El problema Trotsky: más allá del mito, la secta y la cobardía política
(Una síntesis completa desde la experiencia de los ex integrantes del PRT)
Por Joan Prim (ex PRT – reflexiones desde la formación militante)
Prefacio: la lección de Bautista van Schouwen, brújula de la JCR
Antes de entrar en el problema Trotsky, tenemos que recordar cuál fue la enseñanza central que nos legó Bautista van Schouwen, del MIR chileno, asesinado por la dictadura de Pinochet, y cuya palabra fue adoptada por toda la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) —el ERP argentino, el MIR chileno, los Tupamaros uruguayos y el ELN boliviano— en los años 70.
La cita completa, que ningún ex PRT puede olvidar, es la siguiente:
"Jamás olviden, compañeros, que nuestros enemigos son la derecha y el imperialismo, y es a ellos a quienes deberemos derrotar; si para eso fuera preciso enfrentar al reformismo, lo haremos con fuerza, pero con lealtad, porque es imprescindible ganar a esos compañeros para la revolución. La revolución no podrá hacerla un grupo aislado por más coraje, voluntad y valentía que tenga. La revolución será producto de la fuerza generada por todos los que se opongan a la derecha, a los imperialistas, y al aparato del estado, y de ahí no podemos excluir a nadie; esos compañeros son imprescindibles para la revolución. Al reformismo no se le derrota, se le supera".
¿Qué significa esto para nosotros, los ex PRT?
El enemigo principal es la oligarquía y el imperialismo. No el reformista que cree en el voto, no el compañero que transita por la institucionalidad burguesa mientras se parte el lomo en los barrios. Si ponemos como blanco prioritario a esos compañeros, estamos haciendo el juego al enemigo real.
Al reformismo no se lo combate con anatemas. Se lo enfrenta con lealtad cuando es necesario (por ejemplo, si traiciona una lucha concreta), pero la tarea estratégica es ganarlo para la revolución, no expulsarlo de ella. Esto es exactamente lo contrario de la práctica sectaria que hojea manuales para ver quién está "más puro".
La revolución no la hace un grupo iluminado. La hace la fuerza generada por todos los que se oponen al sistema. Eso incluye a peronistas combativos, a cristianos de base, a nacionalistas populares, a demócratas radicalizados. Si los excluimos por no pasar un examen teórico, nos condenamos al aislamiento.
"Superar al reformismo" significa hacer más y mejor que él. No quedarse en la denuncia, sino movilizar más gente, organizar mejor los territorios, proponer soluciones más audaces. Cuando el reformismo muestra sus límites (porque el capitalismo no se reforma desde dentro), el pueblo mismo pide saltar. Eso es superarlo en la práctica.
Esta cita fue la brújula de la JCR. Y es la que aplicamos hoy para entender por qué, aunque no compartamos todo con ciertas corrientes, no las combatimos como enemigas. Las criticamos, sí. Las polemizamos, sí. Pero las consideramos compañeros de ruta imperfectos, imprescindibles para la revolución.
Dicho esto, pasemos al problema Trotsky, que es un caso particular de sectarismo dentro de la izquierda.
I. El punto de inflexión: cuando Trotsky pudo barrer a Stalin y no lo hizo
Los jóvenes militantes deben conocer al joven Trotsky, el más fecundo. El organizador del Ejército Rojo, el estratega que en 1918-1920 venció a catorce ejércitos extranjeros. Ese Trotsky era un gigante.
Pero también deben aprender su gran punto de inflexión —yo pienso que ahí está la clave de todo—: hubo un momento, entre 1923 y 1924, en que Trotsky todavía conservaba un inmenso capital político y militar. Podía haber usado al Ejército Rojo, esa máquina que él mismo había forjado, para barrer a la burocracia stalinista. No lo hizo.
¿Por qué? Por una mezcla de confianza ingenua en la razón dialéctica y un inexplicable desdén por el aparato. Prefirió perder la batalla política antes que "manchar" la revolución con una lucha intestina. La lección es brutal: el poder no se regala, se toma. Y Trotsky, por un exceso de pureza, permitió que la burocracia lo devorara.
