Tercera carta a la congresista Alexandria Ocasio-Cortez
Sobre el arte de nadar en aguas que no son nuestras
Estimada congresista:
Mis dos cartas anteriores fueron recibidas con la atención que usted presta a las ideas que incomodan. En la primera le ofrecí cinco opciones para construir una política exterior centrada en los trabajadores estadounidenses. En la segunda agregué tres más y abordé la cuestión de cómo criticar a los regímenes autoritarios sin caer en el macartismo. Ambas fueron escritas desde el respeto, pero también desde una cierta distancia —la distancia de quien observa desde la otra punta del mundo.
Esta tercera carta quiere ser diferente. No para corregir lo dicho, sino para profundizar en algo que quedó apenas esbozado y que, creo, es central para entender lo que está ocurriendo mientras escribimos. Me refiero a la paradoja que enfrenta cualquier izquierdista serio hoy: el principal beneficiario de las políticas criminales de Trump no es China, ni Irán, ni siquiera el complejo militar-industrial. Es Rusia.
Y sin embargo, hablar de esto es difícil. Porque la izquierda estadounidense tiene una memoria larga de persecución, y el fantasma del macartismo ronda cada vez que alguien menciona a Moscú con una crítica. Pero callar también tiene un costo. Y ese costo, hoy, lo pagan los trabajadores.
Permítame entonces ser concreto. Con argumentos. Con datos. Con la claridad que exige el momento.
I. El beneficiario silencioso
El 28 de febrero de 2026, cuando Trump ordenó los primeros bombardeos sobre Irán, el precio del petróleo Brent estaba por debajo de los 75 dólares por barril. El 21 de marzo, después de tres semanas de guerra, el Brent cerró en 112 dólares. Un aumento del 53% en menos de un mes.
¿Quién se ha beneficiado de ese aumento? No Estados Unidos, que importa petróleo y cuyos ciudadanos pagan hoy 4 dólares por galón. No Europa, cuya factura energética se ha disparado un 24% solo en gas. No los países del Golfo, cuyas infraestructuras están siendo bombardeadas. El principal beneficiario es Rusia.
El presupuesto ruso para 2026 se calculó con un precio del petróleo Urals de 59 dólares por barril. Hoy, con el Brent por encima de 110, el crudo ruso supera los 70. Cada barril que sale de los puertos rusos —por el Báltico, por el Pacífico, por el Mar Negro— genera ingresos que no estaban previstos. Ingresos que financian la guerra en Ucrania. Ingresos que mantienen a flote una economía que hace un año muchos daban por colapsada.
El presidente del Consejo Europeo, António Costa, lo dijo con una honestidad que debería resonar en cada rincón del Congreso estadounidense: "Hasta ahora, solo hay un ganador en esta guerra: Rusia". No es propaganda. Es constatación.
Y aquí está la paradoja que debería preocupar a cualquier izquierdista: Trump, el gran anticomunista, el que prometió poner a Rusia en su lugar, ha hecho más por las arcas del Kremlin que cualquier política rusa de los últimos veinte años. No porque sea un agente de Putin, sino porque su incompetencia estratégica —su creencia de que se puede ganar una guerra sin contar sus costos— ha producido exactamente el resultado que Moscú esperaba.
II. Lo que Moscú ha ganado (y lo que ha perdido la izquierda)
Mientras Washington se desangra en el Golfo, Rusia ha cosechado beneficios en al menos cuatro frentes.
Primero: el petróleo. Ya lo he dicho. Pero es necesario repetirlo porque la magnitud es difícil de asimilar: el aumento del precio del crudo desde el inicio de la guerra le ha dado a Rusia ingresos extraordinarios por valor de decenas de miles de millones de dólares. Ese dinero no va a escuelas rusas ni a hospitales. Va a financiar la guerra contra Ucrania. Va a sostener un régimen que ha hecho de la represión su principal herramienta de gobierno.
Segundo: la distracción. Ucrania ha dejado de ser noticia. Las conversaciones de paz patrocinadas por Estados Unidos están en un "terreno peligroso" y los contactos se han pospuesto sin fecha. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lo admitió sin disimulo: "Ha aparecido una pausa en las negociaciones. Los estadounidenses tienen otras prioridades". Esa pausa ha permitido a Rusia reorganizar sus fuerzas, lanzar nuevas ofensivas, y consolidar las posiciones ganadas. Mientras tanto, los sistemas Patriot que Ucrania necesita desesperadamente están siendo redirigidos hacia los aliados del Golfo.
