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Segunda Carta

 Segunda carta a la congresista Alexandria Ocasio-Cortez

Sobre cómo defender a los trabajadores estadounidenses sin convertirse en peón de Moscú ni en comparsa de Pekín


Estimada congresista:

Mi primera carta le ofreció cinco opciones para construir una política exterior que pudiera defender ante el electorado sin romper las alianzas que está tejiendo dentro del Partido Demócrata. Esa carta fue leída, según me dicen, con atención. Y también con una pregunta que ahora, según me dicen, formularían sus colaboradores: ¿no es acaso todo esto demasiado preocupado por no ofender a China o a Rusia? ¿No corremos el riesgo de que, al criticar a Trump, terminemos abrazando a los adversarios de Trump sin que eso beneficie en nada al pueblo trabajador de Estados Unidos?

La pregunta es justa. Y merece una respuesta igualmente justa.

Permítame entonces una segunda carta. No para repetir lo ya dicho, sino para profundizar en lo que significa realmente construir una política exterior que tenga como brújula los intereses del trabajador estadounidense, no las agendas de las potencias rivales. Porque la izquierda ha caído demasiadas veces en la trampa de pensar que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. No lo es. El pueblo de Estados Unidos no tiene amigos en Beijing ni en Moscú. Tiene intereses. Y esos intereses deben ser la única guía.

Agregaré tres opciones más a las cinco que ya le presenté. Pero antes, permítame aclarar algo que en la primera carta quedó implícito y que ahora debe ser explícito: la política exterior que propongo no es una política de alineamiento con China ni con Rusia. Es una política de alineamiento con los trabajadores estadounidenses. Si coincide con los intereses de Pekín en algunos puntos, que así sea. Si coincide con los de Moscú en otros, también. Pero si en algún punto esos intereses divergen —y divergen con frecuencia—, la brújula apunta siempre al mismo lugar: el bolsillo, la salud, la seguridad, el futuro de la familia trabajadora en Estados Unidos.


I. LA TRAMPA DE LAS ALIANZAS AUTOMÁTICAS

Antes de desarrollar las tres nuevas opciones, es necesario desmontar una idea que circula en los márgenes de la izquierda estadounidense y que, si no se enfrenta, terminará debilitando cualquier intento de construir una política exterior alternativa.

La idea es la siguiente: puesto que Trump ha declarado a China y Rusia como sus principales adversarios, la izquierda debe alinearse con China y Rusia. No es un argumento que usted haya hecho explícitamente, pero es un argumento que se escucha en los círculos progresistas, y sus adversarios lo usarán para etiquetarla si no lo desmiente con claridad.

Permítame ser directo: China no es una democracia. China no respeta los derechos sindicales. China subsidia sus industrias de manera que compite deslealmente con los trabajadores estadounidenses. China reprime a sus propias minorías. China ejerce presión sobre sus vecinos. China no es un socio confiable para un gobierno que quiera defender a los trabajadores de Estados Unidos.

Rusia, por su parte, es una cleptocracia petrolera que invade a sus vecinos, financia campañas de desinformación contra nuestras elecciones, y cuyo modelo económico es el saqueo de los recursos públicos en beneficio de unos pocos oligarcas. No hay nada en el modelo ruso que merezca la solidaridad de la izquierda estadounidense.

Ahora bien: que China y Rusia sean malos socios no significa que la política de Trump hacia ellos sea correcta. La política de Trump hacia China —aranceles caóticos, amenazas militares, retórica de Guerra Fría— ha perjudicado a los trabajadores estadounidenses al encarecer los productos importados y alentar la inflación. La política de Trump hacia Rusia —que no es tal, porque el presidente ha mostrado una deferencia inexplicable hacia Putin— ha sido igualmente errática.

Lo que la izquierda necesita no es alinearse con Beijing o Moscú. Lo que necesita es una política exterior que sirva a los trabajadores de Estados Unidos. Y esa política, en muchos puntos, coincidirá con intereses chinos o rusos —China también quiere estabilidad en el Golfo, Rusia también quiere vender su petróleo— pero la coincidencia no debe confundirse con alianza. La brújula apunta siempre al mismo lugar: el pueblo trabajador de este país.

Dicho esto, vayamos a las tres nuevas opciones.


II. OPCIÓN SEIS: LA PRODUCCIÓN ESTRATÉGICA EN CASA

El principio: La seguridad nacional no se garantiza con portaaviones estacionados en el Golfo. Se garantiza con la capacidad de producir en Estados Unidos lo que los estadounidenses necesitan.

