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Las FAR

 

El Pensamiento de las FAR: Marxismo, Peronismo y Lucha Armada

Material didáctico para la formación de cuadros

Introducción

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) no fueron una organización más en el campo de la izquierda armada argentina. Fueron expresión de un cauce de radicalización política distinto al que dio lugar al resto de las organizaciones armadas peronistas. Su perfil distintivo remite a un conjunto de preocupaciones analíticas particulares, a una cultura política propia, a una concepción del mundo que no se reduce ni al PRT-ERP ni a Montoneros.

Entender las FAR es entender cómo un grupo de cuadros formados en el marxismo llegaron a asumir el peronismo como identidad política propia sin abandonar ni el método marxista de análisis ni el objetivo final del socialismo. Esa operación teórica y política es la marca de origen de las FAR. Como resume Gasparini, "la operación intelectual de la FAR consistió reivindicar al peronismo como identidad política, al marxismo como método de análisis de la realidad nacional y al socialismo como objetivo final del proceso revolucionario que impulsaban".

1. Los orígenes: La doble ruptura

Los fundadores de las FAR atravesaron un proceso de doble ruptura —política e ideológica— respecto de sus partidos de origen: el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionario-Praxis (MIR-P). Esa ruptura no fue un simple cambio de organización, sino una reconfiguración profunda de la cultura política de sus fundadores.

Entre 1966 y 1969, esos grupos participaron de distintas experiencias guevaristas. Primero viajaron a Cuba buscando sumarse a la campaña del Che en Bolivia. Tras su muerte, formaron parte de la continuación de aquel proyecto bajo el mando de "Inti" Peredo, uno de los combatientes bolivianos de Guevara. En 1970 esos grupos se fusionaron, sumaron nuevos contingentes militantes y se presentaron públicamente bajo la sigla FAR con la toma de la localidad bonaerense de Garín, el 30 de julio de 1970.

Los fundadores más conocidos fueron Carlos Olmedo, Roberto Quieto y Marcos Osatinsky. Olmedo, lingüista y filósofo formado en Francia, discípulo de Louis Althusser, era el máximo dirigente de la organización. Quieto, abogado brillante, había comenzado su militancia en la Federación Juvenil Comunista. Osatinsky, nacido en Tucumán, había sido dirigente del PC antes de apartarse para incorporarse al Ejército de Liberación Nacional formado por el Che en Bolivia.

2. La tríada fundamental: Marxismo como método, peronismo como identidad, socialismo como fin

La definición política de las FAR quedó plasmada con claridad en el reportaje "Los de Garín", publicado en abril de 1971 en la revista Cristianismo y Revolución. Allí, Carlos Olmedo ensayó una argumentación donde las FAR asumieron el peronismo como identidad, la guerra del pueblo como método y la sociedad socialista como fin.

2.1. El marxismo como método de análisis

Olmedo sostenía que el marxismo era una ciencia, no una ideología. Que no podía ser al mismo tiempo ni una ideología ni una bandera política universal. Para sustentar su afirmación, reseñaba los objetivos de la obra de Marx, señalando que aquel se había limitado a defender la vigencia de la concepción materialista de la historia como descripción científica. Es más, recordaba que el propio Marx había declarado no ser marxista, rechazando que su teoría pudiera suplantar el estudio de la realidad.

Olmedo cuestionaba las asimilaciones del ERP entre la clase social de pertenencia y la ideología sustentada: no se podía ser marxista y mantenerse en otra clase que no sea la obrera sin ser inconsecuente. Para Olmedo, la dinámica ideológica del capitalismo analizada por Marx explicaba por qué un trabajador, pese a su ubicación en el proceso productivo, podía no adherir a las concepciones del socialismo científico. Y que debía transcurrir mucho tiempo hasta que las condiciones materiales estuvieran maduras para que la clase obrera impulsara consignas socialistas.

Lo importante, sostenía, era la lucha consecuente en defensa de los intereses de los trabajadores, lo cual no venía determinado mecánicamente por la extracción de clase del militante. En virtud de ello, impugnaba también la "proletarización", una práctica extendida entre los militantes del PRT-ERP.

2.2. El peronismo como identidad política

La "opción por el peronismo" no era táctica. Era estratégica. Las FAR apostaban al peronismo como un movimiento con potencial revolucionario, capaz de desarrollar lo revolucionario desde adentro mismo. No era una concesión a la coyuntura. Era una lectura de la composición de clases del peronismo, de su arraigo en la clase obrera, de su capacidad de movilización.

