LA REACCIÓN: EL PÉNDULO DE LA HISTORIA
Toda acción genera una reacción. Los generales del Pentágono parecen haberlo olvidado.
I. EL PRINCIPIO QUE NADIE ENSEÑA EN WEST POINT
A los quince años, en aquel colegio yanqui al que mis padres me enviaron con la esperanza de que aprendiera las reglas del mundo, un profesor de ciencias —calvo, de gafas gruesas y paciencia infinita— escribió en la pizarra una frase que entonces me pareció demasiado simple para ser importante: "Toda acción genera una reacción de igual magnitud y sentido contrario". Newton, tercer principio. Lo aprendimos de memoria, lo repetimos en los exámenes, lo olvidamos en cuanto sonó la campana.
Ese profesor, cuyo nombre he olvidado pero cuyo gesto recuerdo con precisión de cirujano, añadió algo que entonces me pareció una digresión inútil: "Esto no solo ocurre con los cuerpos físicos. Ocurre con las naciones, con los imperios, con la historia. Si no lo entienden, estarán condenados a predecir el futuro mirando por el espejo retrovisor".
Los generales del Pentágono, los estrategas de la Casa Blanca, los asesores de Trump que esta mañana presentaban al Congreso una solicitud de 200.000 millones de dólares para financiar la guerra, parecen haber faltado a esa clase. O quizá la durmieron. O quizá, simplemente, creyeron que para ellos la física funcionaba de otro modo.
Porque lo que estamos viendo en estos veintiún días de marzo de 2026 es la manifestación más brutal de ese principio olvidado. Estados Unidos e Israel han actuado. Y el mundo, como un péndulo que nadie puede detener, está devolviendo el golpe.
II. LA ACCIÓN: EL MISIL QUE SIEMBRA VIENTO
La acción comenzó antes de que el primer misil surcara los cielos de Teherán. Comenzó cuando la administración Trump decidió que la "máxima presión" contra Irán no era suficiente, que había que pasar de la asfixia económica al castigo militar. Comenzó cuando Israel vio en la Casa Blanca a un aliado dispuesto a permitir lo que sus predecesores siempre habían vetado.
El 2 de marzo, los ataques aéreos sobre instalaciones militares iraníes marcaron el inicio oficial de la guerra. Pero la acción no fue solo militar. Fue también la decisión de cerrar el Estrecho de Ormuz con la fuerza de las armas, de bombardear infraestructuras energéticas en Irán, de atacar después el campo gasífero South Pars que Irán comparte con Catar, de golpear la costa del Caspio, de expandir el frente a Líbano con una guerra terrestre que ya ha causado casi mil muertos.
La acción fue también, como hemos documentado en la segunda parte de esta trilogía, la negativa a coordinar con Europa, la fractura de la alianza transatlántica, la decisión de que Estados Unidos actuaría solo o acompañado solo por Israel, sin importar las consecuencias para el resto del mundo.
Y la acción, por supuesto, fue la humillación final a Venezuela: la captura de Maduro en enero, la imposición de un gobierno títere, la apertura de sus reservas petroleras bajo el control directo del Tesoro estadounidense, la exclusión de China de sus principales yacimientos.
Cada uno de estos movimientos fue concebido en los despachos del Pentágono como una pieza de una estrategia impecable. Pero los estrategas olvidaron que los tableros de ajedrez no tienen dueño, que las piezas se mueven solas si se las empuja con demasiada fuerza, y que la historia, como el péndulo, siempre vuelve.
III. LA REACCIÓN: EL MISIL QUE COSECHA TEMPESTADES
Veintiún días después, la reacción está a la vista de quien quiera mirar.
Irán no ha sido doblegado. En lugar de colapsar, ha demostrado una capacidad de resiliencia que los informes de inteligencia no habían previsto. Sus misiles han alcanzado Ras Laffan en Catar, el mayor centro de procesamiento de gas natural licuado del planeta. Han golpeado instalaciones en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Han forzado a Catar a expulsar a sus agregados militares, rompiendo una relación que parecía sólida. Han extendido la guerra al Caspio, obligando a Israel a abrir un frente que ningún analista había contemplado.
Y lo más importante: Irán ha cerrado de facto el Estrecho de Ormuz. Las exportaciones por esa vía se mantienen por debajo del 10% de los niveles previos al conflicto. Diez millones de barriles diarios han dejado de fluir. Esa es la reacción que la física de Newton había previsto y que los generales no supieron calcular.
