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El Marxismo Occidental: Transformación de la Herramienta del Imperio

 

El Marxismo Occidental: De la Crítica Filosófica a la Herramienta del Imperio

Un recorrido por la historia secreta de una tradición intelectual, su captura por la Guerra Fría, y las posibilidades de su rescate


I. El punto de partida: el diagnóstico de Domenico Losurdo

En 2017, el filósofo italiano Domenico Losurdo publicó Il marxismo occidentale. Come nacque, come morì, come può rinascere (traducido al español en 2019 por Editorial Trotta como El marxismo occidental. Cómo nació, cómo murió y cómo puede resucitar). El libro partía de una constatación incómoda: el marxismo que había florecido en Europa occidental y Estados Unidos a lo largo del siglo XX —el de la Escuela de Frankfurt, el de Sartre, el de Althusser, el de la «teoría crítica»— había llegado a un callejón sin salida.

La expresión «marxismo occidental» había sido acuñada en 1976 por el filósofo inglés Perry Anderson, quien invitaba a esta corriente a declarar su independencia respecto de la «caricatura del marxismo» que, según él, imperaba en la Unión Soviética y la China Popular. Para Anderson, el marxismo «oriental» —el de los partidos comunistas en el poder— era un desierto teórico, mientras que el occidental era el depositario de la auténtica tradición crítica.

Losurdo invertía este juicio. Su tesis era radical: el marxismo occidental no era superior al oriental, sino diferente por razones históricas y geopolíticas profundas. Mientras que el marxismo oriental —el de Lenin, Mao, Ho Chi Minh— había surgido en países sometidos al colonialismo o semicolonialismo, y su tarea prioritaria era la liberación nacional y el desarrollo económico, el marxismo occidental se había gestado en el corazón de las metrópolis imperialistas, marcado por el horror de la Primera Guerra Mundial y por una tradición cultural judeocristiana que lo inclinaba al mesianismo y a la utopía.

Losurdo señalaba una fractura fundacional. En Occidente, la crítica al capitalismo se centraba en la explotación del proletariado y en la denuncia de la guerra imperialista. En Oriente, el mismo sistema capitalista se presentaba ante todo como dominación colonial, como humillación nacional, como negación de la dignidad de pueblos enteros. Los comunistas chinos y vietnamitas no habían descubierto el marxismo en los libros, sino en la lucha contra el opio británico y contra el colonialismo francés. Para ellos, el marxismo no era una teoría de la extinción del Estado, sino una herramienta para construir un Estado nacional fuerte que pudiera defenderse del imperio.

La pregunta de Losurdo era: ¿puede resucitar el marxismo en Occidente? Su respuesta, matizada, apuntaba a una condición indispensable: que el marxismo occidental superara su eurocentrismo, su desprecio por la cuestión colonial, y su obsesión por la «crítica cultural» desconectada de la lucha de clases real. El marxismo, para renacer, debía aprender de la experiencia histórica de las revoluciones anticoloniales y dejar de contemplarse a sí mismo como un fin.


II. La tesis de Rockhill: ¿quién pagó a los flautistas?

El diagnóstico de Losurdo era filosófico e histórico. Pero en 2025, el filósofo franco-estadounidense Gabriel Rockhill publicó un libro que llevaba la crítica un paso más allá, hasta el terreno de la investigación empírica y la historia institucional. Su título era Who Paid the Pipers of Western Marxism? (publicado por Monthly Review Press), y su tesis, explosiva, puede resumirse así: el marxismo occidental no fue simplemente una desviación teórica; fue, en buena medida, una operación deliberada de inteligencia diseñada para neutralizar la amenaza revolucionaria de la izquierda.

El título remite al proverbio inglés: He who pays the piper calls the tune —quien paga al flautista, elige la música. La pregunta de Rockhill es directa: ¿quién pagó a los flautistas del marxismo occidental? Y su respuesta, documentada con exhaustiva investigación de archivo, es: la CIA, el Departamento de Estado, y las grandes fundaciones capitalistas estadounidenses.

