TROTSKY, BEIJING Y LA INDECISIÓN ESTRATÉGICA
Por qué los indecisos no sirven para nada y China lo ha entendido mejor que nadie
I. LA FRASE QUE PODRÍA HABER ESCRITO EL PENTÁGONO (SI SUPIERA LEER)
El 18 de octubre de 1919, cuando el Ejército Blanco del general Yudenich avanzaba sobre Petrogrado y la Revolución Rusa pendía de un hilo, León Trotsky pronunció en la ciudad sitiada unas palabras que deberían estar grabadas en las paredes de todos los cuarteles generales del mundo. No hablaba de teoría marxista ni de la dictadura del proletariado. Hablaba de algo mucho más elemental: la voluntad de actuar cuando las circunstancias lo exigen.
"Un comandante sin fuerza de voluntad, sin energía, sin ganas de ganar, es sólo un trapo, no un comandante. Un comisario —y, en general, un comunista— que aguanta los temblores en su unidad y se retira pacientemente con ella, no sirve para nada" .
Y añadió, con la brutalidad de quien sabe que la historia no perdona a los tibios:
"La debilidad de voluntad, la flacidez y la pereza de sus líderes inducen inevitablemente a la desmoralización del soldado. Egoísmo, cobardía, egoísmo, levantan la cabeza. Pero la guerra es la guerra. Para la victoria es necesario que el individuo se subordine al todo. Aquellos egoístas que no quieran aceptar esto deben ser obligados por la fuerza bruta a cumplir con su deber" .
Trotsky no era un militar profesional. Era un revolucionario que había aprendido sobre la marcha que el arte de la guerra no se reduce a los mapas y los misiles, sino que se juega en la cabeza de los hombres, en su capacidad para decidir, para arriesgar, para no dudar cuando la duda es la peor de las traiciones. En 1919, Petrogrado se salvó porque el proletariado, después de semanas de pasividad y desconcierto, comprendió que la indecisión era una forma de rendición .
Hoy, 20 de marzo de 2026, con la guerra en Oriente Medio en su vigésimo primer día, con el Estrecho de Ormuz cerrado de facto, con los precios del petróleo en 115 dólares y los misiles cayendo sobre Ras Laffan, la frase de Trotsky resuena con una actualidad que ni él mismo habría podido imaginar. Porque lo que está ocurriendo en Washington, en Tel Aviv, en Riad, en Teherán, en Caracas, es una lección de lo que ocurre cuando los indecisos y los incrédulos toman las riendas del poder.
Y en medio de este panorama de fuego cruzado, una potencia observa, calcula, espera. Esa potencia es China. Y su estrategia, que a los ojos de los occidentales parece pasividad o indecisión, es en realidad la manifestación más perfecta de un principio que Trotsky habría suscrito sin dudar: no se trata de actuar primero, sino de actuar cuando la correlación de fuerzas te es favorable.
II. LOS INDECISOS DEL PENTÁGONO (O CÓMO NO SABER QUÉ GUERRA ESTÁS LIBRANDO)
La Estrategia de Defensa Nacional 2026 que el Pentágono publicó en enero es un documento fascinante porque revela hasta qué punto los estrategas estadounidenses son, hoy, el arquetipo del indeciso que Trotsky describió .
Por un lado, el documento declara que la prioridad absoluta de Estados Unidos es la defensa del territorio nacional y del hemisferio occidental, con especial énfasis en Groenlandia, el Canal de Panamá y el Golfo de México . Por otro lado, mantiene compromisos globales que contradicen esa prioridad. Por un lado, ensalza a Israel como "aliado modelo" porque no pide a Estados Unidos que luche en su nombre . Por otro lado, se ha dejado arrastrar por Israel a una guerra con Irán que ningún estratega había planeado.
Por un lado, reconoce que las reservas de misiles Patriot y THAAD son limitadas, que la base industrial de defensa está agotada, que se necesitan 1,5 billones de dólares para rearmar el país . Por otro lado, ha lanzado la mayor operación militar en Oriente Medio desde la invasión de Irak, gastando interceptores de millones de dólares para derribar drones de treinta mil.
Por un lado, declara que el objetivo no es "dominar a China, ni tampoco estrangularla o humillarla", que se busca una "relación respetuosa" con Pekín . Por otro lado, la Licencia General N°52 que abrió Venezuela a las petroleras estadounidenses incluye una cláusula que prohíbe explícitamente cualquier transacción con entidades vinculadas a China, excluyendo a Pekín de las mayores reservas de petróleo del mundo [cita anterior].
