta, y los trabajadores pagan la cuenta. Un relato que señale que el principal beneficiario de esa guerra no es Israel, ni los contratistas de defensa, sino Rusia, que se frota las manos mientras el Pentágono comete un error tras otro.
III. Gaza, la base MAGA y la oportunidad que nadie vio
Usted ha sido una de las voces más valientes en el Congreso sobre Gaza. Ha denunciado el genocidio cuando era costoso hacerlo. Ha señalado la hipocresía de la “ayuda incondicional” a Israel mientras se bloquea la ayuda humanitaria. Y ahora, algo está cambiando.
El 15 de marzo, Donald Trump dijo algo que sus asesores probablemente le suplicaron que no dijera: “Basado en la televisión, diría que no particularmente” cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con Netanyahu en que no hay hambruna en Gaza. Y añadió: “Porque esos niños se ven muy hambrientos”. No es humanitarismo. Es política.
La base MAGA —votantes trabajadores sin título universitario, los que creyeron que sus aranceles traerían de vuelta los empleos manufactureros— está empezando a desmoronarse. En febrero de 2026, la aprobación de Trump entre ese grupo cayó 23 puntos respecto a 2024. La manufactura perdió 70.000 empleos en 2025. La promesa no se cumplió. Y ahora, esa misma base trabajadora mira las imágenes de niños muertos de hambre en Gaza y se pregunta por qué su dinero va a financiar eso.
La congresista Marjorie Taylor Greene, que no es precisamente una pacifista, ha usado la palabra “genocidio” para describir la conducta de Israel. Steve Bannon, el estratega de la ultraderecha, dijo: “Parece que para la base MAGA menor de 30 años, Israel no tiene casi ningún apoyo”. Lo que está ocurriendo es que Gaza está rompiendo los consensos establecidos. Los jóvenes, los trabajadores, los que votan con el estómago, están viendo que la lógica de “apoyo incondicional a Israel” no les trae ningún beneficio. Solo les trae más guerras, más gasto militar, más distracción de lo que realmente importa: salarios, empleos, gasolina a precio razonable.
Usted ha estado del lado correcto de esta historia desde el principio. Ahora tiene una oportunidad única: conectar los puntos entre Gaza y el precio de la gasolina, entre el apoyo a Israel y la inflación, entre las guerras en Oriente Medio y el dinero que no llega a las escuelas del Bronx. Porque esa conexión existe. Y sus críticos, los que dicen que no sabe de política exterior, son los que no la ven.
IV. El error del Pentágono: lo que Moscú entendió y Washington no
Hay una frase del general David Petraeus que circula en los círculos militares: “El ejército estadounidense es el mejor del mundo para matar gente. No es muy bueno para otra cosa”. Esta guerra está demostrando que ni siquiera para eso es tan bueno como cree.
El Pentágono diseñó su estrategia con un supuesto: que podía bombardear Irán, cerrar el Estrecho de Ormuz, y que los aliados europeos y asiáticos pagarían el precio sin rechistar. Lo que no calculó es que ese precio iba a ser tan alto que sus propios aliados comenzarían a mirar hacia otro lado.
La Unión Europea se ha negado a enviar barcos al Golfo. Japón y Corea del Sur han declinado sumarse a la coalición. India, el aliado estratégico que Washington había cortejado durante años, ha aumentado sus compras de petróleo ruso hasta 1,5 millones de barriles diarios —un 50% más que en febrero— con el permiso explícito del Tesoro estadounidense, que tuvo que emitir una exención de 30 días porque no había otra forma de estabilizar los precios.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo disfrazó de medida temporal: “El aumento temporal de los precios del petróleo es una interrupción a corto plazo que resultará en un beneficio masivo para nuestra nación y economía a largo plazo”. Pero lo que realmente dijo es que Estados Unidos no puede sostener esta guerra sin la ayuda de sus adversarios. Que para bajar el precio de la gasolina, tiene que permitir que India compre petróleo ruso. Que la estrategia de “máxima presión” ha fracasado.