Asimismo, desconoce la teoría acertada de Stalin sobre el "socialismo en un solo país". Esto no es para reivindicar a Stalin sin crítica, sino para reconocer que, en aquel contexto de aislamiento, la postura de Stalin permitió sobrevivir a la Revolución Rusa mientras que la revolución permanente soñada por Trotsky chocaba con la realidad de un proletariado europeo derrotado.
Un marxista serio no elige entre Stalin y Trotsky como si fueran equipos de fútbol. Toma de cada uno lo que sirve para la lucha actual. Eso nos enseñaron Mario Roberto Santucho y Bautista van Schouwen en la Junta de Coordinación Revolucionaria.
II. El peor legado de Trotsky: sus propios discípulos
Trotsky fue un pensador abierto, contradictorio, capaz de rectificar. Pero al morir asesinado, sus seguidores lo canonizaron. El trotskismo se convirtió en una secta.
Yo pienso que esto es fatal: para un trotskista ortodoxo, todo lo que no está escrito por Trotsky es automáticamente revisionismo. Por eso niegan a Gramsci, porque Gramsci entendió la necesidad de la "guerra de posición" y la hegemonía cultural, algo que Trotsky apenas esbozó. Por eso ningunean a Lukács, cuya teoría de la reificación complementa y supera muchos análisis trotskianos. Por eso desprecian a Mao y a Teng Xiaoping, a quienes reducen a "revolucionarios agrarios" o "reformistas sinvergüenzas", sin entender que la revolución china inventó un camino nuevo para el campesinado, y que sin esa invención no habría hoy una potencia socialista que desafía al imperio.
El problema se agrava cuando los discípulos se fragmentan. Los propios morenistas se pelean por quién es más fiel al maestro. Y así, la izquierda revolucionaria se disuelve en cien sectas que no dialogan ni con Gramsci ni con la realidad.
¿La solución? No es quemar a Trotsky. Es formar cuadros que lo lean críticamente, junto a Lenin, Stalin, Mao, Teng, Gramsci, Lukács, Luxemburg, Althusser, Ilyenkov, Marcuse, Guevara, Castro, Mariátegui, van Schouwen y Santucho. Y también junto a Néstor Kohan, que desde la Cátedra Che Guevara nos enseñó que la "ley del desarrollo desigual y combinado" es, en rigor, una teoría, no un dogma. Las teorías se discuten, se prueban, se enriquecen. Los dogmas se acatan o se violan. Nosotros preferimos la ciencia a la religión.
III. La mirada de Bourdieu: formar el habitus, no maldecir al hereje
Los sectarios suelen buscar un chivo expiatorio: Trotsky, el stalinismo, el maoísmo, la socialdemocracia, China… cualquier excusa sirve para no mirarse el ombligo. El problema —como bien sabemos— no está afuera, está adentro: en nuestra propia matriz de comportamiento militante. Y para entenderlo, no hay mejor lente que la que nos presta Pierre Bourdieu.
El habitus sectario
Bourdieu definió el habitus como "un conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él". No es un dogma ni una elección consciente: es eso que llevamos incorporado, que nos sale natural. El militante sectario no decide ser sectario; sencillamente es sectario porque creció respirando aire de trinchera. Su habitus está hecho de consignas duras, de manuales cerrados, de una relación casi religiosa con los textos fundacionales.
El problema, entonces, no es que haya malvados que conspiran para encerrar a Trotsky en un hielo perpetuo. El problema es que reproducimos un habitus sectario sin siquiera darnos cuenta. Y la forma de romperlo no es anatematizar a los herejes, sino formarlos culturalmente.
La propuesta: un marxismo de habitus abierto
Si el sectarismo es un habitus cerrado, la solución tiene que ser la construcción de un habitus distinto: uno abierto a la heterodoxia, a la crítica y al debate. Para eso, Bourdieu nos brinda varias herramientas clave:
El capital cultural: así como existe un capital económico, también hay un capital cultural, que se adquiere mediante la formación. Leer a Lukács, a Gramsci, a Althusser, a Ilyenkov no es una pérdida de tiempo, sino una inversión en capital cultural de combate. La formación no es un lujo académico; es una necesidad estratégica.
El habitus crítico: se puede educar la disposición a la autocrítica. El militante con habitus crítico escucha, duda, se corrige. El militante con habitus dogmático repite, denuncia y se ofende cuando lo corrigen. La diferencia entre ambos es pura formación.