Los países del Golfo, que Estados Unidos daba por descontados en su órbita, han comenzado a mirar hacia otro lado. La declaración conjunta de doce ministros árabes e islámicos instando a Irán a cesar sus agresiones fue, en su formulación, una condena a Teherán. Pero en su omisión —no condenaban a Israel ni a Estados Unidos— fue también una advertencia: no nos arrastren a una guerra que no hemos pedido. Arabia Saudí, que alberga bases militares estadounidenses, ha interceptado ocho misiles sobre Riad y ha advertido que se reserva el derecho a tomar medidas militares contra Irán si es necesario. Pero también ha evitado sumarse abiertamente a la coalición que Washington intenta formar. La confianza se ha roto, y las grietas no se reparan con discursos.
Europa ha tomado distancia. La negativa de Alemania y Francia a participar en una coalición naval en el Golfo no fue un gesto simbólico. Fue una decisión estratégica. El primer ministro británico, Keir Starmer, condicionó su apoyo a la guerra a la protección de los intereses británicos, y específicamente a la moderación de los precios energéticos. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha pedido una moratoria sobre los ataques a infraestructuras civiles. Europa ha visto cómo la inflación repunta, cómo el gas se dispara un 24%, cómo sus economías se resienten de una guerra que no ha decidido ni controla. Y ha dicho, con la frialdad de quien calcula costes, que no está dispuesta a pagar el precio completo.
China ha perdido Venezuela, pero ha ganado conciencia. La exclusión explícita de Pekín de los acuerdos petroleros en Venezuela, con esa cláusula de la Licencia General N°52 que prohíbe operar con entidades vinculadas a China, ha sido un golpe para los intereses energéticos chinos. Pero también ha sido un aviso. Pekín ha visto que la estrategia de asfixia de Estados Unidos puede dirigirse contra sus suministros en cualquier momento. La respuesta, que ya está en marcha, será acelerar la desdolarización del comercio energético, profundizar los acuerdos con Rusia e Irán, y buscar nuevas fuentes de crudo en Argentina, Brasil y África. La reacción china no será inmediata, pero será profunda y duradera.
El BRICS+ ha descubierto sus fracturas, pero también sus posibilidades. La guerra ha enfrentado a Irán con Arabia Saudí y Emiratos, todos miembros del bloque. La incapacidad para emitir una declaración conjunta ha sido la prueba más evidente de sus límites políticos. Pero también ha puesto sobre la mesa la necesidad imperiosa de construir mecanismos económicos que blinden a sus miembros frente a las crisis externas. El Nuevo Banco de Desarrollo, liderado por Dilma Rousseff, tiene ahora una oportunidad histórica para convertirse en el instrumento financiero de un mundo que ya no confía en las reglas de Washington.
Y Venezuela, la pieza que faltaba en mi primer análisis, ha dado su propia reacción. No la que esperaban los generales del Pentágono. La revolución bolivariana, que yo mismo minusvaloricé en mis dos escritos iniciales, no ha desaparecido. Está herida, está tutelada, está bajo control financiero extranjero. Pero sigue existiendo. Delcy Rodríguez gobierna bajo supervisión estadounidense, pero gobierna. La cúpula chavista negocia su supervivencia, pero negocia. Y en las calles de Caracas, donde la gasolina sigue escaseando mientras el crudo fluye hacia el Golfo, la memoria de Chávez no se ha apagado. Esa memoria es también una reacción, aunque aún no sepa cómo expresarse.
IV. EL PÉNDULO QUE NADIE PUEDE DETENER
Lo que los estrategas del Pentágono no entendieron —lo que Newton sabía y ellos olvidaron— es que el péndulo de la historia no se detiene porque uno decida que ha llegado a su punto máximo. Al contrario, cuanto más lejos se empuja, con más fuerza vuelve.
Estados Unidos ha empujado el péndulo hacia la guerra total en Oriente Medio. Ha empujado el péndulo hacia la humillación de Venezuela. Ha empujado el péndulo hacia la exclusión de China del suministro energético latinoamericano. Ha empujado el péndulo hacia la fractura con Europa.
Y ahora, el péndulo vuelve.
Vuelve en forma de precios del petróleo que superan los 115 dólares y amenazan con llevarse por delante las elecciones de medio término. Vuelve en forma de fertilizantes que se encarecen un 30% y anuncian una crisis alimentaria para los próximos meses. Vuelve en forma de medicamentos que no llegan porque los centros logísticos de Dubái han sido atacados. Vuelve en forma de semiconductores que escasean porque el azufre del Golfo ha dejado de fluir.
Vuelve en forma de una comunidad internacional que observa con creciente escepticismo las justificaciones de Washington. Vuelve en forma de aliados que se distancian y enemigos que se fortalecen. Vuelve en forma de un Congreso que debe aprobar 200.000 millones de dólares para una guerra que nadie sabe cuándo terminará. Vuelve en forma de votantes que miran el precio de la gasolina y recuerdan que Trump prometió mantenerlo por debajo de 3 dólares.
