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Quinta Carta

 Quinta carta a la congresista Alexandria Ocasio-Cortez

Sobre anticapitalismo, Allende, el DSA y las preguntas que la izquierda no se atreve a hacer


Estimada congresista:

He seguido su trayectoria desde que irrumpió en la escena nacional con una campaña que parecía imposible. La he visto resistir el acoso de la derecha, las dudas del establishment demócrata y, lo más difícil, las críticas desde la propia izquierda que la acusa de no ser lo suficientemente pura. En este tiempo, he aprendido algo: usted no es fácil de encasillar. Y eso, que desconcierta a sus adversarios, también confunde a algunos de sus compañeros de ruta.

Esta carta no es una crítica ni un elogio. Es un intento de poner en orden algunas preguntas que circulan en los márgenes y que, si no se aclaran, terminan debilitando lo que usted está construyendo. Las hago desde el sur, desde un continente donde la izquierda aprendió —a veces a golpes— que la coherencia no es un lujo, sino la condición de posibilidad de cualquier transformación duradera.


I. ¿Es usted anticapitalista?

La respuesta parece simple, pero no lo es. En 2019, usted dijo a The Intercept: “I believe that in a moral, modern, developed society, there is no excuse for anyone in the wealthiest country in the history of the world to be without healthcare, housing, food, or basic dignity. That is not socialism versus capitalism. That is just morality”. Nunca pronunció las palabras “soy anticapitalista” como una declaración programática. Pero en su práctica política —el Green New Deal, la lucha por la sanidad pública, la defensa de los sindicatos, la exigencia de que los impuestos de los ricos financien servicios para los pobres— hay una orientación que, en cualquier otro país, se llamaría anticapitalismo.

La diferencia está en que usted opera dentro del sistema político estadounidense, donde la palabra “socialismo” es un arma arrojadiza y “anticapitalismo” es anatema. Su estrategia ha sido no dejarse atrapar por las etiquetas, sino mostrar en los hechos que es posible gobernar en interés de los trabajadores sin tener que declarar la guerra al mercado. Eso no es tibieza. Es inteligencia política.

El periódico Jacobin, que no es sospechoso de moderación, la ha llamado “la socialista más poderosa de Estados Unidos”. Y el Green New Deal que usted impulsó es, en el fondo, un programa de transformación estructural que afectaría los intereses centrales del capital fósil. Si eso no es anticapitalismo en la práctica, ¿qué lo es?


II. ¿Es usted como Salvador Allende?

La comparación con Allende es tentadora. Ambos llegaron a la política desde movimientos sociales, ambos enfrentaron la hostilidad de las élites, ambos pusieron en el centro de su agenda los derechos de los trabajadores. Pero la diferencia es de fondo.

Allende intentó construir socialismo en un país periférico, con un Estado que controlaba los recursos estratégicos (el cobre) y con una clase obrera organizada que había hecho suyas las banderas de la revolución. Usted intenta transformar el capitalismo desde el corazón del imperio, donde el Estado está capturado por los intereses corporativos, donde la clase obrera está fragmentada y desorganizada, y donde cualquier intento de nacionalizar una industria desataría una reacción en cadena que usted no podría controlar.

Allende podía nacionalizar las minas de cobre porque esas minas eran chilenas y la soberanía nacional era un principio aceptado. Usted no puede nacionalizar Amazon porque Amazon es global y la soberanía popular choca con el poder transnacional del capital. No es que le falte coraje. Es que las condiciones históricas son distintas.

Lo que sí comparten es la convicción de que el cambio no viene desde arriba, sino desde la movilización de los de abajo. Allende ganó porque había una base social organizada que lo apoyaba. Usted ganó su escaño porque hubo un movimiento que creyó que alguien podía hablar por los que no tienen voz. La diferencia está en el alcance. Allende aspiraba al poder ejecutivo con un programa transformador. Usted aspira, por ahora, a construir poder desde el Congreso con un programa reformista. Eso no es una traición. Es una estrategia.


III. ¿Qué piensa sobre Rusia y China? Lo que dijo en Múnich no deja dudas

En la Conferencia de Seguridad de Múnich, usted fue clara sobre Rusia: acusó a Trump de insuficiente compromiso con la guerra contra Rusia, calificó la invasión a Ucrania de “imperialismo”, y rechazó cualquier acuerdo de paz que “recompense la agresión” . Sobre China, cuando le preguntaron si enviaría tropas para defender Taiwán, respondió: “This is, of course, a—uh—a very long-standing policy of the United States. And I think what we are hoping for is that we want to make sure that we never get to that point”. No descartó la opción militar .

Esa posición la sitúa en el consenso bipartidista de Washington sobre Rusia y China: Rusia es el agresor que debe ser derrotado; China es el adversario estratégico al que hay que contener. Usted añade un matiz: critica a Trump por hacerlo mal, no por hacerlo. Su crítica no es al imperialismo estadounidense, sino a la forma errática en que Trump lo ejerce.

Algunos en la izquierda global han criticado esa posición con dureza. World Socialist Web Site la acusó de “respaldar y habilitar al imperialismo estadounidense” . Pero esa crítica, aunque señala una tensión real, ignora que usted opera dentro de un sistema político donde la defensa de la “seguridad nacional” es un lenguaje que hay que usar si se quiere tener influencia. No es hipocresía. Es el terreno en el que se mueve cualquier político de izquierda en Estados Unidos.

La pregunta que queda es si, con el tiempo, usted podrá articular una visión diferente: una política exterior que, sin abandonar la defensa de los trabajadores estadounidenses, sea capaz de criticar también los imperialismos ruso y chino, y de construir alianzas con los movimientos populares del sur global que hoy miran con esperanza a un mundo multipolar. Esa sería una contribución enorme.