El intelectual colectivo: Bourdieu acuñó esta noción para pensar la intervención política desde el conocimiento y la reflexividad. Un agrupamiento de militantes formados, que saben debatir con fundamento y discutir sin odio, tiene más peso político que cien sectas que se despedazan entre sí.
¿Bourdieu marxista?
Alguien dirá: "Bourdieu no era marxista". Y es verdad a medias. Bourdieu explícitamente se inspiró en Marx, Durkheim y Weber, y reivindicaba la necesidad de "pensar con Marx y contra Marx, pensarlo contra él y con él", en una operación dialéctica similar a la que estamos haciendo con Trotsky. Para nuestro problema, esto es una ventaja: permite levantar un puente sobre el abismo entre el marxismo y otras tradiciones teóricas. Formarse culturalmente no significa encerrarse en un solo autor, sino aprender de varios.
IV. La prueba del valor: «Problemas de la vida cotidiana» de Trotsky
Para los sectarios que aún dudan: si de verdad creen que la teoría se demuestra en los hechos, aquí está su examen de ingreso.
En 1923, mientras Stalin tejía su red burocrática y el Partido Bolchevique se desgarraba en luchas internas, Trotsky —enfermo, acosado, pero lúcido— hizo algo que ningún sectario de hoy se atrevería a hacer: bajó del pedestal y se metió en las fábricas, las cocinas y las camas de los obreros.
Problemas de la vida cotidiana no es un tratado abstracto sobre la revolución permanente. Es un trabajo de campo. Trotsky entrevistó a militantes de base, asistió a reuniones de barrio, preguntó cómo se vivía, cómo se amaba, cómo se moría en la Rusia de los años veinte. Abordó el alcoholismo como plaga obrera, la familia destrozada por la revolución, la incompatibilidad entre la vida militante y la vida familiar, el lenguaje, la cortesía, la higiene, la puntualidad: cosas pequeñas, "moleculares", donde se forja o se pudre una sociedad socialista.
Este libro es la antítesis del sectarismo. Trotsky no escribió para demostrar que era el único poseedor de la verdad. Escribió para escuchar, para aprender de la realidad, para armar a los militantes de herramientas concretas, no consignas vacías.
El sectario que solo cree en Trotsky no ha leído a Trotsky. Si lo hubiera hecho, sabría que su teoría más brillante fue precisamente bajarse del caballo y preguntar: "Compañero, ¿cómo se vive?".
V. Las urnas no mienten: formación política y la batalla por Córdoba
Ahora bajemos a la tierra, porque los ex PRT no vivimos de las nubes.
Según un estudio de Zubán-Córdoba realizado entre el 26 de abril y el 1 de mayo de 2026, Axel Kicillof encabeza la intención de voto con un 44%, un número que lo sitúa a un paso de ganar en primera vuelta. Esa misma consulta reveló que Myriam Bregman, del Frente de Izquierda, araña un 10% —aunque otros datos nacionales la ubican incluso con mejor imagen positiva que Javier Milei.
¿Qué tiene que ver esto con Trotsky y los trotskistas? Simple: esos números no nacen del vacío. Kicillof no llegó a ese 44% rezando el manual ortodoxo de nadie. Llegó porque, desde el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) , entendió una lección que los sectarios nunca asimilaron: la formación política no es un lujo, es una condición de supervivencia electoral.
El gobernador bonaerense ha desplegado el MDF como una máquina de formación territorial, sindical y académica. Pisó Córdoba —la cuna del anti-K— con agenda propia, desafiando a un territorio históricamente hostil. Allí no fue a recitar consignas. Fue a construir, a escuchar, a formar cuadros. Y el resultado está a la vista: 44% en una provincia donde el peronismo solía ser carne de cañón.
Mientras tanto, el Partido Comunista (PC) —que forma parte de Unión por la Patria desde 2023— también ha comprendido que la unidad de acción vale más que la pureza teórica. No discuten si Trotsky o Stalin: discuten cómo frenar el ajuste, cómo nacionalizar los recursos, cómo construir una alternativa real.
El Frente de Izquierda, en cambio, araña dígitos. No porque sus ideas sean del todo malas, sino porque su habitus sectario las vuelve incomunicables. Sus 5% o 10% son el costo político de no haberse formado para dialogar con la realidad.