Rockhill demuestra cómo, durante la Guerra Fría, un entramado de instituciones —el Congreso por la Libertad de la Cultura (Congress for Cultural Freedom), financiado secretamente por la CIA; las fundaciones Ford, Rockefeller y Carnegie; y agencias de inteligencia como la propia CIA y el MI6 británico— proporcionaron financiación sustancial para puestos académicos, conferencias, revistas y académicos individuales asociados con la teoría marxista. El objetivo no era promover el marxismo, sino domesticarlo: crear una corriente intelectual de izquierda que fuera «respetable», crítica con la cultura y la alienación, pero que no supusiera una amenaza real para el poder capitalista.

Rockhill sitúa a la Escuela de Frankfurt en el centro de esta operación. No se trata de una teoría conspirativa, sino de un hecho históricamente verificable: durante la Segunda Guerra Mundial, tres miembros prominentes del Instituto de Investigación Social —Franz Neumann, Herbert Marcuse y Otto Kirchheimer— trabajaron como analistas de inteligencia para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), el predecesor en tiempos de guerra de la CIA. Marcuse, en particular, trabajó para el gobierno estadounidense desde 1942 hasta 1951, en la OSS, la Oficina de Información de Guerra y, posteriormente, en la Oficina de Investigación e Inteligencia del Departamento de Estado.

Después de la guerra, el Instituto fue trasladado de vuelta a Alemania Occidental, y sus miembros más prominentes —Horkheimer, Adorno, Marcuse— se convirtieron en figuras académicas de primer orden, financiadas por el estado y por fundaciones vinculadas al establishment estadounidense. Rockhill argumenta que esta integración no fue casual: la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, con su énfasis en la cultura, la estética, la psicología y la alienación individual, era perfectamente compatible con los intereses del imperio. Desviaba la atención de la economía política, de la lucha de clases organizada, de la revolución. Era un sucedáneo «seguro» del materialismo dialéctico e histórico.

El proyecto de Rockhill, que planea una trilogía, es ambicioso: desenmascarar lo que él llama la «industria de la teoría imperial» que ha dominado la academia occidental durante décadas. Su conclusión es que la tradición marxista dominante en Occidente es una versión despolitizada, moldeada por los mismos poderes que pretendía criticar, y por tanto mal equipada para construir alternativas revolucionarias concretas.


III. La Escuela de Frankfurt: del exilio al establishment

Para comprender el argumento de Rockhill, es necesario detenerse en la historia de la Escuela de Frankfurt. Fundada en 1923, el Instituto de Investigación Social reunió a un grupo de intelectuales judíos alemanes —Horkheimer, Adorno, Fromm, y más tarde Marcuse— que buscaban comprender el fracaso de la revolución alemana y el ascenso del fascismo. Su obra inicial era genuinamente marxista, aunque ya tendía a desplazar el énfasis de la economía hacia la cultura y la psicología.

Con la llegada de Hitler al poder, el Instituto emigró a Estados Unidos, estableciéndose en la Universidad de Columbia. Allí, sus miembros se encontraron en una posición paradójica: eran refugiados del nazismo, pero también eran intelectuales de izquierda en un país que veía con hostilidad cualquier forma de radicalismo. Para sobrevivir y prosperar, necesitaban el apoyo de las instituciones estadounidenses. Y ese apoyo llegó, pero no sin condiciones.

Rockhill documenta cómo Horkheimer dedicó una cantidad considerable de energía a asegurar financiación corporativa y estatal para el Instituto, llegando incluso a contratar a una empresa de relaciones públicas. La teoría crítica se fue despojando gradualmente de su lenguaje marxista más explícito, adoptando un tono más académico, más abstracto, más «respetable». La crítica al capitalismo se convirtió en crítica a la «razón instrumental», a la «industria cultural», a la «alienación». Conceptos que, por supuesto, tenían un contenido crítico, pero que también podían ser fácilmente asimilados por el establishment académico sin amenazar sus fundamentos.

El caso de Marcuse es particularmente revelador. Después de su paso por la inteligencia estadounidense, Marcuse se convirtió en el filósofo de referencia de la Nueva Izquierda en los años sesenta. Sus libros —Eros y civilización, El hombre unidimensional— eran leídos por millones de estudiantes como manifiestos de liberación. Pero, como señala Rockhill, esa liberación era cultural, no política. Marcuse hablaba de la «nueva sensibilidad», de la liberación erótica, de la crítica al consumismo. No hablaba de la toma del poder, de la dictadura del proletariado, de la revolución socialista. Y ese silencio no era inocente: era funcional.