IV. La tradición del DSA y la sombra de Shachtman

Usted es miembro del Democratic Socialists of America. Muchos no saben que el DSA fue fundado en 1982 por Michael Harrington, un socialista que venía de la tradición de Max Shachtman . Shachtman fue un dirigente trotskista que rompió con la Cuarta Internacional en 1940 y terminó su carrera como asesor del sindicato AFL-CIO y partidario de la guerra de Vietnam . Su pensamiento, conocido como “shachtmanismo”, sostenía que la Unión Soviética no era una sociedad obrera degenerada sino una “burocracia colectivista” que debía ser combatida en alianza con las potencias occidentales.

Harrington llevó esa lógica al DSA: la organización no sería anticapitalista en el sentido de buscar la abolición del capitalismo, sino “socialista democrática” en el sentido de reformar el capitalismo desde las instituciones democráticas, y en política exterior sería firme defensora de la “seguridad nacional” estadounidense frente a los autoritarismos . En 1984, Harrington declaró: “When I criticize American foreign policy ... I do that in the name of the national security of the United States”. Su cofundador Irving Howe añadió: “And you speak of the national security because you recognize that there is a totalitarian enemy out there which needs to be met” .

Esa es la tradición política en la que usted se formó. No la del trotskismo revolucionario, sino la del “socialismo democrático” que en la práctica es una variante del liberalismo intervencionista. Por eso puede votar a favor del presupuesto militar —que en enero de 2026 superó los 839.000 millones de dólares, con 149 demócratas votando a favor— sin que eso contradiga sus principios . Por eso en Múnich pudo defender la continuación de la guerra en Ucrania y no descartar una guerra con China. Porque en su tradición política, la defensa de la “seguridad nacional” no es contradictoria con el socialismo. Es parte de él.

No es mi tradición. Pero debo reconocer que es la suya. Y que tiene coherencia interna, aunque a muchos en la izquierda del sur nos resulte ajena.


V. Una lección desde el sur: la austeridad de Pepe Mujica

En el sur, un exguerrillero llamado José Mujica llegó a la presidencia de Uruguay después de pasar años en la cárcel bajo la dictadura . Fue fundador del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, una organización guerrillera urbana activa en los años sesenta y setenta . Estuvo 14 años preso, sufrió torturas y aislamiento . Cuando asumió la presidencia en 2010, siguió viviendo en su chacra, manejando su tractor, donando la mayor parte de su salario . No porque fuera un asceta, sino porque entendía que un gobernante que predica la solidaridad no puede vivir como un oligarca.

Usted ha sido criticada por no ser lo suficientemente “austeramente socialista”. Le han señalado que se viste con ropa de diseñador, que usa maquillaje caro, que no renunció a los privilegios del cargo. Yo no comparto esa crítica. Usted viene del Bronx. Trabajó de camarera para ayudar a su familia. Usted sabe lo que es la necesidad. Y sabe que la política no se hace con harapos, sino con poder.

Pero la lección de Mujica no es sobre la ropa. Es sobre la credibilidad. En el sur, los líderes populares cuidan su imagen simbólica con un celo que a veces roza lo obsesivo. Saben que el enemigo usará cualquier señal de distancia con la vida de los trabajadores para desacreditarlos. Y saben que un pueblo que sufre no perdona que sus representantes vivan como los que los oprimen.

Usted no tiene por qué vivir en una chacra ni manejar un tractor. Pero tiene que saber que sus adversarios usarán cualquier desliz para desacreditarla. Y en eso, tal vez, haya algo que aprender del viejo Pepe. No sobre la austeridad como virtud moral, sino sobre la coherencia como herramienta política.


VI. Lo que está en juego para usted

Usted ha construido un capital político que pocos en este país tienen. Ha logrado que ideas como el Green New Deal, la sanidad universal y la educación gratuita sean parte del debate nacional. Ha demostrado que se puede ser de izquierda sin ser dogmática, que se puede tener principios sin ser ingenua, que se puede hablar en la boca del lobo sin temblar.

Pero también enfrenta una tensión que la izquierda estadounidense no ha resuelto: cómo ser anticapitalista en lo doméstico sin caer en el intervencionismo imperial en lo internacional. Cómo criticar el poder corporativo dentro de Estados Unidos mientras se legitima la proyección de poder del mismo Estado que defiende a esas corporaciones. Cómo construir alianzas con los movimientos populares del sur global sin tener que justificar las guerras que el norte libra en su nombre.

En Múnich, usted dijo algo que puede ser la semilla de una salida: “In a rules-based order, rules for whom? Because for too long, the rules only applied to the United States, Europe and their allies, and we made exceptions for the Global South” . Esa frase reconoce que el orden actual es injusto. El paso siguiente es preguntarse: ¿Cómo construir un orden diferente? ¿Uno donde los trabajadores de todos los países, no solo los de Estados Unidos, tengan voz y voto?

Si logra articular esa visión, si logra tender un puente entre la lucha por la justicia social en casa y la lucha por un mundo multipolar que respete la soberanía de los pueblos, entonces será no solo una gran política. Será una estadista. Será lo que la izquierda estadounidense ha necesitado durante décadas.

Y desde el sur, desde la otra punta del mundo, un viejo guerrillero que ya no empuña un fusil, pero sigue luchando con las palabras, la mirará con orgullo.

Con el afecto de quien aprende cada día,


Juan Prim

*22 de marzo de 2026*

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