V. LO QUE VIENE: LA REACCIÓN QUE AÚN NO HEMOS VISTO
El principio de Newton no se agota en el primer movimiento de retorno. El péndulo seguirá oscilando, y cada oscilación será más difícil de predecir que la anterior. Pero podemos ensayar algunas líneas de fuerza.
La reacción electoral. Las elecciones de medio término del 3 de noviembre se presentan como el primer gran juicio a la estrategia bélica. Los republicanos controlan ambas cámaras, pero los datos económicos juegan en su contra: pérdida de 92.000 empleos en febrero, inflación persistente, gasolina a 3,84 dólares. Si los demócratas recuperan el Congreso —como algunos sondeos ya apuntan—, la capacidad de Trump para sostener la guerra se verá seriamente limitada. La reacción política será, en ese caso, el fin de la fase más intensa del conflicto.
La reacción energética. Venezuela no es una solución a largo plazo, pero ha comprado tiempo. Ese tiempo, sin embargo, tiene un coste: la exclusión de China del suministro venezolano empujará a Pekín a buscar nuevos aliados en Latinoamérica y África, intensificando la competencia geopolítica en regiones que Estados Unidos daba por seguras. La reacción energética será una redistribución de los flujos petroleros que reconfigurará las alianzas para la próxima década.
La reacción financiera. La desdolarización del comercio energético, que hasta hace un año parecía una posibilidad remota, ha dado pasos de gigante en estas tres semanas. Rusia vende su petróleo en rublos y yuanes. Irán ha eludido las sanciones con mecanismos alternativos. Arabia Saudí ha comenzado a aceptar yuanes por sus envíos a China. La reacción financiera será la fragmentación del sistema monetario internacional, con bloques que operarán en monedas distintas y un dólar que dejará de ser, como lo fue durante décadas, la moneda universal.
La reacción militar. Israel ha logrado golpear objetivos que nadie creía alcanzables: el Caspio, South Pars, instalaciones en el corazón de Irán. Pero cada golpe ha endurecido la resistencia iraní y ha ampliado el frente. Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, las milicias en Irak y Siria han entrado en escena con una intensidad que no se veía desde hace años. La reacción militar será una guerra de baja intensidad prolongada que desgastará a Israel y a Estados Unidos sin ofrecer una victoria decisiva.
La reacción ideológica. La revolución bolivariana, que yo mismo di por muerta, sigue viva en la memoria de millones de venezolanos. Chávez fue eliminado físicamente por el cáncer, no por el imperio, pero su proyecto sobrevive en las conciencias. Y en un mundo donde Estados Unidos bombardea Oriente Medio mientras tutela a Venezuela, donde impone sanciones mientras negocia bajo cuerda, donde habla de democracia mientras controla las cuentas de un país soberano, la reacción ideológica será el resurgimiento de los discursos antiimperialistas en América Latina y el mundo. No como en los años de Chávez, pero sí como una corriente subterránea que emergerá cuando las condiciones sean propicias.
VI. EPÍLOGO: LA CLASE QUE NADIE QUISO APRENDER
El profesor calvo de aquel colegio yanqui tenía razón. Toda acción genera una reacción. Y los imperios, como los cuerpos físicos, no escapan a esta ley.
Los generales del Pentágono, los estrategas de la Casa Blanca, los asesores de Trump que esta mañana presentaban su solicitud de 200.000 millones de dólares al Congreso, creyeron que podían actuar sin que el mundo reaccionara. Creían que Irán se doblegaría, que Europa seguiría sumisa, que China aceptaría la pérdida de Venezuela, que los países del Golfo aplaudirían, que la revolución bolivariana se extinguiría sin dejar rastro.
Se equivocaron. El péndulo ya está en movimiento. Y cuando termine su viaje de vuelta, el mundo no será el mismo.
El 19 de marzo de 2026, mientras escribo estas líneas, un petrolero venezolano cruza el Atlántico con 2 millones de barriles destinados a las refinerías de Valero en Texas. En el Golfo Pérsico, un misil iraní atraviesa el cielo nocturno hacia una instalación saudí. En el Congreso de Estados Unidos, los representantes discuten si financiar una guerra que ya ha costado más de 50.000 millones de dólares. En las calles de Caracas, una mujer hace cola para conseguir gasolina mientras escucha en la radio que su país es el principal proveedor de crudo del imperio.
Toda acción genera una reacción. La historia, como el péndulo, no se detiene. Y los que no aprendieron la lección en el colegio, la aprenderán ahora, a la fuerza, en la única escuela que no admite aplazamientos: la realidad.
*20 de marzo de 2026*
CODA A LA TRILOGÍA
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