Como recordaba Mercedes De Pino, exmilitante de las FAR: "considerábamos al peronismo como un paso hacia la revolución. Pero no veíamos a Perón como un líder revolucionario (…). Nunca compartimos la idea de la Comunidad Organizada (…) así como tampoco el fifty-fifty. Nosotros creíamos en la lucha de clases, no en la alianza de clases".

Las FAR asumieron el peronismo como identidad política propia de modo crítico. No era un peronismo ingenuo ni acrítico. Era un peronismo leído desde el marxismo, un peronismo que se sabía atravesado por contradicciones, pero que se reconocía como el terreno concreto donde se libraba la lucha de clases en la Argentina.

2.3. El socialismo como objetivo final

El objetivo final era el socialismo. Sin dejar de reclamar una lectura marxista de la realidad nacional, las FAR asumieron el peronismo como identidad política propia, pero nunca abandonaron el horizonte socialista.

Esa conjunción entre peronismo y socialismo era lo que distinguía a las FAR de otras organizaciones. No se trataba de "peronizar" el socialismo ni de "socializar" el peronismo. Se trataba de reconocer que en la experiencia histórica del peronismo —en la conciencia que la clase obrera argentina había desarrollado a través de esa experiencia— había elementos que podían ser radicalizados en un sentido socialista.

3. La polémica con el PRT-ERP: La definición que nos constituye

La identidad de las FAR no se entiende sin la polémica que mantuvo con el PRT-ERP entre abril y noviembre de 1971. La discusión se desarrolló a partir de la publicación del reportaje "Los de Garín", que fue contestado con un documento emitido por un grupo de presos del ERP recluidos en la Cárcel de Encausados de Córdoba. Ese documento tuvo a su vez como réplica un escrito del dirigente de las FAR Carlos Olmedo, los "Aportes al proceso de confrontación de posiciones y polémica pública que abordamos con el ERP". Gasparini señala que se trató de "uno de los debates político-intelectuales más importantes dentro del activismo armado argentino, puesto que desplegó, de modo paradigmático, las principales controversias que separaban a las organizaciones armadas de la izquierda marxista de aquellas identificadas con la izquierda peronista".

3.1. La posición del PRT-ERP: El peronismo como bonapartismo burgués

El PRT-ERP definía al peronismo como el bonapartismo que pretendía eliminar la lucha de clases. En sus documentos fundacionales expresaban:

"Siendo esta ideología la burguesa, de conciliación de clases, impresa por la dirección bonapartista a todo el movimiento, los sectores obreros que permanentemente han tratado de vertebrar un 'peronismo obrero' o 'peronismo revolucionario' se ven más tarde o más temprano, limitadas, embretados por el chaleco de fuerza de la ideología oficial de su líder y de su movimiento."

Por eso, la política del PRT-ERP frente al peronismo tenía dos aspectos: unidad en la acción con las organizaciones armadas peronistas —"nuestras hermanas en la guerra revolucionaria"—, pero al mismo tiempo "lucha ideológica sin cuartel contra las propuestas burguesas y proburguesas del peronismo".

Santucho consideraba que el peronismo era una trampa: un movimiento que, con su ideología de conciliación de clases, impedía que los trabajadores desarrollaran una conciencia revolucionaria autónoma. La tarea del partido de vanguardia era, entonces, aportar "desde el exterior" esa conciencia socialista que la clase obrera no podía generar por sí misma en el marco de la experiencia peronista.

3.2. La respuesta de Olmedo: Ideología y experiencia

Para las FAR, el punto nodal del debate era otro. Olmedo cuestionaba la antítesis tajante entre ideología socialista e ideología burguesa abstraída de las luchas concretas de los trabajadores. No había una relación mecánica entre clase social e ideología. Podía haber asalariados que se jugaran la vida por intereses que no eran los suyos, y podía haber intelectuales de origen burgués que asumieran la causa de los trabajadores.

Olmedo lo ejemplificaba con la muerte del cabo Sulling durante la toma de Garín:

"Sulling se resistió absurdamente y nos vimos obligados a disparar sobre él. Esto se ha repetido docenas de veces en combates nuestros y de otras organizaciones armadas […] Pensamos que una vez más es preciso insistir, no hablando ya para el enemigo, sino para los asalariados que se juegan la vida por intereses que no son de ellos."