Tercero: la influencia diplomática. Putin ha hablado en los últimos días con los presidentes de Irán, Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, el emir de Catar, el príncipe heredero de Arabia Saudí, el rey de Baréin. Mientras otros se bombardean, él se ofrece como mediador. Mientras otros queman sus reservas, él acumula capital político. Y cuando la guerra termine —y terminará—, será Moscú quien tenga los canales abiertos con todos los actores.
Cuarto: la geopolítica energética. Mientras Estados Unidos se enreda en el Golfo, Rusia ha estado fortaleciendo su presencia en el Caribe. Los buques rusos atracan en Matanzas, Cuba, con petróleo que mantiene a flote la isla. El gobierno de Trump ha advertido que Cuba no puede recibir ese petróleo. Pero los buques están en el agua. Y Cuba sigue respirando. Petróleo ruso a Cuba es la contracara del petróleo venezolano a Estados Unidos. Mientras Washington se jacta de haber capturado a Maduro y controlado las cuentas de PDVSA, Moscú le está diciendo a La Habana: "nosotros no te abandonamos".
Todo esto es material para un análisis de izquierda. No porque la izquierda deba ser antirrusa —sería absurdo— sino porque la izquierda debe ser antiimperialista. Y el imperialismo no es solo el de Washington. Es también el de Moscú cuando invade a sus vecinos. Es también el de Beijing cuando reprime a sus minorías. La coherencia exige que la izquierda critique todo imperialismo, no solo el que le resulta cómodo criticar.
III. La dificultad de decir esto en Washington
Usted sabe mejor que yo que decir esto en el Congreso no es sencillo. Porque la derecha ha hecho de la crítica a Rusia un arma para justificar su propio militarismo. Porque el macartismo sigue siendo una sombra que se proyecta sobre cualquier análisis que no sea acríticamente anti-Putin. Porque hay una larga tradición en este país de confundir el antiimperialismo con la defensa acrítica de cualquier régimen que se enfrente a Estados Unidos.
Pero usted no es una política convencional. Ha demostrado que puede hablar en la boca del lobo sin temblar. Que puede denunciar el genocidio en Gaza cuando era políticamente costoso hacerlo. Que puede votar contra la guerra en Irán cuando la mayoría prefería no mojarse. Por eso creo que también puede hacer esta distinción: criticar a Rusia no es alinearse con los halcones de Washington; es defender a los trabajadores ucranianos que están siendo bombardeados, a los trabajadores rusos que están siendo empobrecidos por una guerra que no pidieron, a la idea de que la izquierda no tiene patria en los autoritarismos.
La diferencia entre el macartismo y la crítica honesta está en la intención y en el contexto. El macartismo buscaba destruir a la izquierda estadounidense. La crítica honesta busca fortalecerla, haciéndola más coherente, más capaz de defender a los trabajadores sin importar dónde estén. Usted sabe distinguir una cosa de la otra. Por eso no tengo miedo de decirle esto.
IV. Lo que la izquierda pierde cuando calla
Hay un silencio en la izquierda estadounidense sobre Rusia que no es inocente. Es el silencio de quienes no quieren darle armas a la derecha, y en ese afán terminan dando armas a la autocracia. Porque cada vez que la izquierda calla sobre los crímenes del Kremlin, está diciendo, sin decirlo, que la coherencia no importa. Que los principios se aplican según la conveniencia geopolítica. Que los trabajadores ucranianos son menos importantes que la necesidad de no parecerse a McCarthy.
Ese silencio tiene un costo. Lo están pagando los ucranianos que reciben bombas mientras la atención se desvía hacia el Golfo. Lo están pagando los trabajadores rusos que ven cómo su país se empobrece en una guerra que no pidieron. Lo está pagando la izquierda misma, que pierde credibilidad cuando se la ve aplicar un doble estándar.
Usted no ha caído en ese silencio. En 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, fue de las primeras en condenar la agresión. En 2023, cuando la guerra se prolongaba, votó a favor de la ayuda humanitaria y contra las escaladas militares. Ese equilibrio —condenar la agresión sin abrazar la lógica de la OTAN— es exactamente lo que la izquierda necesita. No más. No menos.
