El sueño de la revolución importada
Por qué el maoísmo triunfó en China y se estrelló en Argentina
I. La pregunta que no se puede eludir
Camarada lector, permítame comenzar con una pregunta que escuece. Una que he escuchado en reuniones de militantes, en charlas de café, en los silencios que siguen a un balance amargo:
"Los maoístas en China todo lo que tocan lo convierten en avance hacia el comunismo. Los maoístas argentinos todo lo que tocan lo rompen. ¿Por qué?"
No es una pregunta cómoda. No se resuelve con una consigna ni con un "es culpa del imperialismo". Exige mirar el pasado sin anestesia, desnudar los huesos de una experiencia que nos duele y reconocer que, en gran medida, fracasamos porque intentamos importar una revolución que no era la nuestra.
No fue falta de coraje. No fue falta de inteligencia. Fue, sencillamente, que China no es Argentina. Y aplicar la estrategia de un país a otro sin las necesarias mediaciones no es revolución: es un error histórico con consecuencias trágicas.
II. La revolución china: el triunfo de la necesidad
Para entender por qué funcionó en China, hay que poner los pies en la tierra de Mao Tse-Tung.
China, en la primera mitad del siglo XX, era:
Un país semifeudal y semicolonial, sometido a las potencias extranjeras y gobernado por señores de la guerra.
Un país de campesinos: el 80% de su población vivía en el campo, en condiciones de miseria extrema.
Un Estado débil, que no controlaba vastas regiones del territorio.
Un partido comunista que, desde 1921, había forjado una tradición de lucha y una unidad orgánica que ninguna fractura pudo quebrar.
En ese contexto, la guerra popular prolongada no era una opción: era la única vía posible. No había fábricas donde organizar a la clase obrera porque la clase obrera era diminuta. No había ciudades que pudieran ser tomadas por asalto porque el ejército del Kuomintang las controlaba con mano de hierro. El camino era el campo: organizar a los campesinos, construir bases de apoyo, rodear las ciudades.
Mao lo expresó con una frase que se convertiría en manual: "El poder nace del fusil". No era un culto a la violencia. Era una constatación material: en China, solo la fuerza armada podía derrocar a un régimen que se sostenía sobre la coerción y el atraso.
Y el Partido Comunista Chino tuvo una ventaja decisiva: la unidad. Nunca se fragmentó en cuatro o cinco partidos que disputaran la misma herencia teórica. La Larga Marcha, la guerra contra Japón, la revolución de 1949: todo eso forjó un partido que era un bloque, no un archipiélago.
III. Argentina: el país equivocado para la guerra popular prolongada
Ahora, camarada, pongamos los pies en la Argentina de los años 60 y 70.
País capitalista dependiente, sí, pero con una clase obrera industrial numerosa y concentrada en las ciudades. Buenos Aires, Rosario, Córdoba no eran aldeas: eran centros de producción fabril con miles de trabajadores organizados.
Campesinado escaso y disperso, sin una tradición de lucha como la del proletariado fabril. No había "masas campesinas" listas para la insurrección.
Una burguesía nacional que, a través del peronismo, había logrado capturar a la clase obrera y hacerla parte de su proyecto.
Un Estado centralizado, con capacidad de represión y sin "huecos" territoriales donde pudiera crecer una guerrilla rural.
El Cordobazo de 1969 fue la prueba más contundente. El sujeto revolucionario no estaba en el campo, sino en las fábricas. Fueron los trabajadores de las plantas automotrices, los estudiantes de la universidad, los vecinos de los barrios obreros los que salieron a la calle y pusieron en jaque al gobierno. La insurrección fue urbana, no rural.
Y sin embargo, Vanguardia Comunista —la primera organización argentina en adoptar el maoísmo— insistió en la centralidad del campesinado. Mientras la clase obrera se movilizaba en las ciudades, ellos se internaban en zonas rurales donde no había sujeto revolucionario que organizar. No fue falta de voluntad. Fue un error de diagnóstico que costó vidas y décadas de militancia.
IV. El dilema peronista: el gigante que no pudieron domesticar
Si el maoísmo argentino tenía un problema de diagnóstico, el peronismo era su síntoma más evidente. Porque ningún partido de izquierda podía ignorar al movimiento que había hegemonizado a la clase obrera argentina.
El PCR (Partido Comunista Revolucionario), nacido en 1968, intentó desarrollar una línea más compleja. Reconocía el carácter contradictorio del peronismo y buscaba disputar su base social desde adentro. Fue la organización más persistente: sobrevivió a la dictadura y continúa activo hasta hoy.
El PCM-L (Partido Comunista Marxista-Leninista) , en cambio, negaba cualquier semejanza del peronismo con la burguesía nacional. Lo reducía a una "variante del fascismo" y, consecuentemente, se aislaba de una parte fundamental de la clase trabajadora.
El PCR, hay que decirlo, fue la excepción. Sobrevivió a la dictadura y continúa activo hasta hoy. Pero nunca logró la influencia masiva del peronismo de izquierda o del propio PRT-ERP. Su "persistencia" fue su mayor virtud, pero también su condena: sobrevivir, en un contexto de terror, no era lo mismo que avanzar.
V. La fragmentación: el enemigo interno
El Partido Comunista Chino fue uno solo. El maoísmo argentino, en cambio, se fragmentó en al menos cuatro organizaciones principales, cada una con su propia lectura de la "línea correcta":
Vanguardia Comunista (VC): la primera en adoptar el maoísmo, con una estrategia ruralista que la llevó al aislamiento.
Partido Comunista Revolucionario (PCR): la más persistente, pero con una influencia limitada.
