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La teoría como práctica social.

 

La teoría como práctica social

Tesis para una militancia que estudia


I. El problema

Durante décadas, la izquierda revolucionaria arrastró una contradicción no resuelta: la separación entre teoría y práctica. De un lado, los "teóricos", que estudiaban a Marx, Lenin y Mao en círculos cerrados, producían documentos y análisis, pero rara vez pisaban una fábrica o un barrio. Del otro, los "prácticos", que se jugaban la vida en la militancia cotidiana, pero despreciaban el estudio, considerándolo una actividad burguesa, improductiva, ajena a la lucha.

Esa separación es falsa. Y es contrarrevolucionaria. Porque la teoría sin práctica se convierte en escolasticismo, y la práctica sin teoría se convierte en aventurerismo. La una no transforma nada; la otra se agota en sí misma.

La tesis que sostengo es simple: la teoría es una forma de práctica social. No es su opuesto. No es su complemento. Es una de sus formas. Y como tal, debe ser ejercida con el mismo rigor, la misma disciplina y la misma entrega que cualquier otra forma de práctica revolucionaria.


II. Marx: la unidad rota y la unidad recuperada

Marx rompió con la filosofía idealista alemana precisamente porque esta separaba el pensamiento de la acción. Los jóvenes hegelianos creían que bastaba con criticar las ideas para transformar el mundo. Marx les respondió con la Tesis XI sobre Feuerbach: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo."

Esa frase se ha citado mil veces, a menudo mal. No significa que la interpretación no sirva. Significa que la interpretación debe estar al servicio de la transformación. El conocimiento no es un fin en sí mismo; es un medio para la acción revolucionaria.

Pero Marx fue más lejos. En La ideología alemana, plantea que las ideas dominantes son las de la clase dominante. Eso significa que producir teoría revolucionaria es una forma de lucha de clases. No es una actividad neutral, contemplativa, ajena al conflicto social. Es una intervención en ese conflicto.

El que estudia a Marx no está "fuera" de la lucha. Está dentro, en el terreno de la producción de conocimiento. Y ese terreno es tan disputado como la fábrica o la calle.


III. Lenin: sin teoría no hay movimiento

Lenin lo entendió con una claridad meridiana: "Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario." No era una frase retórica. Era una conclusión estratégica.

¿Por qué? Porque sin teoría, el movimiento obrero se queda en el economicismo, en la lucha por reivindicaciones inmediatas, sin perspectiva de poder. La teoría es lo que permite ver más allá de lo inmediato, identificar las contradicciones principales, trazar la estrategia, organizar el partido.

En ¿Qué hacer?, Lenin ataca a los "economicistas" que despreciaban la teoría. Su argumento es que la clase obrera, por sí sola, solo puede llegar a una conciencia sindical, no revolucionaria. La conciencia revolucionaria se construye, se produce, se introduce desde fuera. Y ese "desde fuera" no significa desde la burguesía, sino desde la teoría revolucionaria, que es un producto colectivo de la lucha de clases.

Estudiar, para Lenin, era una tarea del partido. No una actividad individual, no un lujo de intelectuales, sino una práctica militante. Los cuadros debían formarse teóricamente con el mismo rigor con que se preparaban militarmente.


IV. Mao: el conocimiento como proceso práctico

Mao sistematizó todo esto en Sobre la práctica. Su tesis central es que el conocimiento nace de la práctica social, se eleva a conocimiento racional, y vuelve a la práctica para transformarla. Es un ciclo infinito: práctica → conocimiento → práctica → conocimiento.

Pero hay un punto que a menudo se pasa por alto: Mao dice que la práctica social tiene tres formas: la producción material, la lucha de clases y la experimentación científica. Y añade algo crucial: "El hombre, como ser social, participa en todos los dominios de la vida práctica de la sociedad."

Eso significa que estudiar es una forma de práctica social. No es una actividad separada de la lucha de clases. Es una forma específica de esa lucha. El que estudia está produciendo conocimiento, y ese conocimiento, si es correcto, se convierte en fuerza material cuando es dominado por las masas.

Mao lo dice explícitamente en ¿De dónde provienen las ideas correctas?: "Una vez dominadas por las masas, las ideas correctas se convertirán en una fuerza material para transformar la sociedad y el mundo."

El estudio, entonces, no es contemplación. Es producción de fuerzas productivas revolucionarias.


V. Gramsci: el intelectual orgánico

Gramsci llevó esta idea a su culminación con el concepto de intelectual orgánico. Para él, todos los hombres son intelectuales, pero no todos ejercen esa función en la sociedad. El intelectual orgánico es el que organiza la producción de conocimiento al servicio de una clase.

El intelectual tradicional (el académico, el profesor, el periodista) cree que su saber está por encima de las clases. Es una ilusión. En realidad, produce conocimiento que sirve a la clase dominante. El intelectual orgánico, en cambio, asume su función de clase: produce conocimiento para la clase obrera, para el pueblo, para la revolución.