Esta contradicción no es un accidente. Es la manifestación de una indecisión estructural. Estados Unidos quiere reducir sus compromisos globales pero no sabe cómo hacerlo sin perder influencia. Quiere que sus aliados se defiendan solos pero no puede evitar involucrarse cuando esos aliados lo arrastran a sus guerras. Quiere contener a China pero al mismo tiempo le regala el espacio geopolítico que necesita para consolidar su influencia en Asia, África y América Latina.
El resultado es lo que estamos viendo: una guerra en Oriente Medio que nadie sabe cómo terminará, unas reservas estratégicas que se agotan, unos aliados que miran hacia otro lado, y un adversario —China— que observa desde la distancia, sin mover ficha, esperando que la contradicción se resuelva por sí sola en su favor.
III. LA VISIÓN DEL MUNDO QUE TIENE BEIJING: PACIENTES HASTA EL ÚLTIMO MOMENTO
Para entender por qué China no se ha involucrado en la guerra de Oriente Medio, no basta con mirar los mapas militares. Hay que entender la visión del mundo que guía su estrategia. Y esa visión se resume en un principio que los estrategas occidentales, acostumbrados a pensar en términos de dominación inmediata, nunca terminan de comprender: la paciencia estratégica.
China no es una potencia que busca la confrontación directa. No necesita ser la primera en disparar, ni la primera en movilizar tropas, ni la primera en imponer sanciones. Su estrategia es más sutil y, a largo plazo, más efectiva: construir relaciones económicas que hagan que los demás países dependan de ella, y esperar a que las contradicciones de sus adversarios los debiliten por sí solos.
En Oriente Medio, China ha mantenido un perfil bajo durante las primeras tres semanas de la guerra. No ha condenado a Israel, no ha apoyado abiertamente a Irán, no ha enviado barcos de guerra al Golfo. Sus movimientos han sido, para los observadores occidentales, imperceptibles. Pero no son imperceptibles para los actores locales.
China ha seguido comprando petróleo a los países del Golfo —aunque a precios más altos y con rutas más largas—, ha mantenido canales diplomáticos abiertos con Teherán, ha ofrecido su mediación cuando las partes estuvieran dispuestas a sentarse a negociar, y ha observado con paciencia cómo Estados Unidos se desgasta en un conflicto que no puede ganar.
La exclusión de China de Venezuela, que en Washington se celebró como un triunfo diplomático, es vista en Pekín como una oportunidad. Porque China no necesita el petróleo venezolano a cualquier precio; necesita que Estados Unidos se desgaste administrando un protectorado energético en su propio patio trasero mientras Pekín fortalece sus lazos con otros países latinoamericanos. Y en eso, precisamente, está trabajando.
El analista R. Evan Ellis, que ha seguido la presencia china en América Latina durante años, lo resume así: "China no se está retirando de América Latina, se está recalibrando" . Y esa recalibración consiste en esperar a que Estados Unidos, agotado por sus propias contradicciones, deje espacios que Pekín pueda llenar sin necesidad de disparar un solo tiro.
China ha entendido algo que el Pentágono parece haber olvidado: en el siglo XXI, las guerras no se ganan con portaaviones, sino con rutas comerciales, con inversiones, con la capacidad de ofrecer a los países en desarrollo una alternativa a la dominación occidental. Y mientras Estados Unidos gasta sus recursos en bombas y misiles, China construye carreteras, puertos y ferrocarriles.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta, que en Occidente se ridiculizó como un proyecto faraónico, ha demostrado ser un instrumento de poder mucho más efectivo que cualquier portaaviones. Porque los países que dependen de China para su comercio, para su infraestructura, para su desarrollo, no están dispuestos a enfrentarse a Pekín aunque Washington se lo pida. Y eso, en el largo plazo, es una victoria estratégica mucho más sólida que cualquier operación militar.
IV. ¿HAY QUE INVOLUCRARSE EN ÚLTIMO LUGAR? LA PARADOJA DE LA PACIENTE
¿Si se van a involucrar hay que hacerlo en último lugar? La respuesta, desde la perspectiva de Beijing, es un sí rotundo, pero no por las razones que los occidentales suelen imaginar.
China no se involucra en último lugar por indecisión, por miedo, por falta de capacidad. Se involucra en último lugar porque ha entendido que, en un mundo donde las potencias hegemónicas están en declive, el que actúa primero es el que se desgasta primero. El que entra en una guerra es el que pierde recursos, el que quema sus reservas, el que agota a sus tropas. El que espera, en cambio, puede entrar cuando las condiciones le sean favorables, cuando el adversario esté debilitado, cuando los aliados estén desesperados.