Partido Comunista Marxista-Leninista (PCM-L): con una clandestinidad estricta que limitó su trabajo de masas.
Y otras facciones menores, que surgieron de fracturas y debates internos.
Esta fragmentación no fue un accidente. Fue el reflejo de una incapacidad para construir unidad en la diversidad. Mientras los chinos forjaban su unidad en la Larga Marcha, los argentinos se desgastaban en polémicas interminables sobre la "línea correcta". Y cuando la dictadura llegó, en 1976, cada organización fue golpeada por separado. No hubo un frente unido, no hubo una resistencia coordinada, no hubo una "Larga Marcha argentina".
El "Operativo Escoba" de 1977, que desarticuló al PCM-L, fue el golpe de gracia. Y la represión arrasó con la militancia de base de todas las organizaciones. No hubo revolución china en Argentina porque no había una China en Argentina.
VI. La OCPO y la lucidez maldita
La Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) fue, quizás, la organización que tuvo la mejor visión de la formación económico-social argentina. Mientras el PRT-ERP hablaba de un país "semicolonial" y Montoneros de "liberación nacional", la OCPO sostenía que Argentina era un "país capitalista plenamente desarrollado" .
No había tareas democrático-burguesas pendientes.
La única contradicción fundamental era la de capital-trabajo.
Las condiciones estaban dadas para una revolución socialista directa, con la clase obrera como sujeto protagónico.
Era una lectura lúcida. Y por eso mismo, la OCPO fue arrasada por el terrorismo de Estado. No hubo escudo teórico contra la Triple A ni contra la dictadura. Militantes de la OCPO fueron llevados a centros clandestinos y la organización fue prácticamente diezmada. La claridad no los salvó. Pero su claridad sigue siendo una lección para los que vienen.
VII. El contrafactual de Quieto: la estrategia que pudo ser
Y aquí llegamos a la reflexión más dolorosa: ¿y si todos hubiéramos pensado y actuado como Roberto "El Negro" Quieto?
Quieto, número dos de Montoneros, era un crítico de la deriva militarista de la conducción de su organización. Mientras Firmenich y Perdía veían en el golpe de Estado una oportunidad para librar una "guerra popular prolongada", Quieto pronosticaba una derrota inexorable.
Su propuesta: romper el aislamiento de la guerrilla, dialogar con las fuerzas políticas, construir una oposición civil amplia, hacer política dentro de las Fuerzas Armadas para ganar una corriente interna, y adelantar elecciones para evitar el golpe.
Su destino: por esta postura, fue acusado de "traidor" por su propia organización, sometido a un juicio revolucionario y condenado a muerte en ausencia. En 1976, fue secuestrado y desaparecido por el ejército.
Si todos hubiéramos pensado y actuado como Quieto, ¿habríamos evitado el golpe?
Es un contrafactual. La historia no se hace con "hubieras". Pero lo que sí podemos afirmar es que la estrategia de Quieto era la única que, vista en perspectiva, tenía algún sentido. La vía del enfrentamiento directo y la guerra popular prolongada, en las condiciones de Argentina, estaba condenada al fracaso. La apuesta de Quieto por la política, la alianza civil y la construcción de un frente amplio era, como dice el refrán, "el camino de la cordura en un mar de locura".
VIII. La lección para los que vienen
Camarada lector, la historia de los maoístas argentinos no es una historia de derrota. Es una historia de errores que aún estamos a tiempo de aprender.
Porque el problema no fue el maoísmo como método. Fue la aplicación mecánica de una estrategia diseñada para China a una realidad que era la antítesis de China.
China era un país semifeudal con un campesinado masivo y un Estado débil.
Argentina era un país capitalista con una clase obrera concentrada y un Estado centralizado.
La guerra popular prolongada, que en China fue la llave de la revolución, en Argentina fue un callejón sin salida. Y la fragmentación, el dilema peronista y la represión hicieron el resto.
Pero de ese fracaso, camarada, se extrae una lección de lucidez histórica. La revolución no se importa. Se construye sobre la realidad concreta, sobre el diagnóstico certero de la formación económico-social, sobre la unidad orgánica y sobre la estrategia adecuada al tiempo y al lugar.
La verdad es siempre revolucionaria. Y la verdad de los maoístas argentinos es que, en su mayoría, no supieron leer su propio país. La excepción —la OCPO, el PCR, los que como Quieto vieron el abismo— fue silenciada por el terror y por la cerrazón de sus propias organizaciones.
Pero sus ideas, camarada, siguen ahí. Esperando ser retomadas. Esperando ser aplicadas. Porque el socialismo no se construye con espejismos chinos, sino con los pies en la tierra argentina.
IX. La última palabra
Camarada, no se trata de condenar a los que intentaron. Se trata de aprender de los que cayeron. La historia no es una repetición. Cada revolución es hija de su tiempo y su lugar.
Los maoístas argentinos no fracasaron por falta de inteligencia o de coraje. Fracasaron porque intentaron construir una revolución china en un terreno que no era China. Y porque, cuando debieron unirse, se fragmentaron; cuando debieron leer la realidad, se aferraron a los manuales; cuando debieron hacer política, hicieron guerra.
Pero esa experiencia, camarada, nos dejó una herencia: el deber de no repetir los mismos errores.
Porque la revolución en Argentina, cuando llegue, no vendrá del campo. Vendrá de las fábricas, de los barrios, de las universidades. Vendrá de la unidad de los que luchan, no de la fragmentación de los que se disputan la línea correcta. Vendrá de la política, no del fusil.
Y cuando llegue, camarada, honraremos a los que cayeron. No con lágrimas, sino con la claridad que ellos no siempre tuvieron.
Esa es la lección que nunca debemos olvidar.
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