La conducta de ciertos trabajadores no se correspondía con las tareas revolucionarias que les asignaba la teoría. Dicho en otras palabras: no había una relación mecánica entre clase social e ideología. La conciencia no venía determinada por la extracción de clase, sino por la práctica política concreta.

Para las FAR, era en la "experiencia" peronista de los trabajadores donde se hallaban los elementos de la conciencia obrera que, de ser radicalizados, podían conducir al socialismo. No había que "inyectar" conciencia desde afuera, sino radicalizar la conciencia que ya existía, forjada en décadas de lucha y organización.

3.3. La cuestión internacional y el internacionalismo concreto

Olmedo también respondía a la concepción internacionalista del PRT-ERP. Sostenía que la política marxista a nivel mundial que postulaba el ERP no existía. Para el dirigente de las FAR, solo existían movimientos de liberación nacional que luchaban en distintos países contra el imperialismo a partir de las condiciones específicas de sus pueblos y de las banderas que aquellos habían hecho suyas. Era sobre la base de esas luchas concretas —y no de "organismos burocráticos" como la IV Internacional— que los pueblos de Indochina habían logrado forjar su solidaridad activa contra el imperialismo.

Este punto es fundamental para entender el internacionalismo de las FAR. No era un internacionalismo abstracto, de adhesión a potencias o a organismos. Era un internacionalismo concreto, basado en la solidaridad activa con los pueblos que luchaban. Cuba, Vietnam, el Tercer Mundo. Esos eran los referentes reales, no las capitales europeas ni los aparatos burocráticos.

4. La ubicación de las FAR: Entre dos fuegos

Hay una frase de Marcos Osatinsky que define como pocas la posición de las FAR en el campo revolucionario argentino. Decía Osatinsky que las FAR, como Fuerzas Armadas Revolucionarias, se ubicaban entre el peronismo de los Montoneros y el marxismo-leninismo del ERP. No era una descripción geográfica, sino una definición política. Las FAR no eran ni una cosa ni la otra. Eran una síntesis: el marxismo como método de análisis, el peronismo como identidad, el socialismo como fin. Esa posición intermedia no era una debilidad ni una indefinición. Era el resultado de una operación teórica y política deliberada, la misma que había llevado a Olmedo a discutir con el PRT-ERP y a Quieto a clausurar el debate en 1973 con la afirmación de que la unidad solo era posible dentro del peronismo.

Las FAR ocupaban ese lugar porque su apuesta era radicalizar la experiencia peronista de los trabajadores, no competir con ella desde fuera. El ERP, en cambio, construía un partido de vanguardia marxista-leninista que aspiraba a conducir a la clase obrera a pesar del peronismo. La distancia entre ambas concepciones era estratégica, no táctica. Y esa distancia explica por qué la unidad con el ERP no prosperó y por qué la fusión con Montoneros sí.

5. La búsqueda de la unidad y el viraje hacia Montoneros

Mientras la polémica con el PRT-ERP se desarrollaba, las FAR transitaban un proceso de acercamiento a Montoneros. Para fines de 1972, el acercamiento estaba encaminado. Hay que tener en cuenta que en ese momento los dos principales líderes de las FAR —Quieto y Marcos Osatinsky— estaban presos, lo que condicionaba las decisiones orgánicas.

A mediados de 1972, las FAR se sumaron a la campaña del peronismo, al igual que Montoneros. Ese mismo año, la fuga del penal de Rawson —planificada conjuntamente por el ERP, FAR y Montoneros— fue un hito en la tendencia hacia la unificación de las organizaciones armadas. En la entrevista que Osatinsky, Santucho y Vaca Narvaja dieron a la revista Punto Final en noviembre de 1972, Santucho señalaba:

"Es importante señalar que esto ha sido un hito de la tendencia hacia la unificación de las organizaciones armadas. Esto no es de ninguna manera casual ni circunstancial, es producto del estrechamiento de los vínculos entre nuestras organizaciones."

En esa misma entrevista, Osatinsky definía la política revolucionaria en términos de evaluación concreta de la correlación de fuerzas: "Los revolucionarios acostumbramos hacer una evaluación de la correlación de fuerzas, para de ahí sacar conclusiones y marcarnos objetivos que permitan ir avanzando en nuestras estrategias para la toma del poder y la construcción del socialismo en nuestro país".