La propuesta concreta: La guerra en Ucrania y ahora en Irán han demostrado algo que los estrategas militares ya sabían pero que los políticos han ignorado: Estados Unidos ha perdido la capacidad de producir las municiones que necesita. Los misiles Patriot se agotan, los sistemas THAAD no pueden reemplazarse al ritmo que la guerra exige, y los contratistas de defensa tardan años en reactivar líneas de producción que cerraron hace una década.

Esto no es solo un problema militar. Es un problema de empleo y de soberanía. Por cada misil que compramos a un contratista extranjero —o a un contratista nacional que produce fuera— estamos exportando empleos que podrían estar en Ohio, en Pensilvania, en Texas. Por cada dólar que gastamos en bombardeos, estamos dejando de gastar en fábricas.

Usted puede proponer una Ley de Producción Estratégica con dos componentes. Primero: todo gasto militar en municiones, vehículos, sistemas de armas debe priorizar la producción nacional, con requisitos de contenido local que garanticen que los empleos se queden en Estados Unidos. Segundo: los contratos de defensa deben incluir cláusulas de reinversión comunitaria, de modo que una parte de los beneficios se destine a las comunidades donde se ubican las fábricas —escuelas, hospitales, infraestructura.

Cómo se defiende ante el votante: “Cuando el gobierno gasta 200.000 millones de dólares en una guerra, ese dinero sale de sus bolsillos. Mi pregunta es: ¿dónde se fabrican los misiles que compramos con ese dinero? ¿En Ohio o en Corea del Sur? ¿Los empleos se quedan en Pensilvania o se van a Singapur? Yo quiero que cada dólar que gastamos en defensa sea también un dólar que construye comunidades aquí, en Estados Unidos. Que cuando un trabajador de Ohio fabrique un misil, sepa que ese trabajo no solo protege su país, sino que también protege su escuela, su hospital, el futuro de sus hijos.”

Cómo se alinea con sus aliados demócratas: Esta propuesta es un sueño hecho realidad para los demócratas de los estados industriales. Sherrod Brown en Ohio, Bob Casey en Pensilvania, Debbie Stabenow en Michigan —todos ellos han pasado años luchando por políticas de contenido local en la manufactura. Usted puede presentar esto como una alianza entre la izquierda que quiere reducir el gasto militar y los moderados que quieren proteger empleos industriales. No es una concesión a los halcones de la defensa. Es una forma de decir: “si vamos a tener un complejo militar-industrial, al menos que beneficie a los trabajadores, no solo a los accionistas.”

Por qué funciona: Porque cambia la conversación sobre el gasto militar. No se trata de si gastamos mucho o poco. Se trata de cómo gastamos. El votante de clase trabajadora en Ohio no quiere que desarmemos a Estados Unidos. Quiere que el dinero que se gasta en defensa vuelva a su comunidad. Usted puede darle eso sin sacrificar sus principios pacifistas. Y al hacerlo, construye un puente con el votante que los republicanos han dado por suyo durante décadas.


III. OPCIÓN SIETE: EL ESCUDO ENERGÉTICO PARA LOS TRABAJADORES

El principio: Los precios de la energía no deben estar sujetos a los vaivenes de las guerras en Oriente Medio. El gobierno debe proteger a los consumidores de esos vaivenes.

La propuesta concreta: Esta guerra ha demostrado algo que ya sabíamos desde 1973: cuando el estrecho de Ormuz se cierra, los precios del petróleo se disparan, y los trabajadores estadounidenses pagan el precio en la bomba. Trump ha respondido con medidas de emergencia: liberación de reservas estratégicas, suspensión de la Ley Jones, flexibilización de sanciones a Venezuela. Pero son parches, no soluciones estructurales.

Usted puede proponer un Escudo Energético para los Trabajadores que establezca un mecanismo permanente de estabilización de precios. La idea es simple: cuando el precio internacional del petróleo supere un umbral determinado —digamos, 80 dólares por barril— el gobierno federal activa un subsidio directo a los consumidores, financiado con un impuesto a las ganancias extraordinarias de las petroleras. Cuando el precio cae por debajo de ese umbral, el subsidio se desactiva.

No es un subsidio generalizado a los combustibles fósiles. Es un mecanismo de protección para los trabajadores que necesitan llenar el tanque para ir a trabajar, para los agricultores que necesitan diésel para cosechar, para las familias que necesitan calefacción en invierno. Y se financia con lo que las propias petroleras ganan cuando los precios se disparan.

