EL GRAN REACOMODO: HACIA UNA MULTIPOLARIDAD SIN MAPA FIJO
El orden mundial que conocimos se ha evaporado. La unipolaridad estadounidense que siguió a la Guerra Fría ya no es un hecho, pero en su lugar no ha nacido un sistema ordenado de varios centros de poder. Lo que habitamos es un interregno, una fase de transición caótica en la que las viejas reglas han saltado por los aires y las nuevas no cuajan. Los recientes acontecimientos en Oriente Medio —conflagraciones que arrastran a potencias regionales y globales— funcionan como el espejo que mejor refleja este desorden: una región donde se cruzan los intereses de Rusia, China, Estados Unidos y las aspiraciones de los actores medios, y donde cada episodio bélico reconfigura alianzas que a la semana siguiente vuelven a mutar.
Esa volatilidad no es un accidente. Es la característica definitoria del sistema multipolar que está emergiendo. Pero ¿qué multipolaridad nos espera? La respuesta no es única, porque el futuro se disputa entre varias visiones que compiten entre sí y que cristalizarán de manera distinta según la región del planeta y la capacidad de agencia de cada país. En este artículo trazamos una prospectiva de ese mundo en formación, tomando como referencia las posiciones que ya han adoptado algunos de los actores más reveladores del tablero global.
El núcleo euroasiático: una asociación sin límites con matices propios
Rusia y China seguirán siendo el principal contrapeso al liderazgo estadounidense durante los próximos diez o quince años. La cooperación militar, diplomática y energética entre Moscú y Pekín se profundizará porque ambas potencias la necesitan para sobrellevar la presión occidental. Sin embargo, su alianza no se convertirá en un bloque monolítico. China, cuyo proyecto de ascenso pacífico depende de la estabilidad de los mercados globales y las cadenas de suministro, observará con creciente inquietud las aventuras militares rusas que desestabilicen más de la cuenta Oriente Medio o el flanco europeo. Rusia, por su parte, buscará ampliar su cartera de aliados —Irán, Corea del Norte, y los países del llamado “triángulo de la tiranía” en América Latina— para no quedar atrapada en una dependencia excesiva de Pekín. Veremos, por tanto, un eje euroasiático sólido pero con agendas no siempre sincronizadas: una alianza estratégica, no un matrimonio ideológico.
Los equilibristas del Sur Global: India, Brasil y Sudáfrica
Si hay una fuerza que va a modelar la multipolaridad de manera original es la de los países que rechazan tanto la hegemonía estadounidense como la mera sustitución de esta por un duopolio chino-ruso. India, Brasil y Sudáfrica encarnan tres versiones distintas de esa resistencia.
India será el gran equilibrista. Su doctrina “no-occidental” le permitirá mantener una asociación de seguridad con Washington —indispensable en el tablero del Indo-Pacífico— mientras conserva la cooperación militar y energética con Moscú y construye una relación compleja de competencia y comercio con Pekín. En el horizonte de 2030, India será un actor bisagra, indispensable para cualquier gobernanza global, pero profundamente reacio a alinearse en un solo campo. Su gran apuesta es la autonomía estratégica, y para preservarla se moverá en todas direcciones simultáneamente.
Brasil, por su lado, defenderá un multilateralismo cooperativo que evite una nueva Guerra Fría. Su obsesión no es elegir bando, sino abrir espacios para comerciar con todos sin que su soberanía quede secuestrada por ninguno. En los próximos años veremos a Brasil impulsar monedas alternativas para el comercio intrarregional, reforzar los BRICS como plataforma de contrapeso y, al mismo tiempo, mantener un diálogo pragmático con Washington. Su gran vulnerabilidad será la política interna: una democracia volátil y una economía vulnerable al cambio climático pueden limitar sus aspiraciones de liderazgo.
Sudáfrica actuará como la conciencia moral del Sur Global. Su política de “no alineación activa” irá más allá del discurso: Pretoria intentará convertir al BRICS en un instrumento de reforma financiera mundial, promoviendo la descolonización de las instituciones de Bretton Woods y amplificando la voz de un continente africano que será cada vez más cortejado por todas las potencias. Pero su capacidad real de influencia quedará condicionada por las crisis energéticas internas y por la competencia con otros gigantes africanos, como Nigeria o Etiopía.
Latinoamérica, laboratorio de la multipolaridad
América Latina se ha transformado en uno de los teatros más elocuentes de la pugna multipolar. La región no actúa como un bloque, sino como un archipiélago de posiciones que van desde la alineación explícita con el eje euroasiático hasta la búsqueda ansiosa de una autonomía siempre amenazada.