VI. La tarea de los ex integrantes del PRT
Lo he dicho antes y lo repito: es hora de formarlos. Y esa tarea debe centralizarla el ex PRT, sus militantes históricos, apoyados por el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) y el Partido Comunista (PC) .
¿Por qué el ex PRT? Porque nosotros —los que venimos de esa experiencia— sabemos lo que es poner el cuerpo. Sabemos que la formación no es un cursito, sino un trabajo de hormiga en los barrios, en los sindicatos, en las universidades. Sabemos que la política se hace con gramática concreta, no con teología.
¿Por qué el MDF? Porque es la herramienta que hoy tiene llegada real a los territorios donde se juega el voto. Porque Kicillof, con todos sus límites, ha entendido que sin cuadros formados no hay proyecto.
¿Por qué el PC? Porque es la fuerza marxista-leninista con mayor tradición y mayor responsabilidad institucional en este momento. Porque sabe —a diferencia de muchos— que la revolución se hace desde adentro del Estado o no se hace, y por eso acepta los riesgos de la alianza sin perder el norte.
VII. Utopía concreta: tres ejes de trabajo conjunto
Propongo, entonces, tres ejes de trabajo:
Escuelas de formación territorial: que combinen la teoría marxista (Marx, Lenin, Stalin, Mao, Teng, Trotsky, Gramsci, Lukács, Luxemburg, Althusser, Ilyenkov, Marcuse, Guevara, Castro, Mariátegui, van Schouwen, Santucho, Bourdieu, Kohan) con la práctica concreta del sondeo, la asamblea de base y la gestión municipal.
Comités de debate interpartidario: donde militantes del peronismo, el PC y las izquierdas no sectarias discutan sin anatemas. Allí se aprende más que en cualquier congreso cerrado.
Manual de campaña popular: redactado con dos pies en la tierra, no con citas de pie de página. Que explique —como hacía el viejo PRT— qué se hace el lunes después de ganar.
No se trata de refundar la Internacional. Se trata de hacer pie. El 44% de Kicillof en Córdoba es una oportunidad, no una garantía. Los votos se conquistan con trabajo, no con proclamas. El ex PRT, el MDF y el PC están llamados a poner el hombro. El resto es ruido.
Conclusión: el marxismo es un método, no un cadáver embalsamado
Compañeros, camaradas, jóvenes que empiezan a leer estas líneas: no le teman al disenso. El marxismo no es una Biblia cerrada, sino una herramienta viva. Y usted no se vuelve más revolucionario por repetir cantinelas viejas, sino por pensar con cabeza propia.
La formación cultural es la antídoto contra todo sectarismo. El habitus crítico se construye estudiando, dialogando y, sobre todo, abriéndose a lo nuevo.
Recuerden siempre la lección de Bautista van Schouwen: nuestros enemigos son la derecha y el imperialismo, no el compañero que lucha desde otra trinchera imperfecta. Al reformismo no se le derrota, se le supera. Y la revolución la harán todos los que se opongan al sistema, no un grupo aislado por más valiente que sea.
Lean a Trotsky, pero lean también a Gramsci.
Lean a Lenin, pero lean también a Luxemburg.
Lean a Stalin, pero lean también a Teng Xiaoping.
Lean a Mao, pero lean también a Mariátegui.
Lean a Althusser para entender la ciencia marxista.
Lean a Ilyenkov para dominar la lógica dialéctica.
Lean a Marcuse para comprender la dominación avanzada.
Lean a Bourdieu para desmontar el habitus sectario.
Lean a Néstor Kohan para recordar que las leyes son, en rigor, teorías.
Y sobre todo, lean a Santucho y a van Schouwen, que nos enseñaron que la revolución la hacen todos los que se oponen al imperialismo, no los grupos iluminados.
Copien, publiquen, disputen. La militancia no se hace con paredones imaginarios, sino con lecturas incómodas y con la humildad de aprender hasta de quien se cree enemigo.
Porque nosotros, los ex integrantes del PRT, seguimos pensando. Y mientras pensamos, seguimos en pie.
Joan Prim
Ex PRT – Reflexiones desde la formación militante
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