IV. La crítica desde la izquierda: ¿reduccionismo o revelación?

La tesis de Rockhill ha generado un intenso debate en círculos de izquierda. Sus críticos argumentan que su enfoque es reduccionista: que reduce la complejidad de la teoría crítica a una mera función del financiamiento externo, ignorando la autenticidad del compromiso intelectual de sus autores. Señalan que Horkheimer y Adorno no eran agentes de la CIA, sino pensadores que, desde su exilio, intentaban comprender las patologías del capitalismo y el fascismo.

También se ha señalado que la teoría de Rockhill tiende a una defensa acrítica del marxismo-leninismo «oriental», idealizando regímenes que, si bien lograron importantes avances en la lucha anticolonial, también cometieron atrocidades y reprodujeron formas de dominación. La crítica de Rockhill al marxismo occidental, argumentan sus detractores, es en realidad un caballo de Troya para rehabilitar el estalinismo.

Sin embargo, incluso los críticos reconocen que Rockhill plantea preguntas que la historia intelectual académica a menudo ignora: ¿quién financia la teoría? ¿qué formas de disidencia se vuelven institucionalmente prestigiosas? ¿por qué algunas corrientes marxistas son promovidas mientras otras son reprimidas? Estas preguntas no son conspirativas; son materialistas. Preguntar por las condiciones materiales de producción de las ideas es, precisamente, la esencia del método marxista.


V. La reapropiación gramsciana: hegemonía como herramienta

Llegados a este punto, la pregunta se impone: si el marxismo occidental fue, en buena medida, un producto del aparato ideológico del imperio, ¿tiene algún valor para la lucha emancipatoria actual? La respuesta es sí, pero con una condición: que sea reapropiado críticamente.

La obra de Antonio Gramsci ofrece la clave para esta operación. Gramsci, que escribió desde la cárcel fascista, desarrolló el concepto de hegemonía para explicar cómo el poder dominante se reproduce no solo mediante la coerción, sino también mediante el consenso cultural, ideológico y moral. La hegemonía es la capacidad de una clase de hacer que sus valores, sus intereses y su visión del mundo sean aceptados como «sentido común» por el conjunto de la sociedad.

Este concepto, que Gramsci elaboró en diálogo crítico con el marxismo de su época, ha sido fundamental para entender cómo el capitalismo se mantiene incluso cuando las condiciones objetivas para la revolución parecen maduras. Y ha sido también una herramienta poderosa para pensar la estrategia de la contra-hegemonía: la construcción de un bloque histórico alternativo que dispute en el terreno de la cultura, la educación, los medios de comunicación y las instituciones.

El feminismo ha sido uno de los movimientos que más fructíferamente han reapropiado el concepto gramsciano de hegemonía. Teóricas feministas han utilizado la noción de hegemonía para analizar cómo el patriarcado se reproduce a través del consenso cultural, no solo mediante la coerción. Han mostrado cómo las ideas sobre el género, la sexualidad, la familia y el trabajo doméstico son construidas y naturalizadas a través de la educación, los medios, la religión y las prácticas cotidianas. Y han utilizado esta comprensión para diseñar estrategias de transformación cultural que acompañen a la transformación económica y política.


VI. Marcuse y el feminismo: una relación ambigua pero fecunda

Herbert Marcuse, a pesar de su integración en el establishment académico y sus vínculos con la inteligencia estadounidense, proporcionó herramientas teóricas que han sido fundamentales para los movimientos feministas. Su crítica a una sexualidad orientada por el imperativo de la reproducción, donde el placer se reduce a un fin socialmente útil, rompió con los ideales dominantes de la posguerra. Su concepto de «nueva sensibilidad» —la transformación de las necesidades y deseos humanos, liberándolos de las ataduras de la sociedad de consumo y la represión— abrió un espacio para pensar la revolución no solo como transformación de las relaciones de producción, sino también como transformación de las subjetividades.

Marcuse veía en el movimiento feminista un potencial revolucionario único. Confiaba a las mujeres un papel protagónico en la reconstrucción de la sociedad, viéndolas capaces de «transvalorar los valores» y de encarnar una «nueva sensibilidad» que desafiaba la lógica patriarcal y capitalista. Esta visión, por supuesto, tenía sus limitaciones: tendía a esencializar lo femenino y a descuidar las intersecciones con la raza y la clase. Pero proporcionó un lenguaje crítico para denunciar la opresión sexual y de género como parte integral de la dominación capitalista.

