"Fuimos otra cosa": doble poder, parcelas y la dialéctica pendiente
De Santucho y Ortega Peña a Kicillof y Magario: la revolución como proceso inacabado
1. La pregunta incómoda
¿Qué fuimos en los años setenta? La historiografía oficial, la de los manuales y las comisiones de la verdad, nos ha encasillado en dos grandes compartimentos estancos: montoneros (peronistas, nacionalistas, románticos) y PRT-ERP (marxistas, leninistas, clasistas). Dos tradiciones supuestamente irreconciliables, separadas por el foquismo, la cuestión del peronismo y el lugar de la clase obrera.
Pero esa lectura es falsa. O, al menos, es deliberadamente incompleta.
Porque hubo una tercera cosa. Algo que no se deja atrapar por esas dos etiquetas. Algo que –como alguna vez dijo un viejo militante– ni los jueces ni los historiadores pudieron disolver. Ese "algo" fue la capacidad de articular, en la praxis, dos lógicas aparentemente antagónicas: la construcción de doble poder local desde abajo y la disputa por parcelas de poder dentro del Estado y del movimiento nacional.
Esa síntesis inacabada es la que hoy, medio siglo después, vuelve a aparecer bajo nuevas formas. Y si no la reconocemos, condenamos la memoria a ser museo y la revolución a ser eco.
2. Dos estrategias, una misma guerra
Para entender esa "otra cosa", conviene primero distinguir –sin esquematismo– las dos grandes concepciones estratégicas que convivieron y chocaron en los años setenta.
El doble poder local (Santucho / PRT-ERP)
La propuesta del PRT-ERP, en su formulación más madura, apuntaba a la construcción de poder local en el corazón de la industria y el territorio. No se trataba de "tomar el poder" de un día para el otro, sino de crear islas de poder alternativo –una fábrica, un barrio, un cordón industrial– desde donde la clase obrera ejerciera un gobierno real, enfrentado al Estado burgués y al sindicalismo burocrático.
El ejemplo paradigmático fue Villa Constitución (1974-1975): un polo industrial donde las asambleas obreras, las comisiones de fábrica y la militancia del PRT-ERP lograron disputarle el territorio a la patronal y al aparato sindical. No fue un delirio mesiánico. Fue la aplicación del principio maoísta "de lo simple a lo complejo", de lo pequeño a lo grande. El doble poder local era el eslabón inicial, la célula de una nueva sociedad que debía multiplicarse y extenderse hasta hacer insostenible la autoridad del enemigo.
Las parcelas de poder (Montoneros / Ortega Peña)
Montoneros, por su parte, desarrolló otra intuición estratégica: penetrar las estructuras del Estado y del movimiento peronista para subvertirlas desde adentro. La figura más nítida de esa apuesta fue Rodolfo Ortega Peña.
Ortega Peña fue el único diputado de la izquierda peronista que mantuvo su banca en 1974, cuando la derecha sindical y parapolicial ya había declarado la guerra. No lo hizo por oportunismo ni por ilusionismo parlamentario. Lo hizo porque entendía que el Congreso podía ser una trinchera más: desde allí se podía denunciar, legislar, romper la conspiración del silencio y, sobre todo, dar cobertura política a la lucha armada que se libraba en las calles.
Su famosa frase al jurar –"la sangre derramada no será negociada"– no era un adorno retórico. Era la declaración de principios de un guerrillero que operaba en la superestructura con la misma disciplina con la que otros operaban en la montaña.
3. Pero la realidad fue más compleja: la coordinación efectiva
El error de muchos análisis es suponer que ambas estrategias se desarrollaron en compartimentos estancos. No fue así.
El PRT-ERP y Montoneros coordinaron en los hechos. Hubo desconfianzas, sí. Hubo diferencias teóricas, también. Pero cuando la lucha de clases apretaba, la articulación aparecía.
El dato menos conocido –y más revelador– es que cuando no se ponían de acuerdo, llamaban a Poder Obrero para que terciara. La Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) actuó como bisagra, como mediador objetivo entre las dos grandes fuerzas revolucionarias. Su proyecto OLA (Organización de Liberación Argentina) fue el intento más serio de unificación, aunque llegó tarde –cuando las fuerzas ya estaban diezmadas–.
¿Qué significa esto? Que la dicotomía "Montoneros vs. PRT" es, en buena medida, una construcción posterior –académica, judicial, mediática– que no le hace justicia a la complejidad de la praxis real. En la práctica, fuimos otra cosa: una red de militantes que combinaba la audacia del PRT para la confrontación directa, la capilaridad de Montoneros en el aparato estatal y la cultura popular, y la capacidad de Poder Obrero para anclar todo eso en las luchas concretas de la clase obrera.
4. Ortega Peña como bisagra teórica
Ninguna figura encarna mejor esa síntesis que el propio Rodolfo Ortega Peña. Porque Ortega Peña no fue solo un diputado revolucionario; fue también un estudiante de China, un lector atento del maoísmo, y un puente orgánico con el PRT-ERP.
Él entendió algo que todavía hoy cuesta asimilar: la revolución no es un "afuera" puro ni un "adentro" resignado. Es la articulación dialéctica de ambos movimientos. Se construye poder desde abajo mientras se disputan los resquicios del poder de arriba. Se infiltra el Estado sin creer que el Estado es el horizonte. Se usa la banca sin confundirse con la banca.
Esa lucidez le costó la vida: lo asesinaron en 1975, cuando todavía quedaban meses para el golpe. Pero su legado no desapareció. Simplemente se replegó, esperó, y volvió a emerger cuando las condiciones lo permitieron.
