Poesía y fascismo: la idiotez como categoría política en la obra de Rafael Alberti
No hay interpretación inocente. Toda lectura de un poema es ya un acto político, y cuando ese poema lleva la marca de la guerra, del exilio y de la esperanza, la hermenéutica se vuelve un campo de batalla. Rafael Alberti, quizá el más musical de los poetas de la Generación del 27, supo que la palabra no era un adorno sino un fusil cargado de futuro. Por eso, sus versos han sido sistemáticamente malinterpretados por la derecha —y no por error, sino por necesidad. Porque el fascismo, en su esencia, no es solo una doctrina de la violencia; es, ante todo, un fracaso cognitivo, una incapacidad estructural para comprender la complejidad, una idiotez metafísica que convierte al otro en ogro, al comunista en devorador de criaturas, y al poema en un instructivo de insurrección. Pero esa idiotez no es pasiva: es activa, beligerante, y se alimenta de su propia ceguera para justificar la represión.
Tomemos el verso más citado y más vilipendiado: "A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar". Para el oído fascista, esto es una orden de asesinato masivo. Para el lector atento, es una metáfora de la purificación, una hipérbole de la victoria, un deseo de expulsión del enemigo —como el mar expulsa las algas muertas—, no un programa de aniquilación. Pero la derecha no puede ver la diferencia porque su hermenéutica es literalista: necesita que el enemigo sea monstruoso para poder odiarlo sin culpa. Así, convierte el galope poético en un parte de guerra, y al poeta en un criminal. Esa es la primera capa de su idiotez: la confusión entre el decir poético y el hacer político, como si la palabra no tuviera más función que la del mandato. Olvidan que Alberti escribió también "Se equivocó la paloma", y en ese poema está la clave de todo: la paloma confunde el trigo con el agua, el sur con el norte, el cielo con el mar. Esa paloma es la propia derecha, que yerra sistemáticamente su orientación porque su brújula está rota por el prejuicio. Cree que el pan es líquido, que la justicia es un fantasma, que la libertad es un lujo. Y al equivocarse, no solo se pierde, sino que intenta arrastrar a todos consigo a la orilla del sueño, mientras el pueblo espera en la cumbre.
El fascismo, decía Walter Benjamin, es la estetización de la política. Pero Alberti invierte el gesto: politiza la estética, y eso lo vuelve peligroso. En "Defensa de Madrid", la ciudad es un corazón que late con fiebre. La derecha lee eso como una arenga patriótica, pero es mucho más: es una mitificación de la resistencia, una profecía de que Madrid no se dormirá jamás porque si se duerme, el alba no vendrá a verlo. Ese "no podrá dormirse" no es un llamado militar, sino una constatación ontológica: la conciencia del pueblo es insomne. La idiotez fascista, en cambio, cree que el sueño es posible, que la historia puede detenerse, que el orden se restaura con tanques y censura. No entiende que la fiebre de Madrid es la fiebre de la historia, y que esa fiebre no se cura con balas. Por eso, su respuesta siempre es la misma: más violencia, más represión, más simplificación. Reducen el poema a consigna, la ciudad a trinchera, al pueblo a masa. Y al hacerlo, se quedan sin poesía, pero también sin política auténtica: solo les queda la pura fuerza bruta, que es la confesión de su derrota intelectual.
Otro ejemplo luminoso es "A las brigadas internacionales". Alberti canta a la sangre que canta sin fronteras. La metonimia es clara: la sangre es el sacrificio, la humanidad común, la solidaridad que borra los mapas. Para el fascismo, esto es una provocación: ¿cómo aceptar que un extranjero muera por una tierra que no es la suya? Su mente nacionalista no puede concebir el universalismo, porque su mundo es un mundo de patrias cerradas, de identidades puras, de fronteras que no se traspasan. Así, tachan a los brigadistas de mercenarios o de agentes de Moscú, y al poema de propaganda. Pero Alberti les gana por la izquierda: les recuerda que la necesidad es más fuerte que el pasaporte, que la justicia no tiene aduanas. Y esa es una verdad que el fascismo no puede digerir, porque digerirla implicaría reconocer que su propio nacionalismo es una farsa, una tapadera para la explotación. Por eso, su idiotez se vuelve agresiva: no entienden, pero tampoco quieren entender, porque entenderlos los desarmaría.