Obras recientes, como Creolizing Marcuse, han buscado superar el eurocentrismo de Marcuse situándolo en diálogo con la teoría caribeña, africana y decolonial. Esta corriente de «criollización» reconoce que el pensamiento de Marcuse, como el de todos los teóricos occidentales, está marcado por su contexto histórico, pero también contiene elementos que pueden ser resignificados desde las perspectivas del Sur global.


VII. Otras apropiaciones: ecología, tecnología, raza

El material del marxismo occidental puede alimentar otras líneas de trabajo cruciales hoy:

Ecología política y justicia climática: La crítica de la Escuela de Frankfurt a la «razón instrumental» y al dominio de la naturaleza es un precursor directo de la ecología política. El ecomarxismo actual utiliza estas herramientas para analizar el capitalismo como un sistema que no solo explota a los trabajadores, sino que destruye los ecosistemas. La lucha climática se convierte así en una lucha anticapitalista y antiimperialista.

Crítica de la tecnología y el big data: La crítica a la «industria cultural» de Adorno y Horkheimer se puede actualizar para analizar el papel de las grandes tecnológicas. Estas empresas no solo venden productos, sino que producen subjetividades, moldean la opinión y extraen valor de nuestros datos. El análisis de la manipulación mediática es más relevante que nunca para entender la posverdad y la fragmentación de la esfera pública.

Teoría crítica de la raza: Aunque el marxismo occidental fue criticado por su eurocentrismo, sus categorías de análisis —alienación, fetichismo, ideología— han sido retomadas por teóricos críticos de la raza para analizar el racismo estructural. La raza no se entiende como un fenómeno biológico o cultural aislado, sino como una categoría política y económica que organiza la división internacional del trabajo y la explotación.


VIII. El arte de la reapropiación: pensar con el marxismo contra el marxismo

La lección final, que emerge tanto de Losurdo como de Rockhill y de la tradición gramsciana, es que el marxismo occidental no debe ser ni venerado ni desechado en bloque. Debe ser disecado, como un cadáver del que se extraen los órganos útiles mientras se entierran las partes podridas.

Lo que sirve: el concepto de hegemonía, la crítica de la cultura y la ideología, el análisis de la alienación y la subjetividad, las herramientas para comprender cómo el poder se reproduce a través del consenso. Lo que no sirve: el eurocentrismo, el desprecio por la economía política, la hostilidad al partido revolucionario, la teoría por la teoría, el academicismo estéril.

La tarea, como diría Gramsci, es la de «pensar con el marxismo contra el marxismo»: utilizar la teoría como un arma para desvelar y superar sus propios límites históricos, para servir a los oprimidos de hoy, no a los imperios de ayer.


IX. Conclusión: la política de las ideas

El marxismo occidental, como cualquier tradición intelectual, es un campo de batalla. Pero no es un campo de batalla entre iguales. Ha sido moldeado, financiado, promovido y limitado por las relaciones de poder que pretendía criticar. La pregunta no es si este material puede ser útil, sino cómo puede ser transformado y puesto al servicio de la emancipación real.

El mundo de las ideas es, como ha mostrado Rockhill, un sitio crucial de la lucha de clases. La batalla por la hegemonía teórica no es un mero ejercicio académico, sino una dimensión esencial de la lucha por un mundo mejor. El marxismo occidental, con todas sus contradicciones, sigue siendo un arsenal de herramientas conceptuales. Pero esas herramientas deben ser forjadas de nuevo, en el fuego de la práctica, para que puedan cortar las cadenas del presente.

La resurrección del marxismo en Occidente —si es que es posible— no vendrá de una vuelta a los textos sagrados, ni de una purificación doctrinal. Vendrá de la capacidad de los movimientos reales —feministas, ecologistas, antirracistas, anticoloniales, anticapitalistas— de tomar estas herramientas, transformarlas y ponerlas al servicio de la construcción de un mundo nuevo. Como escribió Marx, no se trata de interpretar el mundo, sino de transformarlo. Y para transformarlo, hay que saber de qué están hechas las herramientas que heredamos, quién las forjó y para qué propósito. Solo así podremos re-forjarlas para nuestros propios fines

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