Por una alianza feminista antiimperialista entre Argentina y Perú
I. La grieta que nos divide
Hay una grieta en el suelo de la izquierda latinoamericana. No es nueva. Viene de lejos, de cuando el imperio aprendió a financiar la crítica para que no fuera peligrosa, de cuando el marxismo se volvió académico para dejar de ser revolucionario, de cuando la teoría se convirtió en un sustituto de la lucha.
En esa grieta han caído muchas. Las que quisieron cambiar el mundo desde la calle y se encontraron con que el poder las usaba sin darles nada a cambio. Las que quisieron cambiar el mundo desde el mapa y se encontraron con que el poder las aislaba sin darles arraigo. Las que defendieron a China y Rusia sin crítica, y las que las criticaron sin situar esa crítica en la guerra global.
Pero hay algo que el imperio no ha logrado: que la grieta sea un abismo. Sigue siendo una herida, y las heridas se cierran cuando se las mira con ojos que no buscan culpas sino salidas.
II. Lo que el imperio sabe y nosotras olvidamos
El imperio sabe que la crítica al autoritarismo, si no se sitúa en la guerra global, es su mejor arma. Sabe que la defensa de la soberanía, si no escucha a las que sufren, es su mejor escudo. El imperio no combate la crítica: la financia. No suprime la izquierda: la domestica. No destruye los movimientos: los usa.
Y cuando dos orillas se enfrentan, el imperio aplaude.
Por eso el puente no es un gesto de buena voluntad. Es una necesidad estratégica. No es para sentirse bien: es para no perderlo todo.
III. Las dos orillas
Las que gritan en las calles del sur saben que el dolor no se negocia. Han visto cómo el poder, cualquier poder, puede aplastar los cuerpos. Han aprendido a desconfiar de los Estados, de los partidos, de las promesas que no vienen del suelo. Su pregunta no es ideológica: es existencial. ¿Quién está oprimiendo hoy, aquí, ahora?
Las que leen el mapa del mundo saben que el imperio no se derrota con buenas intenciones. Han visto cómo el poder de Washington se expande cuando no hay contrapesos. Han aprendido a mirar más allá de las fronteras, a entender que la soberanía no es un lujo sino una condición para la justicia. Su pregunta no es moral: es estratégica. ¿Quién puede frenar al imperio hoy, aquí, ahora?
Y mientras cada una mira su propia pregunta, el imperio se ríe. Porque sabe que mientras la izquierda se divide, él gana.
IV. Lo que cada una trae al encuentro
Las que gritan en las calles del sur traen la fuerza de los cuerpos, la potencia de la calle, la desconfianza que es sabiduría, la crítica que es honestidad. Traen la pregunta incómoda que no permite que el poder se duerma. Traen la memoria de las que han caído y la urgencia de las que aún están de pie.
Las que leen el mapa del mundo traen la lucidez de la geopolítica, la estrategia de los procesos largos, la conciencia de que sin poder no hay cambio. Traen la mirada que ve más allá de la frontera, la paciencia de quien sabe que las revoluciones no son instantáneas. Traen la memoria de los que han resistido al imperio y la urgencia de los que aún están en pie.
V. Lo que ambas ganan si cruzan el puente
Las que gritan en las calles del sur ganan:
Dejar de ser instrumento. Su crítica, cuando viene de una posición antiimperialista, no puede ser usada para justificar guerras.
Acceder a un mapa que explique por qué el ajuste, la deuda y la violencia no son casualidades.
Tejer solidaridad real con mujeres que luchan en Palestina, Yemen, Congo, Filipinas.
Las que leen el mapa del mundo ganan:
Legitimidad popular. No se puede defender la soberanía sin defender a las mujeres.
Una base social amplia que no se agota en los círculos militantes.
Una crítica interna que las fortalece y las vuelve más coherentes.
Ambas ganan un futuro posible.
VI. El primer paso
Que el próximo 3 de junio, en las calles de Buenos Aires, haya mujeres peruanas. Que sus banderas se mezclen con las de Ni Una Menos. Que su voz se sume al grito.
Que Argentina y Perú sean el primer eslabón de una cadena que se extienda a Bolivia, Chile, México, Colombia, Centroamérica, el Caribe. Un movimiento que no sea ni apéndice de la izquierda institucional ni carne de cañón de la agenda imperial.
La invitación está hecha. La delegación de "Venceremos" podría ser el puente que el imperio teme. Porque cuando las mujeres que gritan en las calles y las que leen el mapa del mundo se encuentran, el imperio pierde su mejor arma: nuestra división.
VII. La lección de la historia
El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) de Argentina entendieron que la unidad no es un lujo, sino una necesidad estratégica. Como dijo el Comandante Santucho: "La total unidad que es posible, se conquistará, en un proceso gradual a desarrollarse paso a paso en todos los niveles, en la base y en la dirección, que requiere paciencia, flexibilidad y firmeza ideológica".
Esa lección sigue vigente. La unidad entre el feminismo popular y el antiimperialismo estratégico no es un gesto de buena voluntad. Es una exigencia de la eficacia revolucionaria.
VIII. Advertencia final
El imperio lee. El imperio filtra. El imperio usa. Pero también lee esto. Y esto le dice que el feminismo popular latinoamericano está aprendiendo a articularse. Que la izquierda peruana está aprendiendo a escuchar. Que el puente entre la calle y el mapa está siendo tendido. Y que, cuando se tienda, el imperio tendrá un problema más. Porque las mujeres que se unen son más difíciles de dividir. Y las que aprenden a leer el mapa, dejan de ser carne de cañón.
Nos vemos en la trinchera.
Comentarios
Publicar un comentario