Cómo se defiende ante el votante: “Cuando los precios del petróleo suben porque hay una guerra al otro lado del mundo, las petroleras hacen dinero a espuertas. ¿Saben cuánto ganó Exxon en el último trimestre? 25.000 millones de dólares. Mientras ustedes pagaban 4 dólares por galón, ellas batían récords de ganancias. Yo quiero que parte de esas ganancias vuelva a sus bolsillos. No es caridad. Es sentido común: cuando los precios suben, el gobierno les devuelve el dinero que las petroleras les están quitando.”

Cómo se alinea con sus aliados demócratas: Esta propuesta tiene el potencial de unir a todo el Partido Demócrata. Los progresistas la apoyarán porque grava a las grandes petroleras. Los moderados la apoyarán porque protege a los consumidores. Y los demócratas de estados productores de petróleo —Texas, Luisiana, Alaska— la apoyarán porque no es un impuesto a la producción, es un impuesto a las ganancias extraordinarias, que solo se activa cuando los precios son altos. No mata empleos, solo grava beneficios excesivos.

Por qué funciona: Porque responde a una necesidad inmediata del votante: el precio de la gasolina. Y lo hace de una manera que no es anticrecimiento ni antipetróleo, sino simplemente justa. Las petroleras ganan dinero cuando los precios suben. Los trabajadores pierden dinero cuando los precios suben. Este mecanismo redistribuye parte de esa ganancia inesperada hacia quienes más la necesitan. Es capitalismo con un límite. Es lo que países como Brasil —que acaba de gravar sus exportaciones para subsidiar el diésel— ya están haciendo. Estados Unidos puede hacerlo también.


IV. OPCIÓN OCHO: EL TRATADO DE NO AGRESIÓN COMERCIAL

El principio: Los trabajadores estadounidenses no deberían pagar el precio de las guerras comerciales que deciden los políticos en Washington.

La propuesta concreta: La guerra comercial con China que inició Trump en su primer mandato y que Biden mantuvo ha costado a las familias estadounidenses cientos de dólares al año en productos más caros. Los aranceles no han traído de vuelta los empleos manufactureros. Lo que han traído es inflación y pérdida de mercados para los agricultores del Medio Oeste.

Pero la guerra comercial con China no es el único problema. Trump ha amenazado con aranceles a México, a Canadá, a la Unión Europea. Cada amenaza genera incertidumbre, y la incertidumbre encarece el crédito y frena la inversión. Los trabajadores pagan ese costo también.

Usted puede proponer un Tratado de No Agresión Comercial con dos componentes. Primero: ningún presidente puede imponer aranceles generalizados sin la aprobación del Congreso, a menos que se demuestre una amenaza inmediata a la seguridad nacional. Segundo: se establece un proceso de revisión periódica de los aranceles existentes, con audiencias públicas donde los trabajadores, los agricultores y los pequeños empresarios puedan presentar evidencia del daño que los aranceles les están causando.

No es un tratado de libre comercio. Es un tratado contra la guerra comercial. Reconoce que el comercio internacional es necesario, que los trabajadores estadounidenses pueden competir si las reglas son justas, pero que los aranceles indiscriminados solo sirven para proteger a las industrias que no pueden competir y para encarecer la vida de quienes menos pueden pagarlo.

Cómo se defiende ante el votante: “¿Saben quién paga los aranceles que Trump impone a China? Ustedes. Cuando él pone un arancel a los productos chinos, las empresas chinas no pagan ese impuesto. Lo pagan los importadores estadounidenses, y los importadores se lo trasladan a ustedes en forma de precios más altos. Así que el resultado es que ustedes pagan más por la ropa, más por los electrodomésticos, más por todo lo que viene de China. Y los empleos manufactureros no vuelven. Yo quiero que cuando el gobierno quiera iniciar una guerra comercial, tenga que demostrarle al Congreso que esa guerra va a traer beneficios concretos a los trabajadores, no solo a los políticos que quieren mostrarse duros con China.”

Cómo se alinea con sus aliados demócratas: Esta propuesta divide al Partido Demócrata si se presenta como una defensa del libre comercio. Pero si se presenta como una defensa de los trabajadores contra los aranceles que encarecen sus vidas, puede unir a progresistas y moderados. Los progresistas han criticado durante años los acuerdos de libre comercio que destruyeron empleos. Pero también han visto cómo los aranceles de Trump no han traído de vuelta esos empleos. El punto no es estar a favor o en contra del comercio. Es estar a favor de los trabajadores. Y los trabajadores necesitan reglas claras, no guerras comerciales improvisadas.