Rusia, mientras tanto, ha entendido algo que el Pentágono parece haber olvidado: en el siglo XXI, las guerras no se ganan con portaaviones. Se ganan con la capacidad de hacer que el adversario se desgaste mientras uno se mantiene al margen. Putin no necesita disparar un misil. Necesita que el precio del petróleo se mantenga alto, que los europeos sigan comprando su gas, que los países del Sur Global vean en Moscú un socio confiable. Y eso es exactamente lo que Trump le ha regalado.
V. Por qué usted no es una fisura para China o Rusia, sino el futuro de la humanidad
En los pasillos de Washington hay quienes ven en el ala progresista del Partido Demócrata una oportunidad para dividir, para aprovechar la desafección con la guerra y girar la política exterior hacia posiciones que puedan ser funcionales a los intereses de Beijing o Moscú. Esa lectura es errónea y, además, profundamente insultante.
Usted no es una fisura. No es un punto débil por donde colarse. Usted es la expresión de una necesidad profunda del pueblo estadounidense: que la política exterior deje de ser el terreno de los halcones y se convierta en una herramienta para proteger a los trabajadores. Que el dinero que se gasta en bombas se gaste en escuelas. Que los hijos de la clase trabajadora dejen de ser carne de cañón para aventuras imperiales.
China y Rusia no necesitan que usted se alinee con ellas. Necesitan que usted sea coherente. Porque un Estados Unidos que abandona la lógica de la guerra perpetua es un Estados Unidos con el que se puede negociar, con el que se puede competir, con el que se puede construir un orden más equilibrado. Y ese orden, congresista, beneficia a los trabajadores de todo el mundo, incluidos los de este país.
El BRICS+ no es su enemigo. Tampoco es su aliado. Es un hecho geopolítico con el que tendrá que lidiar si en algún momento ocupa la Casa Blanca. Y lidiar con él no significa abrazarlo acríticamente, ni tampoco rechazarlo por reflejo anticomunista. Significa entender que en un mundo multipolar, los intereses de los trabajadores estadounidenses —gasolina a precio estable, empleos que no dependan de guerras interminables, un presupuesto que atienda las necesidades domésticas— convergen con los de los países que quieren un orden más equilibrado.
Usted lo ha dicho en sus mejores momentos: la política exterior no puede ser el dominio exclusivo de los que siempre han estado en el poder. Tiene que ser devuelta al pueblo. Y para eso, el pueblo necesita entender que lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz afecta lo que pagan en la bomba de gasolina. Que lo que ocurre en Gaza afecta lo que sus representantes votan en el Congreso. Que lo que ocurre en Moscú afecta la guerra que se libra en Ucrania y la inflación que golpea sus bolsillos.
VI. Un último pensamiento sobre la inteligencia
Usted es inteligente. Lo ha demostrado en cada batalla que ha librado. No necesita que le enseñen geopolítica como si fuera una principiante. Lo que necesita, tal vez, es que alguien le ofrezca un mapa para conectar los puntos que usted ya intuye.
Ese mapa es este: la geopolítica es la política de clase a escala global. Los mismos que se enriquecen con la guerra en Irán son los que se enriquecen con los bajos salarios en México, con la explotación laboral en Bangladesh, con la destrucción del medio ambiente en Brasil. El capital no tiene patria. Y la izquierda tampoco puede tenerla si quiere enfrentarlo.
Usted ha entendido esto en el plano doméstico. Ahora tiene la oportunidad de entenderlo en el plano global. Y cuando lo haga, cuando conecte esos puntos, cuando pueda decirle a un trabajador de Ohio por qué su gasolina subió porque Trump bombardeó Irán y por qué Rusia está ganando con esa guerra, entonces habrá completado el círculo.
Entonces será no solo una gran política, sino una estadista. Entonces, congresista, no será una fisura que China o Rusia puedan aprovechar. Será el futuro de la humanidad.
Y desde el sur, desde la otra punta del mundo, un viejo guerrillero que ya no empuña un fusil pero sigue luchando con las palabras, la mirará con orgullo.
Con el afecto de quien aprende cada día,
Juan Prim
*22 de marzo de 2026*
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