Pero la unidad con el PRT-ERP no prosperó. Las diferencias estratégicas sobre el peronismo eran demasiado profundas. La unidad que sí prosperó fue con Montoneros.

5.1. La experiencia de gobierno (1973)

La llegada del peronismo al gobierno en 1973 abrió una etapa nueva. Las FAR se plantearon disputar el sentido del nuevo gobierno, no sólo a partir de la presión de la movilización popular, sino también buscando incidir de forma directa en ámbitos institucionales y de gestión.

Roberto Quieto, quien luego de la muerte de Olmedo pasó a ser el máximo dirigente de las FAR, participó junto a dos dirigentes montoneros en encuentros con Perón, llevando propuestas de la izquierda peronista para el próximo gabinete. En la provincia de Buenos Aires, militantes de FAR participaron del gobierno de Bidegain encabezando la Dirección General de Agricultura y Ganadería. En Mendoza, dirigieron la Subsecretaría de Gobierno y Municipalidades. En Córdoba, contaron con funcionarios de segunda línea y con diputados nacionales, como Rodolfo Vittar, uno de los representantes de la JP en el Congreso.

Las FAR también ocuparon espacios en el ámbito universitario, como la designación de Paco Urondo como director de la Carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Y fueron parte activa de la campaña electoral de la JP de las Regionales para la presidencia de Perón.

Con esta experiencia política las FAR fueron ajustando sus definiciones. La llegada del peronismo al gobierno era considerada una "etapa". Se hablaba entonces de iniciar "una nueva etapa de lucha por la conquista del PODER", y desarrollar esa "etapa de transición" para orientarse hacia "la toma del poder económico y militar".

5.2. La fusión y la clausura del debate (1973)

El 12 de octubre de 1973, Montoneros y FAR anunciaron públicamente su fusión. El acto del 17 de octubre en Córdoba ofició como presentación del proceso de fusión, con la participación de Firmenich y Quieto como oradores centrales ante unas 15.000 personas.

En ese acto, Quieto pronunció un discurso que clausuraba el debate. Su argumento era claro y contundente. Decía Quieto:

"A esta unificación se llega no como resultado de negociaciones de escritorio, esta unificación es producto de muchos años de lucha contra la dictadura militar. De una lucha en donde compartimos la misma trinchera, luchamos contra el mismo enemigo, utilizamos las mismas armas, una unificación que ha sido regada con la sangre de muchos de nuestros compañeros, con la tortura, con la cárcel. Esta unificación es también el resultado de la profundización de coincidencias políticas que se han ido dando al calor de esta lucha y que han concluido hoy con una común visión de la historia de nuestro pueblo, de su futuro y del camino que debe seguir el proceso revolucionario en la Argentina".

Y agregaba:

"El acceso de Perón a la presidencia es un paso importantísimo pero no es suficiente (…) El primer paso es el fortalecimiento de las organizaciones de masas del movimiento como la JP, JUP, UES, movimientos villeros y muy especialmente, la JTP. El frente sindical es el más decisivo porque allí se juega la suerte del proyecto de liberación".

La frase de Quieto —"hay unidad dentro del peronismo. Afuera del peronismo no hay unidad"— no era una consigna vacía. Era la conclusión política de años de debate. Quieto estaba diciendo que la unidad de las fuerzas revolucionarias no podía construirse por fuera del peronismo, en un frente de organizaciones que se definieran exclusivamente por su carácter marxista-leninista. La unidad real, la unidad que tenía arraigo de masas, solo podía construirse dentro del peronismo, disputando su dirección desde adentro.

La fusión se concretó con la aceptación de la prevalencia de Montoneros sobre las FAR en una relación de 5 a 3 en la composición de la nueva conducción nacional. La organización resultante se denominó MONTONEROS, desapareciendo la denominación FAR a partir de la firma del acta.

La frase de Quieto tenía, además, una consecuencia inmediata: cerraba la puerta a cualquier intento de unidad con el PRT-ERP. Si la unidad solo era posible dentro del peronismo, entonces el PRT-ERP —que se definía por fuera del peronismo, como partido marxista-leninista— quedaba excluido de esa unidad. No por una decisión sectaria, sino por una lectura política: la unidad que no se construía sobre el terreno concreto de las masas peronistas era una unidad de aparatos, no de fuerzas reales.