Lo que le pido ahora es que aplique ese mismo equilibrio al análisis de la guerra actual. Que señale, con la misma claridad con que denuncia los bombardeos de Israel sobre Gaza, cómo Rusia está cosechando los frutos de la guerra que Trump inició. Que no tenga miedo de decir que el principal beneficiario de las políticas criminales de Trump es Putin. Porque eso es verdad. Y porque decirlo no la convierte en halcón. La convierte en coherente.
V. Una nota desde el sur
Usted sabe que le escribo desde Latinoamérica. Desde un continente que ha sido campo de batalla del imperio durante dos siglos. Desde un lugar donde la izquierda aprendió a distinguir entre los amigos y los que solo se hacen pasar por amigos.
Aquí, en el sur, hemos visto cómo Rusia se ha ido metiendo en nuestros asuntos con la excusa de "contrapesar a Estados Unidos". Ha vendido armas a gobiernos autoritarios. Ha financiado campañas de desinformación. Ha establecido alianzas con regímenes que reprimen a sus propios pueblos. Y lo ha hecho en nombre del antiimperialismo.
Nosotros, los que hemos empuñado un fusil contra el imperio, sabemos que el antiimperialismo no es un cheque en blanco. Sabemos que se puede ser antiimperialista sin ser autoritario. Que se puede defender la soberanía de los pueblos sin justificar la represión. Que se puede tener una política exterior coherente sin tener que elegir entre alinearse con Washington o alinearse con Beijing.
Usted ha demostrado que entiende esto. Por eso muchos en el sur la miramos con esperanza. Porque usted es la prueba de que se puede ser de izquierda en Estados Unidos sin perder la cabeza. Sin caer en el macartismo ni en el silencio cómplice. Sin tener que elegir entre ser antiimperialista o ser demócrata.
VI. Un argumento concreto para el debate
Si alguien le pregunta en una entrevista, en el pleno, en un mitin, por qué critica a Rusia mientras Trump la favorece, tiene una respuesta clara:
"Critico a Rusia porque es un régimen autoritario que invade a sus vecinos y aplasta a sus propios trabajadores. Critico a Trump porque sus políticas han hecho más por las arcas del Kremlin que cualquier cosa que Putin pudiera haber soñado. Una cosa no contradice la otra. La coherencia exige que critiquemos tanto al que bombardea como al que se beneficia de los bombardeos. Y que no dejemos que la derecha nos imponga su agenda, ni que la geopolítica nos haga olvidar nuestros principios."
Esa respuesta no es macartista. No es pro-OTAN. No es una concesión a los halcones. Es, simplemente, la verdad. Y la verdad, aunque incómoda, es lo único que tiene la izquierda cuando las luces se apagan y solo queda la pregunta de si hicimos lo correcto.
VII. Lo que está en juego
Esta guerra no terminará con una victoria decisiva. Terminará cuando los que la iniciaron se cansen de pagar su precio. Y ese momento, en esta guerra, todavía no ha llegado.
Cuando llegue, Estados Unidos estará más empobrecido, más dividido, más aislado. Rusia estará más rica, más influyente, más segura. China habrá consolidado su presencia en el hemisferio occidental. Y los trabajadores de todo el mundo habrán pagado el precio de una guerra que no pidieron.
La pregunta que quedará en el aire no será quién ganó. Será quién tuvo la lucidez de verlo venir. Quién tuvo la valentía de decirlo. Quién tuvo la coherencia de actuar en consecuencia.
Usted puede ser esa persona. No porque sea más inteligente que los demás —aunque lo es— sino porque ha demostrado que no le teme a la verdad. Porque ha demostrado que la coherencia no es un lujo, sino la condición de posibilidad de cualquier política que quiera ser tomada en serio.
Por eso le escribo estas líneas. No para decirle qué hacer. Solo para decirle que lo que está haciendo —esa combinación rara de valentía, inteligencia y principios— es lo único que puede salvar a la izquierda de sí misma. Y que desde el sur, desde la otra punta del mundo, un viejo guerrillero que ya no empuña un fusil pero sigue luchando con las palabras, la observa con respeto y con esperanza.
Con el afecto de quien aprende cada día,
Juan Prim
*22 de marzo de 2026*
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