5. ¿Y hoy? La reaparición de la dialéctica bajo nuevas formas
Pasar de los años setenta al siglo XXI parece un salto imposible. Pero la dialéctica tiene sus recurrencias.
Hoy, esa misma tensión –entre poder local y disputa institucional– se expresa en un plano geopolítico completamente nuevo. El nombre de esa nueva fase es China.
La fractura imperialista entre Estados Unidos (y su OTAN) y el bloque de los BRICS –con China como locomotora– ha abierto una grieta por donde el peronismo (y el movimiento nacional en general) puede volver a jugar el juego de "afuera y adentro":
"Adentro": insertarse en las cadenas globales del nuevo polo emergente, negociar desde el Estado, ocupar un lugar en el banco de desarrollo de Shanghai, vender litio y alimentos a cambio de infraestructura y autonomía relativa.
"Afuera": mantener la capacidad de presión desde los territorios, los barrios, los cordones productivos, para que esa inserción no se convierta en nueva dependencia.
No es casualidad que las dos figuras más lúcidas de la política argentina actual encarnen, sin decirlo explícitamente, esa dualidad.
Axel Kicillof: la disputa en la superestructura
Kicillof es el técnico que entiende que la macroeconomía es un campo de batalla. Su gestión al frente de la provincia de Buenos Aires (el territorio más complejo del país) es un intento de gobernar desde el Estado contra la lógica del Estado. No desde el discurso, sino desde los números: renegociación de deuda, ingeniería financiera, producción pública, y una inserción internacional que mira más hacia el BRICS que hacia Washington.
Es el heredero involuntario de Ortega Peña, pero con una calculadora en lugar de una 9 mm: opera en el corazón del monstruo para desactivarlo desde el panel de control.
Verónica Magario: el poder local en el barrio
Magario, en cambio, viene del conurbano profundo. Su gestión es territorio puro: cloacas, asfalto, escuelas, centros de salud, organización vecinal. Ella es la constructora de poder local a escala municipal, la intendenta que entiende que la legitimidad se gana resolviendo problemas concretos, no con discursos grandilocuentes.
Es la heredera de la intuición santuchista: de lo simple a lo complejo, de la manzana al barrio, del barrio al municipio, del municipio a la provincia. Sin esa base territorial, la macroeconomía de Kicillof es humo. Sin la macroeconomía de Kicillof, el territorio de Magario se ahoga en la miseria.
La síntesis es la articulación de ambos. No uno contra el otro, sino uno con el otro. Esa es la "otra cosa" que hoy opera bajo nuestros ojos, aunque muchos no quieran verla.
6. Los que corren por izquierda: Vaca Narvaja y Julio Santucho
Pero todo proceso que se precie de popular necesita tensión desde la izquierda. No para destruir, sino para evitar que la administración se convierta en burocracia y la gestión en claudicación.
Ahí aparecen dos figuras que, desde lugares muy diferentes, cumplen esa función.
Fernando Vaca Narvaja
Ex dirigente de Montoneros, Vaca Narvaja se ha convertido en una memoria ofensiva dentro del peronismo. No pide perdón por la lucha armada; la explica. No acepta la teoría de los dos demonios; la combate. Y ha lanzado advertencias proféticas: compara el fenómeno Milei con el surgimiento de Montoneros, señalando que si el peronismo no le habla a la juventud marginada, otros lo harán.
Su sola presencia –la de alguien que viene del fusil– es un límite objetivo para cualquier intento de domesticar al movimiento nacional.
Julio Santucho
Hermano de "Roby", el comandante del PRT-ERP, Julio Santucho es el guardian de la coherencia clasista. Fue formador de cuadros del ERP y hoy preside el Instituto Multimedia de Derechos Humanos (DerHumALC) y el Festival de Cine de Derechos Humanos. No está en el gobierno, no busca cargos. Está en los márgenes, como una conciencia crítica que recuerda que la revolución no se negocia.
Él y Vaca Narvaja representan el ala testimonial y profética de aquella "otra cosa". No son competidores de Kicillof o Magario; son su garantía de que el proceso no se desvíe. Como dice el compañero Juan Prim: "Ellos mismos se corren por izquierda". No hace falta correrlos; ellos ya están ahí, marcando el límite.
7. Conclusión: la revolución como proceso inacabado
¿Qué aprendemos de todo esto?
Primero, que la dicotomía "Montoneros vs. PRT" es una trampa epistemológica. En la praxis real, fuimos otra cosa: una articulación contradictoria, tensa, a veces fallida, pero real.
Segundo, que esa lógica articuladora no desapareció con la derrota de los años setenta. Se replegó, se refugió en la memoria de los sobrevivientes, y volvió a emerger cuando las condiciones históricas lo permitieron. Hoy la vemos en la dupla Kicillof-Magario, en la presencia incómoda de Vaca Narvaja y Julio Santucho, y en la apuesta geopolítica por el BRICS y China.
Tercero, que la revolución del siglo XXI no será una repetición de las formas del siglo XX. Será otra cosa, igualmente impura, igualmente contradictoria, igualmente heroica. Pero para reconocerla hay que dejar de mirar el pasado como un manual de instrucciones y empezar a mirarlo como una caja de herramientas dialécticas.
No se trata de copiar. Se trata de traducir. De tomar la lección del doble poder local y aplicarla al territorio digital, a la cooperativa de tecnología libre, a la red de autónomos que combate la fachosfera. De tomar la lección de Ortega Peña y disputar las instituciones sin creer que son el fin último. De tomar la lección de los sobrevivientes y mantener viva la memoria como arma crítica.
Como dijo un viejo poeta: "Todo lo que no se continúa, se interrumpe. Y todo lo que se interrumpe, muere."
Nosotros no hemos muerto. Solo hemos cambiado de forma.
Manos a la obra.
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