6. La concepción de la guerra del pueblo

Las FAR asumieron la guerra del pueblo como método. Pero no se trataba de una concepción militarista ni de un culto a la violencia por la violencia misma. Se trataba de una concepción política de la guerra.

La organización entendía fundamentalmente la realización de acciones político-militares que actuaran como "un foco irradiador de conciencia acerca de la posibilidad del cambio revolucionario". No se trataba de acciones militares puras, sino de acciones que tenían una función política: demostrar que el cambio era posible, que el enemigo no era invencible, que había una alternativa.

Las FAR fundamentaban por qué no se debía disociar lo político de lo militar. La guerra del pueblo no era una cuestión de técnica militar, sino de política. El pueblo armado era el sujeto de la guerra, no un ejército profesional separado de las masas.

7. Quieto: La lucidez de ver el golpe antes de que llegara

Roberto Quieto fue el cuadro más lúcido de aquella generación. Abogado brillante, formado en la Federación Juvenil Comunista, fundador de las FAR y artífice de la fusión con Montoneros en 1973, era en la práctica el número dos de la organización y el responsable militar a nivel nacional hasta el día de su desaparición. Pero su lucidez no era solo militar. Era, sobre todo, política.

Hacia 1975, Quieto empezó a ver lo que otros no veían. Mientras la conducción de Montoneros —Mario Firmenich y Roberto Perdía, el "1" y el "2"— sostenía una estrategia de militarismo creciente, Quieto hacía una evaluación negativa de esa política. Consideraba que el militarismo condicionaba el rumbo de la organización y la conducía hacia la derrota. Su pronóstico era una "inexorable derrota", que contradecía los planes triunfalistas de Montoneros en favor del golpe de Estado para "desenmascarar" al verdadero enemigo y enfrentarlo en una "guerra popular y prolongada".

Frente a ese diagnóstico, Quieto proponía otra cosa. No la rendición, no el abandono de la política revolucionaria, sino un giro táctico: romper el progresivo aislamiento de la guerrilla, dialogar con las fuerzas políticas y sumarse a una oposición civil que impidiera el golpe de Estado. En términos concretos, Quieto proponía fortalecer la oposición civil al gobierno de Isabel Perón y adelantar las elecciones en un intento por evitar el golpe de Estado; optaba por hacer prevalecer la acción política sobre la lucha armada. Es decir: hacer prevalecer la acción política sobre la lucha armada, en un intento por evitar lo que veía venir.

La voz de Quieto, proveniente de las FAR, "no tenía incidencia en el alto mando montonero; estaba apartado de las decisiones". Frente a un potencial disidente político, antes que promover el debate interno, para Montoneros fue más simple acusarlo por su "debilidad política" y de "situaciones familiares irresueltas" y aplicar sobre él un mensaje interno disciplinador. En octubre de 1975, Firmenich impuso la línea del militarismo, y la posición de Quieto fracasó.

Visto desde hoy, Quieto tenía razón. El golpe de marzo de 1976 llegó, y con él llegó el genocidio. La "guerra popular y prolongada" que la conducción montonera anunciaba como respuesta al golpe nunca se materializó. Lo que se materializó fue la represión más brutal que haya conocido la Argentina. Quieto no vivió para verlo, pero su diagnóstico fue exacto: la política militarista conducía a la derrota, y la derrota llegó.

8. La imprudencia y el secuestro

En diciembre de 1975, Quieto era un hombre apartado de las decisiones, criticado internamente, pero todavía en funciones. El 28 de diciembre fue a visitar a su familia —su esposa Alicia Testai y sus dos hijos, Paola y Guido— en la localidad de Martínez, en la zona norte del Gran Buenos Aires. Fue una imprudencia. Lo sabía. La clandestinidad exigía cortar los lazos familiares, y Quieto, aun en la clandestinidad, "se permitía visitar a su mujer y a sus hijos".

Fue secuestrado en el recreo denominado "Playa Grande", en Martínez, a las 19:15 horas del 28 de diciembre de 1975. Lo capturó un grupo de tareas de las fuerzas de seguridad que se identificaron como policía federal. Tenía 37 años. Fue trasladado a la Guarnición Militar de Campo de Mayo, donde fue sometido a brutales torturas.