México y Colombia vivirán atrapados en lo que podríamos llamar la “zona gris hemisférica”. Geográficamente anclados en la vecindad de Estados Unidos, sus economías y sus agendas de seguridad dependen en buena medida de Washington. Sin embargo, la necesidad de diversificar mercados y la tentación de un mayor margen de maniobra los llevarán a cortejar a China, a la Unión Europea y a otros actores. El resultado no será una ruptura, sino una incómoda ambigüedad: una autonomía condicionada, permanentemente negociada y siempre a punto de quedar aplastada cuando la tensión global suba de tono.
En el otro extremo, Cuba y Nicaragua se consolidarán como los bastiones del alineamiento euroasiático en el continente. Para Rusia, ambos países representan plataformas de proyección de poder en el Caribe y en Centroamérica, útiles para la cooperación militar, la inteligencia y la evasión de sanciones. Para China, son puntos de apoyo en una región que considera vital para sus rutas comerciales. Sin embargo, su posición será de una vulnerabilidad extrema: aisladas diplomáticamente por la mayoría de los países latinoamericanos, sometidas a sanciones cada vez más duras, su viabilidad a largo plazo dependerá de que Moscú y Pekín mantengan un flujo de recursos que no siempre estará garantizado. El derrumbe de un aliado clave como Venezuela aceleraría su desestabilización, dejándolas al borde del colapso.
Tres escenarios que pugnan por imponerse
Con estos mimbres, la prospectiva del sistema multipolar no se resuelve en un solo destino. Se perfilan tres grandes escenarios, que coexistirán como fuerzas en tensión.
El primero, y el más probable, es el de la multipolaridad fragmentada y competitiva. No habrá dos bloques definidos, sino un tablero tridimensional donde los países tejerán alianzas temáticas y temporales según intereses concretos —energía, tecnología, seguridad— sin compromisos permanentes. Los BRICS ampliados serán un foro de coordinación, pero no un actor unitario; las potencias medias practicarán un equilibrio de múltiples vectores, y la inestabilidad regional proliferará porque los grandes se batirán en escenarios ajenos sin declararse la guerra directamente. En este mundo, la habilidad principal de los Estados será la de extraer beneficios de la competencia ajena sin ser arrasados por ella.
El segundo escenario es el de la bipolaridad reencarnada. Si la rivalidad entre China y Estados Unidos alcanza un punto de ruptura —un conflicto en Taiwán, una división tecnológica total que escinda internet en dos esferas, o sanciones secundarias que prohíban comerciar con ambos lados—, el sistema se simplificaría dramáticamente. En ese caso, Rusia se vería subordinada a China como socio menor; India se vería forzada a alinearse con el polo estadounidense, rompiendo el BRICS; y América Latina se convertiría en un campo de batalla explícito donde Washington intentaría revertir las cabezas de puente chinas y rusas con políticas de cambio de régimen. Este escenario, aunque menos probable, no es descartable, y la mayoría de los países del Sur Global lucharán activamente para impedirlo.
El tercer escenario, el ideal, es el de la multipolaridad cooperativa. En él, las potencias emergentes logran reformar el Consejo de Seguridad de la ONU, se crean monedas alternativas al dólar de manera ordenada, y se alcanza un gran pacto sino-estadounidense que gestione la rivalidad tecnológica sin fracturar el mundo. México y Colombia encontrarían en ese orden multilateral el espacio para equilibrar su relación con Estados Unidos sin someterse; Cuba y Nicaragua se normalizarían gradualmente al relajarse el embargo y la presión militar. Este horizonte, sin embargo, es el menos probable en el corto plazo: la cooperación global se ha erosionado demasiado para que el ideal normativo se convierta en realidad antes de 2035.
Conclusión: un mundo de apuestas, no de certezas
La multipolaridad que nos espera no será un concierto de naciones armonioso, sino un sistema desordenado y competitivo donde las viejas jerarquías han caído pero las nuevas no terminan de nacer. En ese paisaje, las potencias medias y pequeñas no serán meros peones: podrán aprovechar los intersticios para ganar autonomía, como intentan India, Brasil o Sudáfrica, o se arriesgarán a ser instrumentalizadas por los grandes, como les sucede a Cuba y Nicaragua. México y Colombia encarnarán la incomodidad de no poder desentenderse del todo de Washington mientras miran de reojo al resto del mundo.
La gran pregunta, la que definirá las próximas décadas, es si los actores del Sur Global lograrán construir una verdadera autonomía estratégica que les permita escapar de la lógica de bloques, o si acabarán fragmentados y subordinados en una nueva división internacional del poder que, esta vez, tendrá dos o tres centros en lugar de uno solo. La partida está abierta, y el único dato cierto es que el mapa del poder mundial se está dibujando de nuevo, sin que nadie tenga el diseño completo.
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