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"Las cosas se analizan en su relación, su contexto, su devenir y desde la mirada de quien las observa."

 

Relación, contexto, devenir y mirada: cuatro coordenadas para no mutilar la realidad

"Las cosas se analizan en su relación, su contexto, su devenir y desde la mirada de quien las observa."

Esta sentencia no es un eslogan ni una muletilla filosófica. Es una advertencia metodológica que debería colgarse en la entrada de todo laboratorio, de toda consulta psicológica y de toda mesa de redacción. Porque el error más común del pensamiento humano —y de la ciencia cuando se olvida de sí misma— es el reduccionismo: creer que una pieza aislada explica el mecanismo completo. Pero una pieza fuera del reloj no es tiempo; es apenas un trozo de metal. Para entender el tiempo, hay que ver el reloj completo, y además ver las manos moverse, y además ver quién lo está mirando y a qué hora.

Vamos a desgranar esta máxima en sus cuatro vértices, con la paciencia del que siembra y la claridad del que no quiere enredarse en jergas.


1. La relación: nada es isla (Deleuze y el rizoma)

Cuando hablamos de relación, no hablamos de un simple vínculo superficial. Hablamos de la constitución misma del ser. Gilles Deleuze, junto a Félix Guattari, nos dieron la imagen del rizoma: una red de raíces que se extienden horizontalmente, sin un centro jerárquico, sin una raíz principal, donde cualquier punto puede conectarse con cualquier otro. El rizoma no es un árbol con tronco y copa; es una hierba que crece en todas direcciones, o mejor aún, es el micelio de un hongo invisible bajo el suelo.

¿Qué implica esto en la práctica? Que una persona no es un yo cerrado. Una persona es el entrecruzamiento de sus vínculos familiares, de su lenguaje, de sus amistades, de sus enemistades, de sus lecturas, de las redes sociales que frecuenta, de los afectos que ha recibido y de los que ha negado. Una depresión no se explica mirando solo un neurotransmisor; se explica mirando la relación con la madre, con el trabajo, con la situación económica, con la palabra que no fue dicha a tiempo. Un ecosistema no se explica mirando una sola especie; se explica viendo cómo se come una a la otra y cómo se benefician mutuamente. La física misma nos dice que dos partículas entrelazadas, aunque estén separadas por galaxias, comparten un estado; la relación no es una opción, es una condición de existencia.

Hoy, las redes sociales —WhatsApp, Instagram, X— son una prueba empírica, aunque trivial, de esta idea. Nadie es lo que es fuera de su red de contactos. Un meme no significa lo mismo en el chat de los amigos que en el grupo de la familia; el mismo mensaje cambia de sentido según quién lo recibe y quién lo emite. La relación es el molde. Sin relación, el fenómeno no es fenómeno; es apenas un dato mudo.


2. El contexto: el escenario lo es todo (Che Guevara y el materialismo histórico)

Si la relación es el tejido, el contexto es el escenario, el suelo, el clima, la época. Aquí entra el Che Guevara, no como santo de devoción, sino como lector afilado del materialismo histórico. El Che insistía en que ningún escrito político, ninguna consigna y ninguna acción militar podían desprenderse de su situación concreta. Leer el Capital de Marx en la Habana de 1960 no es leerlo en Moscú de 1920, ni en París de 1848. El contexto cambia los significados, las posibilidades y las consecuencias.

En ciencia, esto es brutalmente cierto. Una "ley de la física" no es válida en cualquier rincón del universo. La gravedad de Newton funciona perfectamente en la superficie de la Tierra, pero se desmorona cerca de un agujero negro o a velocidades cercanas a la luz; ahí necesitas a Einstein. El contexto gravitatorio cambia las reglas del juego. En biología, una bacteria es inofensiva en un intestino sano, pero se vuelve letal si el sistema inmune está caído; el contexto orgánico es el que define si hay enfermedad o salud. En psicología, una conducta que es resiliencia en un barrio pobre puede ser interpretada como rebeldía en un colegio privado; el contexto social y clasista etiqueta los comportamientos.

El Che nos recordaba además que el contexto no es un telón de fondo estático; es una lucha de fuerzas materiales, de intereses económicos y de relaciones de poder. Contexto no es solo "el lugar", es también "el momento histórico" y "la correlación de fuerzas". Ignorar esto en un análisis es hacer un análisis de salón, bonito pero inútil.


3. El devenir: la flecha del tiempo (Bergson y la vida como proceso)

Llamamos devenir al flujo, al cambio, a la transformación incesante. Heráclito dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque el agua ya no es la misma ni el bañista es el mismo. Henri Bergson añadió que el tiempo no es una serie de fotogramas que pasan como en una película; el tiempo es duración, es un flujo continuo donde el pasado se arrastra hacia el presente y el futuro se abre como una posibilidad indeterminada.

En biología, el devenir es la evolución. Las especies no son esencias fijas; son poblaciones que mutan, que se adaptan, que desaparecen o que se diversifican a lo largo de millones de años. Una célula cancerígena no es una entidad fija; es un proceso de divisiones descontroladas que cambia día a día. En la psicología, una persona no es la misma que era hace diez años; ha envejecido, ha aprendido, ha olvidado, ha madurado o se ha endurecido. Tratar a alguien como si fuera un diagnóstico permanente es una condena: "eres un depresivo" (como si lo hubiera sido siempre y lo fuera para siempre) es una falacia que niega el devenir.