La reacción de Montoneros fue la "doble condena". Un mes y medio después de su secuestro, Quieto fue sometido en ausencia a un juicio por "deserción y delación". El 14 de febrero de 1976, el Tribunal Revolucionario lo encontró culpable de "deserción en operación y delación", y lo condenó a muerte y a degradación. Es decir: si a fines de 1975 Quieto había sido secuestrado por los militares, la conducción montonera reforzaba la pena: en caso de que apareciera, ellos proponían matarlo.

Los cargos eran dos: que se había entregado con vida y que habría proporcionado información al enemigo sobre citas y locales de la organización. La conducción montonera había establecido como mandato que sus militantes debían resistir la tortura con "firmeza política e ideológica" y, en el caso de los miembros de la conducción, ingerir una pastilla de cianuro para no entregarse vivos. Quieto no llevaba cianuro.

Pero la investigación de Alejandra Vignollés, plasmada en su libro Doble condena, refuta la versión oficial de la cúpula montonera. Vignollés demuestra que la supuesta traición de Quieto nunca fue comprobada. Y lo que es más importante: Quieto, cuando fue secuestrado, había preservado la infraestructura, la logística, las finanzas, e incluso la vida de los miembros del Tribunal que luego lo condenaría. Lo poco, y aún sujeto a dudas, que había "entregado", lo había hecho 48 horas después de que su familia denunciara el secuestro en la radio y los diarios. Es decir: cuando ya era público que estaba en manos del enemigo.

Un oficial de inteligencia militar de la época declaró que "Quieto no dio 'información táctica'". Y el análisis más riguroso sobre su conducta bajo tortura establece que Quieto soportó la tortura durante 24 horas antes de dar información, respetando las normas vigentes de la organización en ese momento.

Quieto no "cantó" en el sentido de quebrarse inmediatamente y entregar todo lo que sabía. Resistió. Resistió todo lo que un ser humano puede resistir. Y cuando finalmente habló, lo hizo después de un día entero de tortura, cuando su secuestro ya era de conocimiento público, y sin comprometer la infraestructura esencial de la organización. Quieto se hizo matar. No hay una declaración explícita de "me hago matar", pero la trayectoria de sus últimas horas apunta en esa dirección: su decisión de visitar a su familia, consciente del riesgo, su resistencia de 24 horas antes de hablar, y su negativa a llevar el cianuro que la conducción le exigía, configuran una conducta que puede leerse como una búsqueda de la muerte antes que la entrega.

Como resume Lila Pastoriza, Quieto fue privado doblemente de defensa: por las fuerzas de seguridad que lo secuestraron y torturaron, y por los Montoneros que lo juzgaron y condenaron a muerte en ausencia. El juicio a Quieto tuvo un valor "realmente simbólico", según Firmenich. "Era un juicio que en definitiva implicaba establecer jurisprudencia para la conducta ante la represión que se avecinaba". No era una evaluación serena de lo que Quieto había hecho. Era un mensaje disciplinador para el resto de la militancia. Presentarlo como un traidor era la forma de decirle a todos los demás: no hay excusa, no hay tortura que justifique hablar, el que habla es un traidor y merece la muerte.

Quieto no fue un traidor. Fue un cuadro que se equivocó al visitar a su familia, que resistió la tortura todo lo que pudo, y que pagó esa resistencia con la vida y con la memoria. La conducción montonera lo condenó por no haber muerto en la tortura, por no haber llevado el cianuro, por no haberse ajustado a un ideal de "hombre nuevo" que exigía un heroísmo imposible de garantizar de antemano.

Visto desde hoy, la "doble condena" de Quieto —la de los militares y la de su propia organización— es una de las páginas más oscuras de la historia de Montoneros. No porque Quieto fuera un santo, sino porque la organización que él había ayudado a fundar lo condenó por no haber muerto en la tortura, cuando él había advertido que la política militarista que esa misma organización impulsaba conducía a la derrota. Quieto vio el golpe antes de que llegara, propuso una salida política antes de que fuera tarde, y fue derrotado internamente por una conducción que prefirió el militarismo a la política.

