El río y el libro
La llamada llegó un martes a la tarde, cuando el mate ya estaba lavado y la luz de la ventana empezaba a ponerse naranja sobre los azulejos de la cocina. Era ella. Después de cinco años, la voz de mi ex mujer sonaba igual, con ese timbre que nunca supe si era de cansancio o de ironía.
—¿No eras trosko vos? —preguntó, sin preámbulos.
Me reí. Una risa corta, sin ganas. Porque la pregunta no era inocente. Ya le había confesado, años antes, lo de las FAR, lo del PRT. Le había contado de las noches en vela, de los volantes, de los compañeros que no volvieron. Y ahora, cinco años después, me preguntaba si era trosko.
—Los ex PRT tenemos algo de mao —le dije, apoyándome en la mesada—. Tenemos algo de Stalin, tenemos algo de Trotski, tenemos algo de Guevara. Somos un poco de todo eso. Y de nada de eso, también.
Del otro lado hubo un silencio. Después, ella dijo:
—Eso es un refrito.
—No —contesté—. Es una cristalización.
No entendió. Yo tampoco entendía del todo, en ese momento. Pero algo en mí sabía que la respuesta estaba en otro lado. En un libro. En un río.
El río
Esa noche no dormí. Me quedé en el living, con la lámpara baja y los estantes de la biblioteca como un paisaje conocido. Saqué el Libro Rojo. Lo abrí al azar. "El poder político nace del fusil". "La guerra es la continuación de la política". "Sin investigación no hay derecho a hablar". Frases que había repetido mil veces, en asambleas, en marchas, en la clandestinidad.
Pero esa noche, las frases no me alcanzaban.
Saqué El Capital. Tomo I. Lo abrí en el capítulo de la mercancía. La letra era densa, el alemán traducido tenía esa pesadez de los clásicos. Pero al tercer párrafo, algo empezó a moverse. No era una consigna. Era un método. Una forma de ver el mundo que no se reducía a una línea, a una cita, a un eslogan.
Después saqué ¿Qué hacer? de Lenin. Y Materialismo y empirio-criticismo. Y los Cuadernos filosóficos. Y Sobre la contradicción de Mao. Y Sobre la práctica. Y Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo.
Los puse todos sobre la mesa. El Libro Rojo quedó en el medio, como un puente. Y entendí algo que había sabido siempre pero que nunca había formulado: el Libro Rojo no era el río. Era una balsa. Una balsa que te permitía cruzar, sí. Pero el río era más grande. El río era Marx. El río era Lenin. El río era Mao cuando escribía tratados, no cuando firmaba citas.
La lección
Al otro día llamé a un compañero de la vieja guardia. Uno de los que había sobrevivido, de los que no se habían ido al exilio ni se habían quedado en el país a pudrirse en una celda. Uno de los que seguía estudiando.
—¿Te acordás de la discusión sobre el Libro Rojo? —le pregunté.
—Me acuerdo —dijo—. Vos decías que había que darle preeminencia. Que era lo que el pueblo podía leer.
—Y era verdad. Pero me quedé ahí.
—Todos nos quedamos ahí, en algún momento —dijo él—. La urgencia te come. La clandestinidad te come. La represión te come. Y cuando te querés acordar, sabés citar a Mao pero no sabés explicar El Capital.
—Eso es lo que le dije a mi ex mujer. Que éramos un refrito.
—No. No sos un refrito. Sos un cuadro formado en la práctica pero no en la teoría. Eso no es un refrito. Es un cuadro incompleto.
El fuego
Esa noche, volví a la biblioteca. Pero esta vez no busqué el Libro Rojo. Busqué los tres tomos de El Capital. Los puse en el estante más bajo, al alcance de la mano. Después puse ¿Qué hacer? y El Estado y la revolución de Lenin. Y después los Cuadernos filosóficos de Mao. Y Sobre la contradicción. Y Sobre la práctica.
El Libro Rojo lo dejé donde estaba. En el medio. Como un puente. Pero ya no era el centro. Era una puerta de entrada, no la casa.
Esa noche, antes de dormir, le escribí un mensaje a mi hija. No sobre Loach. No sobre Tierra y libertad. Le escribí sobre Marx. Le escribí sobre Lenin. Le escribí sobre Mao. Le dije que si algún día quería entender de dónde venía su viejo, no leyera el Libro Rojo. Leyera El Capital. Leyera ¿Qué hacer?. Leyera Sobre la contradicción.
Le dije que el Libro Rojo era el fuego. Pero el fuego necesita leña. Y la leña eran los clásicos.
El río de los clásicos
Ahora, cuando alguien me pregunta si soy maoísta, o trotskista, o guevarista, pienso en el río. Pienso en Marx, que escribió El Capital en el Museo Británico, con los pies hinchados y las facturas sin pagar. Pienso en Lenin, que leyó a Hegel en medio de la guerra civil y la hambruna. Pienso en Mao, que escribió Sobre la contradicción después de la Larga Marcha, cuando la mitad de sus compañeros habían muerto.
No eran dioses. Eran hombres que estudiaron. Que se formaron. Que no se quedaron en las consignas.
Eso es lo que le dejo a las nuevas generaciones. No el Libro Rojo. No las citas. No las etiquetas. Les dejo el río. El río de los clásicos. El río que hay que navegar con paciencia, con método, con rigor.
El Libro Rojo es una balsa. Útil. Necesaria, incluso. Pero el río es más grande. Y el río no se agota en una balsa. El río sigue. El río es Marx. El río es Lenin. El río es Mao. El río es la formación que no termina nunca.
Ahí no termina. Recién empieza.
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