En "Los ángeles muertos", la crítica se vuelve aún más despiadada. Alberti busca a los ángeles en las cañerías olvidadas, entre las basuras, en el insomnio de lo desechado. El ángel, para la tradición, es el mensajero divino, el orden celestial. Pero aquí está muerto, podrido en los desagües del sistema. La derecha, que se presenta como defensora del orden natural, no puede ver que ese orden es precisamente el que ha asesinado a los ángeles. Su idiotez consiste en creer que el mundo es como lo pintan sus manuales de urbanidad, y no como lo revela la poesía: un vertedero de ideales traicionados. Al leer este poema, solo ven imágenes surrealistas, rarezas de un comunista trastornado. Pero el surrealismo albertiano no es evasión, sino denuncia: solo lo absurdo puede nombrar lo absurdo, y un fascismo que se cree racional es, en realidad, el mayor de los absurdos. Porque su lógica es la de la paloma: confunde la basura con el altar, la muerte con la vida, la opresión con el orden. Y al hacerlo, se convierte en el sepulturero de sus propios ángeles.
Ahora bien, esta idiotez no es inocente ni baladí. Es la condición de posibilidad del fascismo como fenómeno histórico. Para que un régimen de terror se instale, necesita primero simplificar el mundo: buenos y malos, amigos y enemigos, trigo y agua. La poesía, en cambio, es el reino de la ambigüedad, de la polisemia, de la contradicción fecunda. Por eso el fascismo odia la poesía —no toda, claro, la que le sirve para su mitología, sino la que piensa, la que duda, la que abre preguntas en lugar de cerrarlas. Alberti es un poeta de preguntas abiertas: incluso en sus versos más militantes, hay un resto de misterio, una vibración que excede la consigna. Eso es lo que la derecha no puede perdonar. Y cuando la poesía de Alberti cruzó el Atlántico y llegó a América Latina, ese odio se convirtió en pánico. Los dictadores y sus intelectuales orgánicos vieron en esos poemas un virus, una contaminación. No porque los versos dieran órdenes tácticas, sino porque daban forma al deseo de un mundo distinto. Y el deseo, para el fascismo, es más peligroso que cualquier fusil, porque el deseo se reproduce, se canta, se recita en las plazas.
La historia les dio la razón a Alberti: los fascismos europeos cayeron, las dictaduras latinoamericanas también. Pero la idiotez de la que hablamos no murió con ellas; se recicló, se volvió posmoderna, se disfrazó de sentido común. Hoy, la derecha sigue leyendo la realidad con la misma literalidad obtusa: cree que la igualdad es envidia, que la solidaridad es comunismo, que la memoria es rencor. Y sigue viendo ogros donde hay hombres, y conspiraciones donde hay poemas. Pero la poesía de Alberti, como un caballo cuatralbo, sigue galopando. Y su galope no entierra a nadie, sino que desentierra la verdad: que la idiotez fascista no es un error de cálculo, sino una elección ética y estética, la elección de no ver, de no sentir, de no comprender. Y frente a esa elección, el poeta no ofrece argumentos, sino imágenes: la paloma equivocada, el ángel podrido, el corazón fiebrudo de Madrid. Imágenes que no se refutan, se viven. Y quien las vive, deja de ser idiota. Esa es, quizá, la única victoria posible: no enterrar a nadie en el mar, sino sacar a los ángeles de las alcantarillas y devolverles el vuelo, aunque sea un vuelo herido, pero siempre hacia el sur, hacia el trigo, hacia el alba que, por fin, vendrá a verlos.
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