Hasta en la física moderna, el tiempo es parte de la trama. La entropía aumenta; el universo se dirige hacia el desorden. El tiempo no es un decorado; es una variable que afecta el comportamiento de los sistemas. En economía, los mercados están en devenir constante; una política que funcionó en la bonanza se vuelve insostenible en la recesión. Por eso, analizar sin devenir es analizar un cadáver disecado, no un organismo vivo. Es mirar una fotografía y creer que la fotografía es la persona.


4. La mirada: el observador siempre interviene (Física cuántica, antropología y epistemología)

El cuarto vértice es el más incómodo, y quizás el más revolucionario: la mirada de quien observa. No hay análisis puro, no hay objetividad absoluta. La física cuántica lo puso en el centro del debate con el famoso experimento de la doble rendija: un electrón se comporta como partícula o como onda dependiendo de si alguien está mirando (o midiendo) por dónde pasa. El acto de medir altera lo medido. Esa es la herencia dura de Niels Bohr y Werner Heisenberg.

Pero este principio trasciende la física. La antropología aprendió hace décadas que el investigador que llega a una comunidad con su cuaderno y su cámara ya la está modificando. La gente no se comporta igual cuando hay un extraño anotando todo. La sociología llama a esto reactividad. La psicología sabe que un paciente no habla igual en la sesión que en su casa; la presencia del terapeuta, el diván, el horario y el honorario ya están configurando el discurso. Incluso en las ciencias duras, la elección de qué medir y con qué instrumento ya es una decisión subjetiva, cargada de intereses, de presupuestos y de formación académica.

La mirada no es neutra porque la mirada tiene una historia. Quien mira es un hombre o una mujer, de tal clase social, de tal nacionalidad, educado en tal universidad, que lee tal idioma y tiene tales sesgos. Pretender que eso no influye es un acto de ingenuidad, o peor, de mala fe. Por eso, un análisis honesto debe declarar su ángulo: "Yo veo esto desde aquí, con estos anteojos." No para excusar una distorsión, sino para poner al lector en guardia y permitirle que haga sus propias correcciones.


Un ejemplo sintético: la salud mental

Para ver cómo operan estas cuatro coordenadas juntas, tomemos un caso concreto: un joven de veinte años que vive en un barrio periférico de una gran ciudad y empieza a sufrir ataques de ansiedad.

  • Relación: Su ansiedad no es un problema solo suyo. Está relacionada con la presión que ejercen sus amigos (que ya consiguieron trabajo), con la expectativa de sus padres (que no tuvieron estudios), y con el discurso de las redes sociales que muestra vidas perfectas. Si aislas al joven y lo estudias solo, no entiendes nada.

  • Contexto: Vive en un país con inflación, con desempleo juvenil altísimo y con un sistema de salud colapsado. En un contexto de bienestar escandinavo, esa ansiedad tendría otro color y otras soluciones. El contexto económico y político es determinante.

  • Devenir: Ese joven no siempre fue ansioso y no lo será siempre. Su ansiedad tiene una historia: empezó con el primer año de universidad, se agravó con la pandemia, y quizá se transformará en otra cosa después de un cambio de trabajo. Analizarlo en un momento fijo es congelar una película en un fotograma.

  • Mirada: El psicólogo que lo atiende es un hombre de cincuenta años, de clase media, formado en una universidad privada. Su mirada sobre la ansiedad tiene sesgos: quizá tiende a medicalizar, quizá tiende a psicoanalizar, quizá tiende a recetar antes de escuchar. Su propia historia y su propio contexto están en la consulta, aunque no lo diga.

Si el análisis de este joven omite alguna de estas cuatro dimensiones, el diagnóstico será cojo y el tratamiento, ineficaz.


Conclusión: el precio de la sencillez

Ahondar en estas cuatro coordenadas no es complicar la ciencia por capricho. Es aceptar que la realidad es compleja y que el conocimiento humano es limitado y situado. No se trata de caer en un relativismo donde todo vale; se trata de ser más rigurosos, de saber qué estamos dejando fuera cuando hablamos de algo.

La sentencia de Juan Prim —"Las cosas se analizan en su relación, su contexto, su devenir y desde la mirada de quien las observa"— no es una excusa para no decidir. Es una invitación a decidir con más información, con más humildad y con menos soberbia. Es un recordatorio de que la verdad no se posee, sino que se persigue, y que para perseguirla hay que moverse en cuatro direcciones a la vez: hacia los otros, hacia el entorno, hacia el futuro y hacia uno mismo.

Como decía el Che, hay que endurecerse sin perder la ternura. Podríamos añadir: hay que analizar sin perder la conciencia de que uno mismo está dentro del análisis. Esa es la disciplina más difícil, y quizá la más necesaria.

Relación, contexto, devenir, mirada. Ahí está el mapa. El resto es senderismo.

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