9. Lo que esta historia nos deja

El pensamiento de las FAR se resume en una operación teórica y política de enorme audacia: articular el marxismo como método de análisis con el peronismo como identidad política y el socialismo como objetivo final. Esa operación no fue un eclecticismo ni una concesión. Fue el resultado de un análisis concreto de la realidad argentina, de una lectura de la composición de clases del peronismo, de una apuesta estratégica por radicalizar la experiencia histórica de la clase obrera argentina.

Las FAR se ubicaban entre el peronismo de Montoneros y el marxismo-leninismo del ERP, como decía Osatinsky. Quieto encarnó esa posición intermedia con lucidez: vio el golpe antes de que llegara, propuso una salida política antes de que fuera tarde, y fue derrotado internamente por una conducción que prefirió el militarismo a la política.

Visto desde hoy, Quieto tenía razón. No porque fuera infalible, sino porque su diagnóstico sobre la correlación de fuerzas era correcto. La guerrilla no podía derrotar al ejército en una guerra convencional. La única salida posible era política: ampliar la oposición civil, aislar a los sectores golpistas, impedir el golpe. Esa salida no se intentó. Y el precio fue el genocidio.

Las FAR nos dejaron un método: evaluar la correlación de fuerzas, sacar conclusiones, marcarse objetivos que permitan ir avanzando, no quedarse anclado en una etapa que ya pasó. Nos dejaron una concepción del partido: no un partido que viene de afuera a inyectarle conciencia a las masas, sino un movimiento político organizado que se construye desde la experiencia concreta de los trabajadores. Nos dejaron una concepción de la guerra: la guerra del pueblo como método, no como culto a la violencia. Y nos dejaron un internacionalismo: concreto, basado en la solidaridad activa con los pueblos que luchan, no en la adhesión a potencias o a organismos burocráticos.

La clausura del debate por Quieto en 1973 no fue un cierre dogmático. Fue una decisión política. Quieto no dijo "no debatimos más porque tenemos razón". Dijo "la unidad está dentro del peronismo". Es una afirmación positiva, no negativa. No cierra el debate por decreto, lo resuelve por la práctica.

Ese es el marco FAR. No un catecismo, no una identidad cerrada, no una suma de consignas. Un método. Una cultura política. Una forma de pensar y de actuar.

Bibliografía mínima

  • FAR. "Los de Garín". Cristianismo y Revolución, N° 28, abril de 1971.

  • FAR. "Aportes al proceso de confrontación de posiciones y polémica pública que abordamos con el ERP". 1971.

  • Campos, Esteban Javier. "Marxismo, ideología y experiencia en el debate entre las FAR y el PRT-ERP". CONICET, 2013.

  • González Canosa, Mora. "Libres o muertos, jamás esclavos. Marxismo, peronismo y lucha armada: las Fuerzas Armadas Revolucionarias en la Argentina de los primeros setenta". IdIHCS/UNLP-CONICET.

  • González Canosa, Mora. "Políticas de construcción del peronismo: El discurso de las FAR en los albores de la década del setenta en Argentina". Tempo e Argumento, 7(14), 2015.

  • Gasparini, Juan. Montoneros: final de cuentas. La Plata: De la Campana, 2008.

  • Vignollés, Alejandra. Doble condena: La verdadera historia de Roberto Quieto. Sudamericana, 2011.

  • El Descamisado, Año I, N° 23, 23 de octubre de 1973. Discurso de Roberto Quieto en el acto del 17 de octubre de 1973.

  • Punto Final, Chile, 12 de noviembre de 1972. Entrevista a Santucho, Osatinsky y Vaca Narvaja.



Apéndice: El lenguaje como arma. La tajada que te roba el patrón

Hay un método que las FAR aplicaron con una eficacia que sus propios documentos no siempre registran con precisión, pero que la memoria militante conserva: el uso del lenguaje como herramienta de acercamiento a los obreros para organizarlos. No se trataba de "inyectar" conciencia desde afuera, como sostenía el PRT-ERP. Se trataba de hacer brotar desde adentro los elementos de conciencia que ya existían en la experiencia de los trabajadores.

La clave estaba en la traducción. El cuadro de las FAR no llegaba al obrero con un manual de economía política bajo el brazo. Llegaba con el lenguaje de la fábrica, del barrio, de la vida cotidiana. Y en ese lenguaje, la plusvalía no se explicaba como "plusvalía". Se explicaba como "la tajada que te roba el patrón".