Por qué funciona: Porque responde a una realidad económica que los votantes de clase trabajadora conocen bien: los precios suben, pero los salarios no. Los aranceles son una de las razones. Usted puede decir: “vamos a poner fin a la locura de los aranceles improvisados. Vamos a recuperar el control del Congreso sobre la política comercial. Y vamos a usar ese control para asegurarnos de que cualquier acuerdo comercial beneficie a los trabajadores, no solo a las corporaciones.” Eso es popular en cualquier distrito electoral de Estados Unidos.


V. CÓMO ESTAS OCHO OPCIONES FORMAN UN PROGRAMA

Las ocho opciones que he esbozado —tres nuevas más las cinco anteriores— no son una lista de buenas intenciones. Son un programa coherente. Permítame mostrárselo.

Opción Uno: Doctrina de No Repetición. Impide que futuros presidentes nos arrastren a guerras basadas en etiquetas y mentiras. Protege a los trabajadores de ser enviados a guerras que no necesitamos.

Opción Dos: Alianza Energética con América Latina. Asegura el suministro energético de Estados Unidos sin bombardear Oriente Medio. Beneficia a los trabajadores al estabilizar los precios de la gasolina.

Opción Tres: Reconfiguración de la Relación con China. Permite competir con China desde la fortaleza, no desde el miedo. Invierte en ciencia, tecnología e industria estadounidense, no en aranceles que encarecen la vida.

Opción Cuatro: Nuevo Consenso sobre el Orden Internacional. Reforma las reglas globales para que beneficien también al Sur Global, pero sin abandonar el liderazgo estadounidense. Recupera la confianza perdida sin incurrir en los costos del unilateralismo.

Opción Cinco: Reorientación del Gasto Militar hacia la Defensa de los Trabajadores. Condiciona el gasto en guerras al gasto en escuelas, hospitales e infraestructura. Traduce la oposición a la guerra en beneficios concretos.

Opción Seis: Producción Estratégica en Casa. Asegura que los empleos de defensa se queden en Estados Unidos y que las comunidades donde se ubican las fábricas reciban su parte justa. Construye poder industrial mientras se construye seguridad nacional.

Opción Siete: Escudo Energético para los Trabajadores. Protege a los consumidores de los vaivenes del precio del petróleo. Grava las ganancias extraordinarias de las petroleras para devolver ese dinero a las familias trabajadoras.

Opción Ocho: Tratado de No Agresión Comercial. Pone fin a las guerras comerciales improvisadas. Recupera el control del Congreso sobre la política comercial. Asegura que los acuerdos comerciales beneficien a los trabajadores, no solo a las corporaciones.

En conjunto, estas ocho opciones forman un programa que responde a una pregunta central: ¿cómo defendemos los intereses de los trabajadores estadounidenses en un mundo donde Estados Unidos ya no es la única potencia, pero sigue siendo una potencia con la capacidad de moldear las reglas?

No es un programa aislacionista. No propone que nos retiremos del mundo. Propone que nos involucremos de manera inteligente, con una brújula que apunta siempre al mismo lugar: el bienestar de las familias trabajadoras.

No es un programa alineado con China o Rusia. No propone que abracemos a los adversarios de Trump. Propone que definamos nuestros propios intereses y actuemos en consecuencia, sin pedir permiso ni a Pekín ni a Moscú.

No es un programa que ignore las realidades del poder. Propone construir poder —poder económico, poder industrial, poder diplomático— para que Estados Unidos pueda competir en el siglo XXI desde la fortaleza, no desde la nostalgia de un mundo que ya no existe.


VI. POR QUÉ ESTE PROGRAMA ES EL ÚNICO CAMINO PARA LA IZQUIERDA

Congresista, permítame serle franco. La izquierda estadounidense ha tenido, históricamente, un problema con la política exterior. Ha oscilado entre el aislacionismo —“no nos metamos en guerras ajenas”— y el antiimperialismo —“denunciemos las guerras de Estados Unidos”. Ambas son posiciones legítimas. Pero ninguna, por sí sola, construye una alternativa.

El aislacionismo, en el mundo de 2026, es una ilusión. No podemos retirarnos del mundo sin que otros ocupen el espacio que dejamos. China ya está en Brasil. Rusia ya está en Cuba. Si nos retiramos, no creamos un vacío. Creamos un espacio que otros llenan.

El antiimperialismo, por sí solo, es una postura moral, no una política. Podemos denunciar las guerras de Estados Unidos. Pero si no ofrecemos una alternativa, si no decimos qué debería hacer Estados Unidos en lugar de bombardear, entonces nuestra crítica se convierte en un gesto, no en un programa.