Eso implica una ruptura con la concepción contemplativa del estudio. Estudiar no es acumular erudición. Es organizar la cultura al servicio de un proyecto político. Es construir hegemonía. Es disputar el sentido común.

Y esa disputa es práctica social. Es una forma de intervención en la realidad, tan concreta como una huelga o una manifestación.


VI. La experiencia argentina: el FRIP y las Cuatro Tesis

La experiencia del FRIP es un ejemplo concreto de lo que venimos diciendo. Los compañeros de Santiago del Estero no se limitaron a leer a Marx o a Mao. Estudiaron su realidad. Analizaron los ingenios, la zafra, la FOTIA, la superexplotación, la concentración obrera.

De ese estudio surgieron las Cuatro Tesis sobre el Norte Argentino. No fueron un ejercicio académico. Fueron un instrumento de lucha. Definian la estrategia, identificaban el sujeto revolucionario, trazaban el camino.

Ese estudio fue práctica social porque:

  1. Partió de la realidad concreta.

  2. Identificó las contradicciones concretas.

  3. Determinó el aspecto principal.

  4. Produjo una conclusión estratégica.

  5. Esa conclusión guio la acción.

El FRIP no estudió para saber más. Estudió para transformar. Y ese estudio fue tan militante como la inserción en los ingenios o la preparación de la lucha armada.


VII. El error de la izquierda argentina

El PRT-ERP, las FAR, la OCPO —todas las organizaciones de los 70— cometieron un error recurrente: subordinaron el estudio a la urgencia. La represión, la clandestinidad, la necesidad de actuar, todo empujaba a dejar el estudio para después. "Primero la acción, después la teoría."

Eso fue un error. No porque la acción no fuera urgente. Sino porque sin teoría, la acción se vuelve ciega. El foquismo, el militarismo, la subestimación del trabajo de masas, la confusión sobre el sujeto revolucionario —todos esos errores tuvieron raíz teórica. No se estudiaron a fondo las contradicciones concretas. No se analizó con rigor la realidad argentina.

La OCPO, paradójicamente, fue la que más insistió en la formación teórica. Sus militantes leían a Lenin, a Mao, a Gramsci, a Rosa Luxemburgo. Pero también fue la que más sufrió la represión. No hubo tiempo para que ese estudio madurara.


VIII. La lección de Juan Prim

He dicho en otra parte: "Estudiar también es, o debe ser, práctica social." La cita es exacta. Y es una corrección a la manera en que muchas veces entendemos el estudio.

Estudiar no es leer por leer. No es acumular citas. No es prepararse para "después". Estudiar es la práctica. Es una forma de intervención en la realidad. Es producir conocimiento para transformar.

El que estudia está trabajando para la revolución, igual que el que organiza una huelga o el que prepara una acción armada. La diferencia es el terreno: uno produce fuerzas materiales, otro produce fuerzas espirituales. Pero ambas son fuerzas productivas en el sentido revolucionario.

Y como toda práctica social, el estudio tiene sus reglas, su disciplina, su método. No se estudia de cualquier manera. Se estudia con rigor, con sistematicidad, con espíritu crítico. Se estudia para comprender la realidad concreta y transformarla.


IX. Las enseñanzas de hoy

Hoy, cuando la izquierda argentina busca reconstruirse, la lección sigue vigente. No basta con activismo. No basta con voluntarismo. No basta con repetir consignas.

Hay que estudiar. Estudiar la realidad concreta de la Argentina de hoy. Estudiar las contradicciones. Identificar el aspecto principal. Producir teoría propia. Y esa teoría debe estar al servicio de la práctica, no de la contemplación.

Pero también hay que practicar el estudio. Convertirlo en una actividad colectiva, organizada, sistemática. No un lujo individual, sino una tarea del partido. No una actividad separada de la lucha, sino una forma de la lucha.

Y hay que romper con la falsa oposición entre teoría y práctica. El que estudia no está "fuera" de la militancia. Está en uno de sus frentes. El que milita no está "fuera" del estudio. Está produciendo conocimiento con su práctica.

La unidad de teoría y práctica no es una consigna abstracta. Es una tarea concreta. Se construye día a día, en el estudio y en la acción, en la reflexión y en la organización.


X. Conclusión: la tesis

La teoría es práctica social.

No es su opuesto. No es su complemento. Es una de sus formas. Como tal, debe ser ejercida con el mismo rigor, la misma disciplina y la misma entrega que cualquier otra forma de práctica revolucionaria.

Estudiar es producir conocimiento. Producir conocimiento es producir fuerzas productivas. Producir fuerzas productivas es transformar la realidad.

El que estudia, milita. El que milita, estudia. No hay oposición. Hay unidad dialéctica.

Y esa unidad es la que permite que la revolución sea posible. Porque sin teoría, la práctica es ciega. Y sin práctica, la teoría es estéril.


Joan Prim, 2026

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