La operación pedagógica

Imaginemos la escena. Un taller, una fábrica, un sindicato. El cuadro de las FAR conversa con los trabajadores. No hay pizarra, no hay consignas abstractas. Hay una pregunta: "¿Cuántas horas trabajás por día?". "Ocho". "¿Y cuántas de esas ocho horas son para vos?". Silencio. "¿Cuántas son para el patrón?". Silencio. "Lo que producís en esas horas que trabajás de más, ¿para quién va?". La respuesta empieza a brotar: "Para el patrón". "Eso que el patrón se lleva sin trabajar, ¿cómo se llama?". "Robo". "Y si te roba todos los días, ¿qué sos?". "Un robado".

Ahí está. La plusvalía explicada en el lenguaje del taller. No como concepto académico, sino como experiencia vivida. El obrero no necesita leer El capital para saber que lo estafan. Necesita que alguien le ponga nombre a lo que ya siente. Eso es lo que hacía el cuadro de las FAR: ponerle nombre a la experiencia. "La tajada que te roba el patrón" es plusvalía. Y una vez que el obrero nombra su experiencia, ya no puede volver a ignorarla.

Hacer brotar desde adentro

Este método era la aplicación práctica de la concepción teórica de las FAR. Para la organización, era en la "experiencia peronista" donde latían, "en estado práctico", los elementos de la conciencia obrera que de ser radicalizados podían conducir al socialismo. No había que inyectar conciencia desde afuera porque la conciencia ya estaba ahí, en la experiencia de los trabajadores. Lo que faltaba era el lenguaje que la hiciera explícita, que la convirtiera en conciencia política de su propia condición.

Las FAR sostenían que el pueblo argentino no era tanto "un pueblo hambreado, como un pueblo ofendido", y que lo que generaba conciencia no era tanto la miseria como la comprensión de que esa miseria constituía una injusticia. Esa comprensión no se imponía desde afuera. Se hacía brotar desde adentro, con las palabras del propio obrero.

La operación era sutil. El cuadro no decía "vos estás explotado". Decía "¿te das cuenta de que el patrón se lleva una tajada de lo que vos producís?". La diferencia es enorme. En el primer caso, el obrero recibe una verdad desde afuera. En el segundo, la descubre él mismo. Y lo que se descubre por uno mismo no se olvida. Se convierte en convicción.

El crecimiento exponencial

Este método explica el crecimiento exponencial de las FAR en los frentes de fábrica. No era un crecimiento por reclutamiento masivo, sino por multiplicación. Cada obrero que entendía el mecanismo de la plusvalía en sus propias palabras podía explicárselo a otro. La tajada que el patrón le robaba a él era la misma que le robaba al compañero de al lado. Y esa comprensión compartida era la base de la organización.

El cuadro de las FAR no organizaba a los obreros como marxistas abstractos. Los organizaba como trabajadores que habían entendido, en su propio lenguaje, el mecanismo de su explotación. El marxismo no era la bandera que se les entregaba, sino el método que les permitía analizar su propia realidad. Y ese análisis, hecho con sus propias palabras, los convertía en sujetos de su propia liberación.

De ahí el crecimiento exponencial: un obrero que entendía se convertía en multiplicador. No porque le hubieran inyectado una ideología, sino porque le habían dado las herramientas para nombrar su experiencia. Y una vez que uno nombra su experiencia, ya no puede volver atrás.

La confirmación de la polémica

Este método práctico confirma la posición teórica que las FAR sostuvieron en su polémica con el PRT-ERP. No había que "inyectar" conciencia desde afuera porque la conciencia ya estaba en la experiencia de los trabajadores. Lo que había que hacer era radicalizarla, hacerla explícita, organizarla. El lenguaje era el vehículo. "La tajada que te roba el patrón" era el puente entre la experiencia vivida y la conciencia política.

Como escribió Mora González Canosa, "para las FAR era en la 'experiencia peronista' donde se hallaban los elementos de la conciencia obrera que podían ser radicalizados en una dirección socialista". La tajada que el patrón le robaba al obrero era la plusvalía. Y la plusvalía era el secreto del capitalismo. Un secreto que, una vez descubierto con las propias palabras, ya no podía volver a ocultarse.

Eso era el método FAR. No inyectar desde afuera, sino hacer brotar desde adentro. Y el lenguaje —el lenguaje del obrero, no el del manual— era el arma.

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