Lo que usted necesita es algo que no ha existido en la política estadounidense desde hace décadas: una política exterior progresista que sea a la vez realista y transformadora. Que reconozca que Estados Unidos sigue siendo una potencia con capacidades únicas, pero que esas capacidades deben usarse para proteger a los trabajadores, no para enriquecer a los contratistas de defensa. Que reconozca que China es un competidor, pero que la forma de competir no es con aranceles que encarecen la vida de los trabajadores, sino con inversión en nuestra propia industria, ciencia y tecnología. Que reconozca que Rusia es un adversario, pero que la forma de enfrentarlo no es con guerras que nos desangran, sino con alianzas que nos fortalecen.

Las ocho opciones que le he presentado son un intento de construir esa política. No son las únicas posibles. Pero son un comienzo.


VII. LO QUE ESTÁ EN JUEGO

Mientras escribo esto, el 21 de marzo de 2026, el precio del petróleo está en 112 dólares. La gasolina en algunos estados de Estados Unidos ha superado los 4 dólares por galón. Los fertilizantes se han disparado, y la crisis alimentaria golpea a los países más pobres. Las reservas de misiles de Estados Unidos se están agotando. Los aliados en el Golfo miran hacia otro lado. Europa no quiere sumarse a la coalición. China libera un millón de barriles diarios de sus reservas. Rusia envía petróleo a Cuba. México busca rutas alternativas. Brasil grava sus exportaciones.

En medio de todo esto, el Congreso de Estados Unidos ha votado una resolución que reafirma a Irán como el principal patrocinador estatal del terrorismo. Usted votó en contra. Fue el voto correcto. Pero el voto correcto no es suficiente.

Los trabajadores estadounidenses no le preguntarán en noviembre si votó contra la resolución. Le preguntarán si tiene un plan para bajar el precio de la gasolina. Le preguntarán si tiene un plan para que sus hijos no tengan que ir a una guerra en Oriente Medio. Le preguntarán si tiene un plan para que los empleos manufactureros vuelvan a Ohio y a Pensilvania.

Usted puede responder a esas preguntas. Las ocho opciones que le he presentado son la respuesta.

No son la respuesta que le daría un halcón republicano. No son la respuesta que le daría un aislacionista de izquierda. Son la respuesta que le daría alguien que entiende que la política exterior no es un ejercicio de pureza moral, sino una herramienta para proteger los intereses de los trabajadores.

Y en eso, congresista, usted puede ser la líder que el Partido Demócrata necesita. No la líder que denuncia sin construir. No la líder que se alinea con los adversarios de Trump sin preguntarse si esos adversarios sirven a los trabajadores de Estados Unidos. La líder que construye una alternativa real, una alternativa que pueda ser implementada, que pueda ser defendida, que pueda ser sostenida.


VIII. UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN

Le escribo desde la otra punta del mundo, desde un lugar donde he visto guerras de cerca, donde he visto cómo las decisiones que se toman en Washington afectan la vida de personas que nunca votaron en una elección estadounidense. También he visto cómo las decisiones que se toman en Washington afectan la vida de los propios estadounidenses.

La guerra en Irán no va a terminar con una victoria decisiva. Va a terminar cuando los que la decidieron se cansen de pagar su precio. Y ese momento, en esta guerra, todavía no ha llegado.

Cuando llegue, Estados Unidos estará más empobrecido, más dividido, más aislado. Los trabajadores estadounidenses habrán pagado el precio de una guerra que no pidieron. Y la pregunta que quedará en el aire será: ¿quién tenía una alternativa?

Usted puede tener esa alternativa. No espere a que la guerra termine para construirla. Construya ahora, con la claridad que exige el momento. Construya con sus aliados dentro del Partido Demócrata, con los trabajadores que la eligieron, con los votantes que necesitan ver que hay una forma diferente de hacer política exterior.

Las ocho opciones que le he presentado son un mapa. No es el único mapa. Pero es un mapa que puede guiarla. Use lo que le sirva, descarte lo que no, modifique lo que necesite modificar. Pero tenga un mapa. Porque el mundo no espera. Y los indecisos, como Trotsky sabía, no sirven para nada.

Usted no es indecisa. Ha demostrado valentía en cada voto, en cada respaldo, en cada intervención. Ahora demuestre también visión estratégica. Construya la política exterior que los trabajadores estadounidenses merecen. No la que le ofrecen los republicanos —guerras interminables, gasolina cara, empleos que no vuelven— ni la que le ofrecería una izquierda ingenua que confunde el antiimperialismo con el alineamiento automático con Beijing o Moscú. Construya la suya propia.

Con el respeto de quien observa desde la otra punta del mundo,


Juan Prim


*22 de marzo de 2026*

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