Esta estrategia tiene un nombre en la tradición militar china: "esperar a que el enemigo se canse". Sun Tzu lo formuló hace veinticinco siglos: "Los que son expertos en el arte de la guerra someten al ejército enemigo sin lucha. Conquistan la ciudad sin asediarla. Derrocan al enemigo sin operaciones prolongadas". La versión moderna de este principio es la que China está aplicando en Oriente Medio: dejar que Estados Unidos e Israel se desgasten en un conflicto que no pueden ganar, y entrar en escena cuando la correlación de fuerzas les sea favorable.
Pero hay un matiz crucial: involucrarse en último lugar no significa no involucrarse nunca. Significa calcular con precisión el momento en que la intervención puede tener el máximo efecto con el mínimo coste. Y ese momento, para China, no ha llegado todavía.
Cuando los precios del petróleo se disparen aún más, cuando los países del Golfo se sientan abandonados por Washington, cuando Europa esté desesperada por encontrar una salida a la crisis energética, cuando Irán esté dispuesto a negociar, entonces China entrará en escena. No como beligerante, sino como mediador. No con tropas, sino con contratos. No con misiles, sino con rutas comerciales. Y cuando eso ocurra, el mundo verá que la paciencia estratégica de Pekín no era indecisión, sino la forma más refinada de la inteligencia estratégica.
V. EL JUICIO DE TROTSKY SOBRE EL MUNDO DE 2026
Si Trotsky viviera hoy, probablemente miraría el panorama global y reconocería en él los mismos síntomas que diagnosticó en Petrogrado en 1919: indecisión, flacidez, pereza de los líderes, falta de voluntad para actuar cuando la acción es necesaria.
Pero también reconocería algo más: que hay una potencia que ha entendido la lección. Que mientras los indecisos del Pentágono se debaten entre prioridades contradictorias, mientras los incrédulos de Europa esperan que la tormenta pase sin hacer nada, mientras los aliados del Golfo buscan desesperadamente un salvavidas, China observa, calcula, espera.
Y cuando llegue el momento, actuará.
No porque sea más valiente o más poderosa, sino porque ha entendido que el arte de la guerra no consiste en lanzar el primer golpe, sino en golpear cuando el adversario ya no puede responder. No consiste en estar en todas partes a la vez, sino en estar en el lugar correcto en el momento correcto. No consiste en imponer la propia voluntad por la fuerza, sino en construir un mundo donde esa voluntad sea aceptada sin necesidad de imponerla.
Trotsky dijo una vez, en un discurso sobre el hambre en 1918, que "el meollo de la cuestión es que hoy reina el hambre no solo en nuestra Rusia, sino también en todos los países de Europa, sin excepción" . Podría decir lo mismo hoy, pero cambiando "hambre" por "incertidumbre". Y añadiría que en ese mundo de incertidumbre, los indecisos y los incrédulos no sirven para nada.
Los que sirven son aquellos que tienen una visión clara, una estrategia coherente, y la voluntad de esperar el momento preciso para actuar. Esos, hoy, se llaman China.
Y mientras Washington gasta sus últimas reservas en misiles que ya no puede fabricar, Pekín construye las rutas comerciales que dominarán el siglo XXI. Mientras Israel intenta decapitar el régimen iraní, China teje la red de alianzas que hará que Irán, los países del Golfo y Europa dependan de ella. Mientras los indecisos del Pentágono discuten si entrar o salir de la guerra, los estrategas chinos ya están diseñando el mundo que vendrá después.
VI. EPÍLOGO: LA LECCIÓN QUE NADIE APRENDIÓ
El 18 de octubre de 1919, Trotsky escribió en Pravda que Petrogrado se salvaría cuando el proletariado comprendiera que la indecisión era una forma de rendición . Dos días después, el Ejército Rojo lanzó la contraofensiva que desbarató a Yudenich. La ciudad se salvó porque alguien tuvo la voluntad de actuar en el momento justo.
Hoy, 20 de marzo de 2026, mientras los misiles siguen cayendo sobre Ras Laffan y los precios del petróleo siguen subiendo, el mundo espera que alguien actúe. Pero los indecisos del Pentágono no saben qué hacer. Los incrédulos de Europa no se atreven a moverse. Los aliados del Golfo buscan un salvavidas que nadie les lanza.
Y en Beijing, los estrategas observan, calculan, esperan.
No son indecisos. No son incrédulos. Son pacientes.
Y cuando llegue el momento, actuarán.
Entonces, y solo entonces, el mundo entenderá que la mayor fuerza no es la que se exhibe, sino la que se guarda para el momento preciso. Que el arte de la guerra no consiste en lanzar el primer golpe, sino en golpear cuando el adversario ya no puede responder. Que los indecisos y los incrédulos, en efecto, no sirven para nada.
Pero los que saben esperar, sí.
*20 de marzo de 2026*
CODA FINAL
CIERRE DEFINITIVO DE LA TRILOGÍA
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